Crítica: Volar

Una historia oscura y dolorosa sobre dos infancias abandonadas y una vejez condenada al silencio en una ciudad que ha aprendido a mirar hacia otro lado

Jeiver Pinto Vargas 

/ Adriana Barraza, Erik Agray, Estefanny Rodríguez, Ana María Sánchez, Arnaldo Pipke, Mauricio Goyeneche, David Noreña

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía

Alirio (Erik Agray) y Claudia (Estefanny Rodríguez) son dos niños que sobreviven inhalando pegamento y recogiendo materiales reciclables en las calles de Bogotá. Duermen entre cartones, convierten un caño en refugio y permanecen a pocos metros de edificios habitados por personas que nunca parecen advertir su existencia. Cuando Claudia desaparece, Alirio queda enfrentado a un terror todavía mayor que el hambre o la violencia: la posibilidad de estar completamente solo.

Su camino se cruza con el de Alicia (Adriana Barraza), una mujer de edad, perteneciente a una clase social privilegiada, que pasa los días en una silla de ruedas mientras espera que el tiempo termine de consumirla. Alirio decide secuestrarla (o más bien adoptarla a la fuerza) y llevarla consigo por las entrañas de la ciudad. El gesto nace de la desesperación, pero poco a poco se convierte en una extraña alianza entre dos personas abandonadas en extremos opuestos de la escala social.

Volar fragmenta los tiempos y distribuye la información como si intentara reconstruir una memoria herida. El montaje avanza mediante saltos, silencios y elipsis que rompen la continuidad del relato. En algunos momentos, esta estructura dificulta la fluidez y vuelve imprecisas ciertas transiciones; en otros, reproduce con eficacia la experiencia de unos personajes para quienes el pasado nunca ha terminado y el futuro apenas puede imaginarse.

La ópera prima de Jeiver Pinto Vargas y escrita por Harold Trompetero es heredera directa de Los olvidados. Como Luis Buñuel, observa una infancia empujada hacia la crueldad por un sistema que prefiere responsabilizar a los niños de la miseria que los rodea. Bogotá ocupa el lugar de aquella Ciudad de México convertida en territorio de desamparo, con sus basureros, gallinazos, inquilinatos y calles por las que la pobreza circula a plena luz del día. Pinto Vargas, sin embargo, se permite una ternura y una posibilidad de reparación que Buñuel habría contemplado con mayor sospecha.

La ciudad adquiere una presencia tan poderosa como la de sus protagonistas. Su ruido contrasta con el mutismo de Alicia, mientras la multitud profundiza el aislamiento de Alirio. Las avenidas, los caños y los sectores degradados del centro forman un desierto urbano donde miles de personas pasan cerca de los personajes sin llegar a verlos. La cámara permanece junto a ellos y obliga al espectador a detener la mirada allí donde la sociedad suele acelerarla.

Es una película muy triste, atravesada por un impulso tanático que aparece en la desaparición, la enfermedad, la basura y la certeza de que algunas vidas pueden borrarse sin dejar rastro. Incluso su título oscila entre dos sentidos: volar como deseo de escapar y volar como desprendimiento definitivo del mundo. Aun así, la sensibilidad de la película impide que la muerte monopolice el relato. El vínculo entre Alirio y Alicia abre una pequeña grieta por la que vuelve a entrar la vida.

Adriana Barraza (Babel) construye a Alicia casi sin palabras. Su cuerpo permanece encerrado por el dolor, pero la mirada comunica hastío, miedo, incredulidad y una lenta recuperación del deseo de existir. La actriz evita transformar al personaje en una figura diseñada para provocar lástima; permite que conserve su aspereza y que el afecto por Alirio aparezca sin golpes sentimentales. Erik Agray y Estefanny Rodríguez, actores naturales, responden con una honestidad que vuelve creíbles tanto la intimidad entre los niños como su relación instintiva con la calle.

La precariedad económica de la producción se percibe en ciertas transiciones, escenas secundarias y limitaciones de puesta en escena. Sin embargo, esa estrechez también favorece una cercanía difícil de fabricar desde una producción más pulida. El trabajo con locaciones reales y habitantes de calle evita que la marginalidad parezca un decorado y entrega a Bogotá una textura áspera, sucia y reconocible.

Volar habla de pobreza, abandono, vejez y muerte, pero su pregunta más dolorosa tiene que ver con la compañía. Alirio necesita recuperar algo semejante a una madre; Alicia necesita comprobar que todavía puede ser importante para alguien. Entre ambos crean una familia breve e improbable. La película entiende que el abandono no siempre significa estar físicamente solo. A veces consiste en vivir rodeado de millones de personas que han decidido no vernos.

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