George Orwell no necesitó más que una granja, unos cuantos animales y poco más de cien páginas para explicar cómo una revolución puede convertirse en una dictadura mientras sus dirigentes continúan pronunciando discursos sobre la libertad. Publicada en 1945, Rebelión en la granja sigue siendo una de las sátiras políticas más accesibles, lúcidas y despiadadas del siglo XX.
Orwell escribió la novela durante la alianza británica con la Unión Soviética, cuando criticar a Stalin no era precisamente una excelente estrategia para conseguir editor. El manuscrito fue rechazado por varias casas editoriales, no porque careciera de calidad, sino porque su alegoría podía resultar políticamente inoportuna. Después sería prohibido durante décadas en la Unión Soviética y acabaría convertido en un clásico mundial que nunca ha dejado de circular. La ironía habría complacido a Orwell: el libro que algunos no querían publicar terminó sobreviviendo a buena parte de los regímenes que denunciaba.
La premisa es conocida, pero conserva toda su potencia. Los animales de la granja del señor Jones se rebelan contra el hombre y fundan una sociedad basada en la igualdad. Napoleón representa a Stalin; Snowball, a Trotsky; Squealer encarna la propaganda que cambia la realidad mediante el lenguaje, y Boxer representa a la clase trabajadora, explotada incluso después de entregar toda su fuerza al supuesto proyecto colectivo. La revolución comienza con una promesa de emancipación y termina con los cerdos caminando sobre dos patas, negociando con los humanos y modificando los mandamientos cuando ya nadie recuerda su versión original.
No es una historia infantil. Puede ser leída por adolescentes, por supuesto, y su estructura de fábula facilita el ingreso a sus ideas. Pero su verdadera materia está compuesta por la manipulación política, la desaparición de la memoria, la persecución del disidente, el trabajo convertido en sacrificio inútil y la manera en que el poder fabrica su propia verdad. Es una narración sombría, amarga y deliberadamente cruel. Tratarla como una película infantil convencional es como convertir 1984 en una aventura protagonizada por un simpático Gran Hermano que al final aprende a respetar la privacidad.
La nueva versión de Andy Serkis lleva gestándose desde 2011, cuando comenzó a desarrollarla junto con Rupert Wyatt después de El planeta de los simios: (R)evolución. En 2018, Netflix adquirió los derechos tras hacerse con Mowgli: Legend of the Jungle, y Matt Reeves quedó vinculado como productor después de haber trabajado con Serkis en El amanecer del planeta de los simios y La guerra del planeta de los simios. Tanto Netflix como Reeves abandonaron posteriormente el proyecto, pero Serkis continuó adelante con una película que en algún momento describió como una mezcla de A Bronx Tale y El lobo de Wall Street contemplada “a través de los ojos de un cerdo”. Nada más lejos de la verdad.
Después de semejante peregrinación de quince años, el resultado parece menos una obra largamente meditada que una sesión de ejecutivos tratando de responder una pregunta terrible: “¿Cómo conseguimos que George Orwell sea divertido para los niños?”. La respuesta, aparentemente, fue añadir persecuciones, autos lujosos, pollitos tiernos, pantallas gigantes, música dance, chistes torpes y un cerdo con la voz de Seth Rogen que anuncia que sus flatulencias son “el sonido de la libertad”. Marxismo, estalinismo y ventosidades: Así van a llamar los estudiantes de ahora en adelante sus ensayos escolares sobre Rebelión en la granja.
En esta versión, Napoleón (Rogen) sigue siendo el gran manipulador de la granja, pero su ascenso autoritario ha sido transformado en el espectáculo de un villano simplón. Rogen posee una risa inmediatamente reconocible y sabe imprimirle arrogancia al personaje, aunque el guion parece creer que reír como Seth Rogen equivale automáticamente a comprender a Orwell. Napoleón provoca algunas carcajadas ocasionales, pero rara vez produce el temor que debería provocar un líder capaz de transformar la palabra “igualdad” en una cláusula contractual.
Snowball (Laverne Cox) defiende una visión colectiva de la revolución y funciona como su principal adversaria. Cox le concede inteligencia y energía, pero la película simplifica tanto el conflicto que Snowball deja de ser la figura perseguida y borrada de la historia para convertirse en un personaje insulso. El desenlace incluso intenta repartir las culpas al afirmar que los animales no debieron depositar toda su confianza ni en Napoleón ni en Snowball, aunque nunca se explica qué hizo esta última para merecer semejante equiparación. Es el equivalente político de castigar a dos estudiantes porque uno golpeó al otro y el segundo tuvo la descortesía de encontrarse allí.
Squealer (Kieran Culkin) continúa siendo el encargado de inflar la imagen de Napoleón y alterar el relato de los acontecimientos. Culkin posee la voz perfecta para un personaje capaz de convertir una mentira en una explicación condescendiente, pero la película utiliza poco su capacidad para revelar cómo el autoritarismo se sostiene mediante la repetición, la distracción y el agotamiento colectivo. En Orwell, Squealer cambia el significado de las palabras; aquí se limita a servir de secuaz.
El nuevo personaje central es Lucky (Gaten Matarazzo), un joven cerdo que empieza a comprender la corrupción del régimen. Su amistad con Boxer (Woody Harrelson) proporciona el corazón sentimental de la película y ofrece al público infantil una figura con la cual identificarse. El problema no es la existencia de Lucky, sino la manera en que reorganiza toda la historia a su alrededor. La tragedia colectiva se convierte en un relato de crecimiento personal, y el destino de Boxer pierde buena parte de la brutalidad que tenía en el libro. Harrelson le proporciona nobleza y cansancio al caballo, pero ni siquiera su voz puede sustituir aquello que el guion decide suavizar.
En la novela, Boxer resulta devastador porque su lealtad, su fuerza y su disposición al sacrificio no lo protegen. Al contrario, son precisamente las cualidades que el poder aprovecha hasta que deja de necesitarlo. Modificar esa dimensión significa arrancarle a la historia una de sus conclusiones más terribles: Los regímenes autoritarios no solamente eliminan a sus enemigos; también devoran a sus creyentes más fieles.
Freida Pilkington (Glenn Close), una multimillonaria inventada para la película, y el señor Whymper (Steve Buscemi), su servicial intermediario, desplazan parte de la crítica hacia la codicia empresarial, las corporaciones agrícolas y el capitalismo tecnológico. Actualizar una alegoría no constituye una traición automática. Orwell no escribió un texto sagrado que deba preservarse bajo una campana de cristal. Sin embargo, para introducir esa nueva crítica, la película reduce o elimina algunos de los componentes esenciales de la original, incluidas las ejecuciones de los disidentes. El resultado ya no es una ampliación de Orwell, sino una sustitución. Se retira la violencia ideológica y se instala una empresaria malvada con aspecto de haber llegado directamente de una reunión con Donald Trump y Elon Musk.
El reparto de voces es envidiable. Kathleen Turner, Jim Parsons, Iman Vellani y el propio Andy Serkis completan un conjunto que cualquier producción animada querría tener. Serkis interpreta al gallo Randolph y demuestra nuevamente su facilidad para construir personajes mediante la voz.
Sin embargo, la animación no ayuda. Los diseños son genéricos, los escenarios carecen de personalidad y el movimiento transmite esa elasticidad prefabricada de tantas producciones digitales que confunden actividad con vitalidad. La película corre, grita, salta, explota y vuelve a correr. A veces parece temer que, si permanece quieta durante treinta segundos, algún niño del público podría empezar a pensar en el significado de lo que está viendo. En una adaptación de Orwell, impedir que el espectador piense constituye una ironía bastante espectacular.
Por eso sorprende especialmente que el director sea Andy Serkis. Como intérprete, Serkis ayudó a demostrar que la captura de movimiento podía ser una verdadera herramienta interpretativa. Nicholas Stoller, responsable del guion, también había demostrado en cintas infantiles como Los Muppets y Cigüeñas una comprensión mucho mayor del ritmo y de las relaciones entre personajes. Ambos son demasiado inteligentes para no haber comprendido el texto. Quizás lo comprendieron y después intentaron hacerlo digerible para demasiados públicos a la vez, que es otra manera de conseguir que una obra termine sin sabor.
Las dos adaptaciones audiovisuales anteriores ofrecen comparaciones poco favorables para esta nueva versión. La película animada de 1954, dirigida por John Halas y Joy Batchelor, fue el primer largometraje animado británico y contó con financiamiento secreto de la CIA, que vio en Orwell una herramienta de propaganda anticomunista. La agencia intervino en el proyecto y contribuyó a modificar su desenlace, sustituyendo parte del pesimismo de la novela por una nueva rebelión contra los cerdos. Es decir, incluso aquella adaptación tenía una agenda política detrás de otra agenda política. Muy orwelliano todo.
Aun así, la versión de 1954 conserva una severidad, una expresividad y un sentido de la tragedia que esta película no logra alcanzar. Su animación puede parecer sencilla, pero sus imágenes tienen peso. El hambre se siente, la explotación duele y la transformación de los cerdos en aquello que juraron combatir conserva su fuerza. La CIA pudo alterar el final, pero no consiguió convertir a Napoleón en un comediante especializado en gases intestinales. Hay límites hasta para los servicios de inteligencia.
En 1999 llegó la adaptación televisiva dirigida por John Stephenson, realizada con animales reales y criaturas animatrónicas de Jim Henson. Patrick Stewart interpretó a Napoleón, Kelsey Grammer a Snowball, Ian Holm a Squealer, Paul Scofield a Boxer, Peter Ustinov al Viejo Mayor y Julia Ormond a Jessie, una perra creada como narradora y eje emocional. Aquella versión también modificaba el libro y añadía un desenlace influido por la caída de la Unión Soviética. No era completamente fiel ni siempre funcionaba, pero entendía que los animales debían habitar un mundo físico, sucio y amenazante. Su tono, sus criaturas y sus extraordinarias voces transmitían una gravedad ausente en la película de Serkis.
Tanto la adaptación animada de 1954 como la producción de 1999 alteraron a Orwell. La diferencia es que sus cambios todavía dialogaban con las consecuencias históricas y políticas de la novela. Esta nueva versión parece más interesada en proteger al público de esas consecuencias. Las ejecuciones desaparecen, la tragedia de Boxer se reduce, los perros ladran pero no muerden, la violencia del régimen pierde fuerza y el célebre momento en que resulta imposible distinguir a los cerdos de los hombres aparece demasiado pronto, como una parada obligatoria antes de que comience un tercer acto de rebelión juvenil y reparación emocional.
El final feliz representa el golpe definitivo. La obra de Orwell no termina con la promesa de que una nueva generación corregirá los errores y reconstruirá la granja. Termina con la constatación de que la revolución ha completado su círculo y de que los nuevos amos son indistinguibles de los antiguos. Esa desesperanza no es un defecto que deba corregirse: es la conclusión moral de la historia. Reemplazarla por un mensaje tranquilizador equivale a adaptar Romeo y Julieta y decidir que la pareja debe vivir y que los Montesco y los Capuleto pueden ir juntos por una pizza después de solucionar sus rencillas.
Los niños no necesitan que todas las historias terminen con una celebración. Pueden comprender la injusticia, la traición, el miedo y la pérdida, especialmente cuando esos temas se presentan con claridad. Lo que necesitan es que los adultos confíen en su inteligencia. Esta Rebelión en la granja hace exactamente lo contrario. Confunde accesibilidad con simplificación, energía con estruendo y humor con pedos.
Andy Serkis ha dedicado una parte considerable de su carrera a borrar la frontera entre el ser humano y el animal (César) y mostrar la dualidad de la maldad y la bondad (Gollum). Resulta paradójico que su adaptación de Orwell no comprenda por qué esa frontera era tan importante. Al final, los cerdos pueden parecerse a los hombres, pero esta película nunca se parece demasiado a Rebelión en la granja. Es una comedia animada bulliciosa que utiliza los nombres, los animales y algunas ideas del libro, mientras deja su amargura, su inteligencia y su furia esperando fuera del establo.


