Crítica: 53 domingos

El director de Truman adapta su propia obra teatral, pero la película nunca logra ir más allá de su origen escénico

Cesc Gay  

/ Javier Cámara, Carmen Machi, Javier Gutiérrez, Alexandra Jiménez

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Netflix.

Desde el psicoanálisis, la relación entre hermanos ha sido entendida como uno de los primeros espacios donde se configuran el deseo, la rivalidad y la identidad. Para Sigmund Freud, el vínculo fraterno está atravesado por la competencia por el amor de los padres, lo que introduce una tensión permanente entre afecto y hostilidad. Más adelante, autores como Jacques Lacan profundizaron en la idea de que el hermano funciona también como espejo: alguien en quien el sujeto se reconoce y, al mismo tiempo, contra quien se define. De ahí que la relación fraterna oscile constantemente entre la identificación y el rechazo. No es solo un lazo de sangre, sino un campo de comparación, de jerarquías implícitas y de conflictos que, lejos de resolverse en la infancia, suelen reaparecer en la vida adulta bajo nuevas formas.

La premisa de 53 domingos es, en apariencia, infalible. Tres hermanos se reúnen para decidir qué hacer con su padre anciano que ya no puede valerse por sí mismo y quien le exhibe sus genitales con descaro a cuanta mujer aparece en su camino. Dicha situación exige una solución inmediata y lo que debería ser una conversación práctica se convierte rápidamente en un ajuste de cuentas emocional donde salen a flote reproches acumulados, celos y viejas heridas familiares.

Cesc Gay, autor de maravillosas comedias sobre relaciones como Mi amiga Eva, Historias para no contar, Sentimental, Félix, Truman y Krámpack, adapta aquí su propia obra teatral, y ese origen pesa más de lo que debería. La película nunca termina de desprenderse de su estructura escénica. Todo ocurre en espacios cerrados, sostenido casi exclusivamente por el diálogo, con una puesta en escena que rara vez expande el conflicto más allá de lo verbal.

El elenco, uno de sus principales atractivos, responde con oficio. Javier Cámara, Javier Gutiérrez y Carmen Machi, construyen a Julián, el actor; Víctor, el escritor; y Natasha, la académica, como tres hermanos reconocibles, con matices y tiempos bien medidos. Hay momentos donde la química entre ellos sostiene escenas que, en el papel, no tienen suficiente peso. Pero incluso ese nivel actoral no logra compensar un guion que gira sobre sí mismo.

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La película no pretende ocultar su origen teatral con recursos como el de Carolina (Alexandra Jiménez), la esposa de Julián, rompiendo la cuarta pared, mirando a la cámara, comentando y exponiendo a los hermanos. La intención es clara y es la de generar cercanía, introducir humanidad y romper la rigidez del espacio cerrado. El recurso funciona, pero cuando se pasa a los hermanos y sus discusiones el resultado es irregular e inclusive aburrido. 

El verdadero problema de la cinta está en cómo aborda su tema central que es la rivalidad entre hermanos. Hay material para algo incisivo, incluso profundo. Sin embargo, la película opta por un tono poco gracioso y menos arriesgado. Las discusiones avanzan, pero no escalan. Se repiten, se estancan y regresan al mismo punto (sí, ya sabemos que el jarrón es feo, que la bombilla parpadea y que 53 domingos, el libro de Víctor que le da título a la película, es terrible). La sensación es constante y es la de un cuchillo romo intentando diseccionar algo que necesita mayor filo y precisión quirúrgica.

En ese sentido, resulta inevitable pensar en cómo la película argentina Mazel Tov, dirigida y protagonizada por Adrián Suar, lograba capturar la rivalidad entre hermanos con una claridad y una honestidad mucho más incisivas. Ahí, el conflicto no se diluía, sino que avanzaba con una mezcla de humor, honestidad y crudeza que permitía entender cómo el amor y el resentimiento conviven sin resolverse del todo. 

Gay ha demostrado en otros trabajos una capacidad notable para capturar la fragilidad de las relaciones humanas. Aquí, en cambio, parece quedarse a medio camino. El conflicto está planteado, pero no termina de profundizar. Las emociones aparecen, pero no dejan marca. 

Hay destellos. Algunas líneas, ciertos silencios y pequeños gestos que apuntan a una película más interesante. Pero no se sostienen. Todo vuelve rápidamente a una zona cómoda, reconocible, ligera e incluso predecible. El resultado es una película que funciona por momentos, gracias a sus actores, pero que nunca logra convertirse en algo realmente contundente.

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