Crítica: Terapia familiar

Una madre que pretende sanar a desconocidos debe regresar a la casa donde aprendió a ocultar la verdad a las personas que ama.

Mariana González 

/ Dominika Paleta, Claudio Roca, Macarena Miguel, Karla Coronado, Rubén Zamora, Daniel Martínez, Eduardo Tanus, Josh Fu

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Flat D

Las familias no siempre permanecen unidas por aquello que se dicen. Con frecuencia sobreviven gracias a una cuidadosa administración de silencios, verdades aplazadas y preguntas que nadie formula porque todos sospechan la respuesta. En algunos hogares se habla constantemente, pero la abundancia de palabras no garantiza la comunicación. Se discuten horarios, deudas, parejas, enfermedades y decisiones domésticas mientras aquello verdaderamente importante continúa circulando debajo de la mesa como un animal al que nadie se atreve a mirar.

Terapia familiar encuentra su punto de partida en esa paradoja. Victoria (Dominika Paleta) dirige un centro holístico en Bali, un espacio dedicado al bienestar y la transformación personal, pero no sabe cómo hablar con sus hijos adultos. Puede defender ideas sobre la plenitud y los nuevos comienzos, aunque le cuesta reconocer sus errores o anunciar una decisión que afectará a toda la familia. 

Su centro está a punto de desaparecer y la única posibilidad de salvarlo consiste en vender la casa familiar. Victoria vuelve a la Ciudad de México con un objetivo aparentemente práctico, pero la propiedad no es únicamente un activo económico. Allí permanecen los recuerdos de sus hijos, las versiones contrapuestas del pasado y una forma de pertenencia que ella no puede liquidar como si se tratara de un mueble. Para conseguir el dinero necesita desprenderse de la casa; para desprenderse de ella debe explicar una historia que llevaba demasiado tiempo evitando.

El personaje de Victoria pertenece a un grupo todavía escaso dentro del cine mexicano y es el de mujeres mayores de cincuenta años cuya vida no ha terminado con la crianza ni depende exclusivamente de encontrar una pareja. Victoria continúa siendo madre, pero también es empresaria, migrante, amante y mujer con ambiciones que pueden entrar en conflicto con las necesidades de sus hijos. La película defiende su derecho a escoger sin sugerir que todas sus elecciones son necesariamente justas.

La llegada de David, su expareja y socio, termina de alterar el precario equilibrio. Interpretado por Rubén Zamora como una especie de seductor, oportunista y hombre amable, posee el encanto suficiente para convencer a Victoria de que todavía pueden salvar su proyecto, pero su aparición también confirma cuánto desconoce la familia sobre la vida que ella construyó lejos de México. 

El título podría hacer pensar que la película se desarrollará principalmente dentro del consultorio de un terapeuta, pero la verdadera sesión ocurre en la casa. La directora Mariana González (Fractal) utiliza la comedia ligera para impedir que el conflicto se ahogue en solemnidad. La película comprende que los padres participan en la formación de las heridas de sus hijos, aunque estos, al llegar a la edad adulta, deben decidir qué harán con aquello que recibieron.

El cine ha celebrado durante décadas a mujeres que cancelan sus deseos para sostener a la familia. Cuando una madre decide marcharse, emprender un negocio o invertir el patrimonio en un proyecto propio, la narración suele exigirle una penitencia. González intenta escapar de esa lógica. 

Los hijos Ana (Macarena Miguel), Emilio (Claudio Roca) y Fernanda (Karla Coronado) ayudan a construir la sensación de una familia con memoria compartida. Sus personajes no reaccionan ante la venta de la casa de manera uniforme porque tampoco perdieron a la misma madre. Cada hijo conoció una versión diferente de Victoria y convirtió esa experiencia en su propia explicación sobre el pasado. 

En algunos momentos, sin embargo, el guion organiza demasiado cuidadosamente los conflictos. Ciertas discusiones parecen destinadas a cubrir cada tema anunciado y la estructura amenaza con convertir a los personajes en ejemplos de una lección emocional. 

Aun así, González evita transformar la película en un manual de autoayuda. La comedia de 84 minutos interrumpe las conclusiones perfectas y recuerda que comprender un patrón no significa haberlo abandonado. Sin embargo, su brevedad también deja a algunos integrantes del conjunto con menos desarrollo del necesario. 

La cinta no propone que el amor resuelva automáticamente los conflictos ni que una conversación consiga reparar décadas de omisiones. Su idea resulta más modesta y, por ello, más creíble. Antes de reconstruir una familia, sus integrantes deben renunciar a la versión de sí mismos que llevan años defendiendo ante los demás.

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