Crítica: Los domingos

Una película que convierte la fe en un problema familiar sin salida fácil.

Cortesía de Babilla Cine

Alauda Ruiz de Azúa ya había demostrado en Cinco lobitos y Querer una capacidad poco común para filmar la vida privada sin convertirla en una tesis. En Los domingos vuelve a ese terreno y da un paso más arriesgado. Toma una premisa que en manos de otro director habría terminado en sermón, provocación fácil o simple retrato generacional, y la convierte en una película de observación precisa sobre lo que pasa cuando una decisión individual descompone a toda una familia. 

La historia gira alrededor de Ainara, una joven de 17 años, buena estudiante y huérfana de madre, que comunica a su familia que quiere ingresar en un convento de clausura. La noticia cae como una bomba. Su padre queda paralizado, casi fuera de combate. Su tía Maite, atea, se niega a aceptar que esa elección pueda ser libre y sospecha que detrás hay presión, culpa, vacío emocional y una institución que sabe detectar la fragilidad ajena. Esa disputa organiza la película, pero Los domingos tiene la inteligencia de no convertirla en un duelo entre razón y fanatismo, porque entiende que dentro de una familia nadie discute desde un lugar puro. Todos hablan también desde sus pérdidas, miedos, frustraciones y la necesidad de sentirse útiles.

La película nunca trabaja con figuras cerradas. Ainara no aparece como santa ni como víctima. Maite tampoco queda reducida a “la sensata” del relato. El padre no es solo cobarde o débil. La abuela no representa solo la tradición. Cada personaje arrastra una mezcla de amor, cansancio, egoísmo y desconcierto. Ruiz de Azúa sabe que una buena película familiar no necesita grandes giros si tiene la paciencia de registrar cómo se desplaza la tensión de una mirada a otra, de una cena a otra, de un silencio a otro.

Lo más interesante es que la directora no intenta resolver el misterio de Ainara. Eso le da al personaje una cualidad extraña y muy difícil de sostener. La debutante Blanca Soroa, trabaja desde una especie de lejanía calculada. Mira como si ya estuviera en otra parte. Habla poco, se explica solo lo indispensable y nunca busca ganar una discusión. Esa opacidad está muy bien medida, porque vuelve a Ainara el centro de la película sin convertirla en su intérprete oficial. Los demás hablan sobre ella, intentan traducirla, ordenarla, frenarla y rescatarla. Pero Ainara persiste. La película entiende que ciertas decisiones, sobre todo a esa edad, son imposibles de volver del todo legibles.

Patricia López Arnaiz es quien carga con el peso dramático mayor. Su Maite es el personaje que pone el cuerpo, que discute, insiste y se expone a la impotencia y al desgaste. Es también el más fácil de entender para buena parte del público, precisamente porque expresa la reacción moderna e inmediata ante una noticia así. Lo notable es que la película no la premia por eso. Al contrario. La sigue mientras se agota, se acelera, se desordena y empieza a perder su paciencia. López Arnaiz compone a una mujer inteligente que, frente a algo que considera absurdo, va cruzando los límites en nombre de una convicción que cree justa. Ahí la actriz encuentra un registro muy fino. Su personaje nunca pide simpatía, pero tampoco la rechaza.

Miguel Garcés, como el padre, trabaja desde la retirada. Su pasividad pesa mucho porque la película lo deja respirar. No lo convierte en un monstruo, pero tampoco en un refugio para Ainara. Está, pero poco. Mira, escucha y evita intervenir. Esa forma de borrarse es una decisión basada en el respeto por la decisión de su hija, pero también evidencia una incapacidad paternal. Juan Minujín como Pablo, el esposo de Maite, aporta una energía distinta, más terrenal y externa al núcleo del conflicto, que ayuda a mover el aire de una casa asfixiada por la elección de Ainara. 

El título no remite solo al día de reunión familiar, sino a una frecuencia moral. El domingo como ritual, costumbre y momento en que una familia se junta porque así debe ser, incluso cuando ya no tiene del todo ganas de estar junta. Ahí Ruiz de Azúa encuentra una de sus mejores ideas. Cada encuentro dominical vuelve a abrir la discusión, pero nunca de la misma manera. Lo que cambia no es el tema, sino la temperatura de quienes lo enfrentan. A veces hay rabia, a veces cansancio. Otras veces, una especie de resignación que resulta todavía más dura.

La religión está presente todo el tiempo, pero la película no se interesa tanto por la doctrina como por su capacidad para ofrecer orden. El convento aparece como promesa de disciplina, pureza, sentido, espiritualidad y estructura. Para una chica joven, golpeada por una ausencia materna y criada en un entorno donde los adultos tampoco parecen tener respuestas muy sólidas, esa oferta puede resultar irresistible. Ruiz de Azúa filma esa atracción sin una ironía gruesa. Lo hace con distancia, pero también con atención. Entiende que la vocación puede ser sincera, aunque quienes miran desde fuera la vean como síntoma de algo más.

Por eso Los domingos funciona tan bien. Porque no obliga a elegir entre una denuncia cerrada contra la Iglesia o una defensa solemne de la fe. Le basta con mostrar la potencia de una institución que ofrece certezas absolutas a una persona demasiado joven como para saber si de verdad las quiere para siempre. Y le basta también con mostrar el desconcierto de una familia que no encuentra una forma legítima de responder a eso sin invadir, manipular o romper del todo el vínculo.

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También hay que decir que esa apuesta tiene riesgos. En algunos pasajes, sobre todo en el tercio final, la acumulación de discusiones puede producir una sensación de bucle. Hay escenas donde uno percibe con claridad que la directora quiere sostener la repetición porque eso forma parte del desgaste familiar, aunque el precio sea cierta fatiga narrativa. Aun así, ese cansancio juega a favor del conjunto más de lo que lo perjudica. Uno termina sintiendo el agotamiento de los personajes, y eso refuerza el efecto general.

La película explora además varios asuntos del presente español sin necesidad de convertirlos en consigna. La educación religiosa, la autoridad moral de la Iglesia, la autonomía de los menores, la persistencia de imaginarios católicos incluso en familias que se piensan alejadas de la práctica. Todo eso está ahí, pero trabajado desde la experiencia concreta de los personajes. Esta es una película que invita a discutir no por cálculo polémico, sino porque sabe tocar una zona donde el desacuerdo es inevitable.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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