El punk rock siempre estuvo ligado a la idea de que tanto los artistas como los oyentes están enojados: frustrados con el sistema, indignados frente a la injusticia. Mucha de la música surgida del Caribe en los últimos años reflejó esos mismos sentimientos, aunque, para sorpresa de algunos, lo hizo principalmente a través del reggaetón, el dembow, el reparto y otros sonidos generalmente asociados con la fiesta. Basta pensar, por ejemplo, en Debí Tirar Más Fotos, el éxito ganador del Grammy de Bad Bunny que cuestiona el colonialismo. En Puerto Rico, sin embargo, donde el punk tiene presencia desde comienzos de los años ochenta, todavía existen muchas bandas dispuestas a gritarlo a los cuatro vientos.
Tapaboka, un cuarteto de hardcore que debutó en 2023, es uno de los proyectos más prometedores del archipiélago. La cantante Analaura Morales repartió volantes por el barrio Río Piedras, en San Juan, buscando formar una banda antes de conocer a la guitarrista Sofía Capllonch y a la bajista Victoria “Vic” Nieves. (El baterista de Tapaboka, Daniel Maymí, se sumó más tarde). “En ese momento escuchaba muchísimo punk y mucho rock. Me sumergí por completo en ese mundo”, cuenta Morales. “Pensé algo así como: ‘Algún día voy a morir, así que más vale hacer algo divertido’”.
La música de Tapaboka es ruidosa, frenética y está cargada de furia frente a temas como las relaciones controladoras (“El Rey”), la autonomía personal (“La Ley”) y la denuncia de los violadores (“Puto Violador”). “La escena está dominada por hombres. También puede ser muy agresiva y hostil hacia las mujeres”, afirma Capllonch. “Nuestros shows suelen ser espacios más seguros. Con toda la rabia asociada al punk, mucha gente olvida que la idea es que todos puedan pasarla bien y tener un lugar donde disfrutar en comunidad”.
Las integrantes del grupo han escuchado más de un exabrupto grosero proveniente de hombres entre el público, pero utilizan esas situaciones como combustible. “Por lo general me enfurece tanto que cuando llega el momento de tocar, termino gritando mejor que nunca”, dice Nieves. “De vez en cuando entro en una especie de trance sobre el escenario. Realmente no sé qué estoy diciendo ni qué estoy haciendo. Después, cuando bajo y escucho la grabación, pienso: ‘Eso fue demasiado’”.
Muchas de sus principales influencias musicales operan en esa misma frecuencia incandescente: Die Spitz, Lambrini Girls y Hole. También reivindican a bandas puertorriqueñas que admiran, como Desahuciados, RATAS, Fullminator y Sikotrópicas. Estas últimas son veteranas de la escena y una de las tantas agrupaciones lideradas por mujeres que surgieron durante la época dorada del punk en Puerto Rico. Entre otras se cuentan Alarma, Las Clitz y Cojoba. Como detalla el autor Yoel Gaetán en Alcantarillados: 30 Years of Punk in Puerto Rico, el género comenzó a consolidarse seriamente durante los años noventa. Grupos como Ardillas, Necronazis y Los Pepiniyoz terminarían allanando el camino para Dávila 666, que con el tiempo se convertirían en los principales abanderados del punk rock puertorriqueño.
En otras partes del Caribe, un puñado de bandas también ha mantenido vivo el punk en los últimos años. Cuba posee una larga historia con el género, especialmente durante el llamado “Período Especial” de crisis económica en los años noventa. Más recientemente, grupos como Kubensi, Rateristas y Limalla se transformaron en referentes del movimiento, impulsados por “el deseo de gritar en un entorno tan hostil, donde la sociedad se ha vuelto muda, ciega y sorda”, según explicaron los miembros de Kubensi en una entrevista con el sitio Cartel Urbano. En República Dominicana, bandas como Truño y Los Rialengos satisfacen la demanda de los fanáticos, mientras que otras como Poolpo y Grunjeo ofrecen alternativas más cercanas al pop-punk y al grunge.
Hacer música como artista independiente en un lugar tan económicamente golpeado como Puerto Rico no es tarea fácil. Y la situación se vuelve aún más complicada para bandas que deben coordinar varios integrantes, instrumentos, mantenimiento de equipos, sesiones de grabación, ensayos, organización y promoción de conciertos. Para Tapaboka, además, el apoyo suele ser escaso. “Las salas no valoran a los músicos, las artes no reciben la promoción que deberían y el gobierno casi no ofrece respaldo económico a los programas musicales”, señala Capllonch. “Otras áreas, como el deporte, siempre reciben prioridad, lo cual también está muy bien, pero para nosotros es un problema”.
Tapaboka también siente las limitaciones derivadas del tamaño de Puerto Rico, una isla de apenas unos 13.700 kilómetros cuadrados. “Somos una isla muy pequeña. Es más difícil que las bandas que no provienen del área metropolitana consigan visibilidad”, continúa Capllonch. Según explica, los grupos de San Juan y sus alrededores tienen más posibilidades de abrirse camino, mientras que para quienes viven más lejos el desafío resulta todavía mayor. “Y una vez que ya estás dentro de la escena, llega un momento en que el público es increíble, tiene muchísima energía, pero también es muy familiar, porque el alcance geográfico es limitado”.
En cierto sentido, sin embargo, el problema más complejo tiene que ver con los prejuicios sobre la diversidad musical del Caribe. “Puerto Rico es una colonia de Estados Unidos y hemos sido condicionados por esa idea de ‘pertenencia’ norteamericana”, afirma Maymí. “Si le preguntás a un puertorriqueño, conoce perfectamente la cultura estadounidense, pero muchos saben muy poco sobre Sudamérica, México o incluso República Dominicana. ¡Y son nuestros vecinos más cercanos! Somos casi esclavos de la hegemonía de Estados Unidos”. Incluso el público local, asegura, a veces cree que para encontrar punk, metal o thrash hay que mirar necesariamente hacia el norte. Tapaboka es apenas un ejemplo más, dentro de una lista extensa y rica, de por qué esa percepción es equivocada.
De cara al futuro, la banda espera seguir experimentando con su sonido sin perder la identidad explosiva que conquistó a sus seguidores. “Odio la idea de que el trabajo estándar de un baterista punk sea simplemente tocar un maldito ritmo D-beat y, de vez en cuando, algún pasaje a medio tiempo”, dice Maymí. “Quiero meter algo de jazz y funk ahí dentro”.
Aunque la realidad de lo que implica abrirse camino como banda de rock en Puerto Rico puede resultar desalentadora, los integrantes de Tapaboka se muestran optimistas. “Esperamos lanzar más música, generar un impacto mayor y hacer llegar nuestro mensaje a más gente”, concluye Morales. “Si eso significa escribir canciones que ayuden a reflejar o exponer determinadas situaciones, me encantaría seguir por ese camino”.
Esta nota forma parte de la serie Reasons to Love Rock, de Rolling Stone US, dedicada a los sonidos, tendencias, escenas y artistas que generan entusiasmo sobre el rock en 2026.


