Hay una paradoja en la filmografía de Harold Trompetero. Aunque gran parte de su popularidad proviene de comedias como El paseo 1 y 2, Mi gente linda, mi gente bella, Muertos de susto, El man o Los Oriyinales, auténticos esperpentos que divagan torpemente entre el costumbrismo facilista, la caricatura y el exceso, sus mejores trabajos han surgido cuando se aleja de la búsqueda desesperada de la risa. Ya ocurrió con el notable drama carcelario Perros y ahora vuelve a suceder con Lactar, probablemente una de las obras más sinceras y emocionalmente maduras de toda su carrera.
Lactar parte de una premisa tan insólita como provocadora: Victoria, una mujer de 62 años descubre que está embarazada. Lo que podría haberse convertido en una comedia de situación o en una fábula moralizante se transforma aquí en un melodrama existencial sobre el vacío, el deseo, el envejecimiento y la necesidad de encontrar sentido cuando la vida parece haber agotado todas sus posibilidades.
María Elena Doering sostiene la película con una interpretación en su justa medida. Su personaje pertenece a una familia acomodada, vive atrapada en un matrimonio emocionalmente agotado y busca desesperadamente algo que rompa la monotonía de una existencia construida sobre las apariencias (de hecho, trabaja como empleada doméstica y alquilando celulares cuando no necesita del dinero). El embarazo funciona entonces como un detonante narrativo, pero también como la metáfora de una segunda oportunidad vital.
A su alrededor, Diego Trujillo (eterno colaborador del director) como Don Mauricio, el esposo machista y de doble moral; y Julián Díaz, como Camilo, el chofer depresivo de la familia, aportan el equilibrio necesario a una historia que constantemente se mueve entre el melodrama, la introspección y el conflicto social.
Lo más interesante de Lactar es que, por momentos, parece una película llegada de otra época. Su estructura emocional y su manera de abordar los dilemas íntimos recuerdan a los grandes melodramas de Douglas Sirk, donde los conflictos personales terminaban revelando las hipocresías y limitaciones de toda una sociedad. Como ocurría en All That Heaven Allows, Written on the Wind o Imitation of Life, aquí los personajes luchan menos contra un antagonista concreto que contra las convenciones sociales que les dictan cómo deben vivir, amar o envejecer.
Eso no significa que Trompetero haya corregido todos sus defectos. Siguen apareciendo varios de los vicios que han acompañado buena parte de su filmografía. La reiteración narrativa vuelve a hacerse presente en escenas y frases que insisten demasiado en la misma idea emocional. La banda sonora continúa atropellando sentimientos que ya están suficientemente expresados por los actores y el ritmo resulta irregular, alternando momentos acelerados y de gran intensidad con pasajes que parecen estancarse.
Sin embargo, esta vez esos problemas pesan menos porque detrás de ellos existe algo que rara vez aparece en las películas más comerciales del director: verdad. Hay una honestidad evidente en la manera en que aborda los conflictos de su protagonista. Se percibe que la historia nace de una preocupación genuina y no de una fórmula industrial diseñada para satisfacer al público. No es casual que el origen del proyecto esté en una novela escrita por el propio Trompetero y basada, además, en una experiencia real que lo marcó profundamente.
Lactar no es una película perfecta. Está lejos de serlo. Pero sí representa una confirmación de algo que lleva años siendo evidente. El mejor Harold Trompetero no es el de las comedias estridentes ni el de los chistes televisivos llevados al cine. Es el cineasta que observa a personajes heridos, que explora las contradicciones de la vida adulta y que se atreve a hablar del dolor, la soledad y la esperanza sin esconderse detrás de la caricatura. Quizá sea hora de que él mismo termine de aceptarlo.


