Una vivienda arde en medio de la noche mientras un niño contempla las llamas desde el río. Con esa imagen, tan hermosa como brutal, Donde comienza el río establece un mundo donde abandonar la casa puede significar salvar la vida, aunque también implique perder una parte de aquello que permitía reconocerse. El fuego consume el territorio; el agua conserva su memoria.
Yajaira (Girleza Duave Cerezo) es una mujer emberá de 19 años que vive con su hija María (Ana Michell Nama Dumaza), de cinco, en un sector marginal de Bogotá. Allí sobrevive vendiendo pulseras y artesanías mientras sueña con regresar al río Andágueda, el territorio donde creció y del que fue desplazada por la violencia paramilitar. La ciudad le ha permitido continuar con vida, pero la mantiene suspendida entre la memoria de la selva y una realidad urbana en la que su comunidad carece de espacio y pertenencia.
Después de que la violencia golpea de nuevo su entorno, Yajaira emprende junto con María el viaje de regreso al Chocó. Espera reencontrarse con el lugar de su infancia y dejar de combatir los demonios que la persiguen durante el sueño. A ellas se une Jhon (Juan David Junca Linares), un joven blanco de 18 años vinculado con una de las pandillas más temidas del centro de Bogotá. Él también escapa, aunque lleva consigo un secreto relacionado con la tragedia que precipitó la partida.
Juan Andrés Arango regresa a las preocupaciones que han atravesado su filmografía. En La Playa D.C. seguía a un adolescente afrocolombiano desplazado del Pacífico que buscaba a su hermano en Bogotá; X Quinientos entrelazaba las experiencias de tres jóvenes migrantes en Colombia, México y Canadá. Donde comienza el río prolonga esa exploración del desarraigo y concentra sus preguntas en una madre, una niña y un muchacho que buscan dejar atrás aquello que los ha quebrado.
La migración aparece como una fractura que continúa mucho después de haber llegado al destino. Yajaira conserva su lengua, sus prácticas y su relación espiritual con la naturaleza, pero Bogotá la empuja hacia una periferia donde su identidad se convierte en motivo de exclusión. María crece entre dos mundos y corre el riesgo de heredar únicamente el dolor de ambos. Madre e hija habitan físicamente la ciudad, aunque permanecen fuera de sus promesas.
Jhon representa otra juventud perdida. La violencia urbana le ha enseñado a reaccionar antes de pensar y a confundir la pertenencia con la obediencia a una pandilla. Su viaje adquiere una dimensión moral porque escapa de un entorno mortal mientras intenta ocultar su responsabilidad en lo ocurrido. A medida que se aleja de Bogotá, pierde el dominio de los códigos que le permitían sobrevivir y debe ingresar en un territorio donde Yajaira posee el conocimiento y la autoridad.
El recorrido hacia el río adopta la estructura de una película de viaje y construye una cartografía humana del desplazamiento colombiano. Los protagonistas encuentran campamentos improvisados, migrantes venezolanos, familias expulsadas y sobrevivientes obligados a inventar nuevas formas de comunidad. Estas presencias son breves y evitan transformar la travesía en un inventario de calamidades. Cada encuentro confirma que el país está poblado por personas que han aprendido a llevar su hogar a cuestas.
Cuando los personajes abandonan Bogotá, la película también modifica su respiración. La fotografía de Nicolas Canniccioni acompaña el paso del concreto al agua y del hacinamiento urbano a la espesura de la selva. Las escenas nocturnas combinan azules profundos con destellos anaranjados, mientras el río adquiere la apariencia de un camino hacia otro estado de conciencia. El paisaje interviene sobre los cuerpos, altera las jerarquías y obliga a los viajeros a escuchar.
Las premoniciones de María, las figuras que aparecen en sueños y una serpiente roja introducen una corriente espiritual que nace del vínculo emberá con el territorio. Arango permite que lo real, lo soñado y lo ancestral convivan sin convertir la cultura indígena en una postal mística. La selva posee una sabiduría propia y parece observar a los personajes antes de decidir si pueden continuar juntos o deben tomar caminos separados.
La edición de Xi Feng permite que el relato respire y administra con inteligencia la información sobre el pasado de Jhon. El comienzo avanza lentamente, pero ese ritmo sirve para comprender la rutina de Yajaira y el desgaste producido por la ciudad. Durante el viaje, el montaje enlaza espacios, recuerdos y amenazas sin precipitar los conflictos. La segunda mitad acumula algunas peripecias y pierde parte de la tensión, aunque nunca abandona su rumbo emocional.
El trabajo con intérpretes no profesionales fortalece la relación de los personajes con la lengua y los lugares representados. Girleza Duave Cerezo entrega a Yajaira una presencia serena, maternal y misteriosa; Ana Michell Nama Dumaza comunica la curiosidad de María con una espontaneidad luminosa, y Juan David Junca Linares permite descubrir al muchacho asustado detrás de la agresividad de Jhon. La falta de experiencia debilita la intensidad de ciertas escenas, especialmente cuando el relato exige una confrontación emocional mayor, pero la honestidad de las interpretaciones sostiene la historia.
El regreso tampoco conduce hacia un paraíso preservado. La comunidad que Yajaira esperaba encontrar ha debido trasladarse nuevamente para escapar de los paramilitares. El territorio de su infancia permanece en la memoria, pero ha dejado de existir como refugio intacto. Volver exige reconocer las heridas, negociar la desconfianza y comprender que la selva puede ofrecer una reconstrucción sin borrar aquello que ocurrió.
Donde comienza el río alcanza momentos de auténtica poesía sin llegar a disfrazar la tragedia que narra. Habla de mujeres indígenas expulsadas de sus territorios, de jóvenes consumidos por la violencia y de niños que crecen sin saber a qué mundo pertenecen. El río guarda los fragmentos de un hogar destruido y señala una ruta posible: cuando regresar al pasado resulta imposible, la memoria puede convertirse en el primer territorio desde el cual comenzar otra vez.


