Rose llega a una aldea alemana en medio del invierno, con una cicatriz en el rostro, dinero en el bolso y la historia necesaria para reclamar una granja abandonada. Los vecinos creen que es un hombre; ella lleva años viviendo como tal, primero en el ejército y ahora entre campesinos que miden el valor de cada persona por su trabajo, su fe y su capacidad de obedecer. Sandra Hüller construye a Rose desde el cuerpo: los movimientos secos, la espalda recta, la mirada que calcula antes de responder. Su trabajo vuelve visible el esfuerzo de una vida entera dedicada a sobrevivir bajo una identidad que también la protege.
La película se sitúa en el siglo XVII, después de la Guerra de los Treinta Años, pero su mundo parece desenterrado de una época remota. La fotografía en blanco y negro de Gerald Kerkletz convierte la granja, los campos y la iglesia en piezas de una vida austera, marcada por la madera, el barro y la nieve. Schleinzer compone cada escena con una calma severa; los rostros y los gestos ocupan el centro, mientras la voz de una narradora relata los hechos y, a la vez, pone en duda la manera de juzgarlos. Hay ecos de La pasión de Juana de Arco y La palabra, de Carl Theodor Dreyer, en la atención al rostro, la fe y el precio de desafiar una autoridad que se proclama divina.
Rose obtiene la granja gracias a su disciplina y se gana la confianza de los aldeanos cuando mata a un oso que amenaza a un muchacho. El orden comienza a admitirla cuando puede ser útil. Después, un granjero vecino le ofrece tierras a cambio de que se case con su hija Suzanna (Caro Braun). La mujer queda convertida en parte de un contrato, una pieza necesaria para que la propiedad y el apellido sigan pasando de una generación a otra. Hüller y Braun encuentran en esa unión una intimidad cautelosa, hecha de silencios y miradas, que empieza como un arreglo práctico y termina abriendo un espacio propio para ambas.
La llegada inesperada de un bebé altera el destino de la familia y deja preguntas que la película se niega a cerrar. Rose no sabe quién es el padre; Suzanna guarda silencio. Schleinzer tampoco ofrece una explicación que ordene el misterio. Esa decisión prolonga la incertidumbre del relato y evita que el embarazo se vuelva una solución sencilla para las tensiones de la pareja. El niño trae consigo una promesa de continuidad, pero también expone el peso de una sociedad que solo reconoce a las mujeres cuando pueden cumplir con las funciones que les asigna.
La película genera rabia porque entiende que las reglas no son una abstracción inocente. Organizan quién puede poseer la tierra, formar una familia y decidir qué vida merece protección. Cuando alguien las quebranta, la violencia aparece como defensa de un orden que ya ejerce violencia todos los días. Rose consigue por un tiempo trabajar, casarse y construir una familia, pero cada paso depende de que el mundo la lea como hombre. La libertad que encuentra es real y, al mismo tiempo, frágil.
Schleinzer dirige con rigor y sin prisa. A veces lleva sus imágenes religiosas hacia una solemnidad demasiado grandilocuente, pero la interpretación de Hüller sostiene la película incluso cuando el relato roza el melodrama. Rose nunca se deja reducir a una explicación única. Puede ser pragmática, afectuosa, orgullosa y vulnerable, a menudo en el mismo gesto. La cinta mira de frente la crueldad de las convenciones y encuentra, en la obstinación de una mujer, una forma de belleza que no depende de que el mundo la comprenda.


