La tradición checa del cuento de hadas siempre ha tenido algo particular. Sus historias pueden estar pobladas por reyes, princesas, castillos, flores mágicas y pretendientes disfrazados, pero debajo de esa superficie suelen esconder sátiras sobre el poder, la arrogancia, la obediencia y la desigualdad. La princesa y la flor mágica proviene precisamente de esa tradición y adapta el relato Potrestaná pýcha (algo así como El orgullo castigado) de Božena Němcová, una de las figuras esenciales de la literatura checa del siglo XIX.
La historia ya había encontrado su versión cinematográfica más célebre en Pyšná princezna (La princesa orgullosa), una película de acción real dirigida por Bořivoj Zeman en 1952. Aquella cinta se convirtió en un clásico popular en Checoslovaquia y dejó una huella tan profunda que esta nueva adaptación toma de ella no solo parte de la estructura narrativa y de la música, sino también el aspecto de sus protagonistas. Los diseños de la princesa y del rey recuerdan deliberadamente a Alena Vránová y Vladimír Ráž, los intérpretes de la versión de los años cincuenta, y algunas escenas funcionan casi como recreaciones animadas de aquel antecedente.
La historia se mantiene reconocible. El joven rey Benjamín (Miroslav en la versión checa) debe encontrar esposa y queda fascinado por el retrato de la princesa Carolina, conocida originalmente como Krasomila. Ella, mimada, arrogante y obsesionada con su posición, rechaza su propuesta porque considera que el pretendiente no posee suficiente riqueza ni magnificencia. El rey decide entonces ingresar a su castillo disfrazado de jardinero para descubrir quién es realmente esa mujer y tratar de recuperar la bondad que alguna vez tuvo.
Nunca una protagonista femenina de una película animada sobre princesas había resultado tan odiosa durante sus primeros minutos. Carolina no es simplemente orgullosa o caprichosa: es grosera, clasista, superficial, egoísta y cruel con casi todos los que la rodean. Su comportamiento excede incluso las exageraciones habituales de los cuentos infantiles, hasta el punto de que cuesta comprender por qué Benjamín decide perseverar después de conocerla más allá de su retrato. La película necesita que aceptemos que el príncipe puede percibir una bondad oculta que el espectador apenas alcanza a vislumbrar.
Esto produce una extraña inversión dentro del género. La princesa no es el centro emocional del relato, sino su principal obstáculo. El personaje verdaderamente encantador es Benjamín, uno de esos príncipes que parecen demasiado carismáticos para la película que los contiene. Es alegre, curioso, ingenioso, humilde, jovial, aficionado a la jardinería y capaz de relacionarse con campesinos y trabajadores sin tratarlos como inferiores. Incluso cuando adopta una identidad falsa, no lo hace únicamente para engañar a Carolina, sino para comprender cómo funciona un reino que ha perdido todo contacto con sus habitantes (De hecho le paga los impuestos a un zapatero que no es tan bueno como se podría pensar).
La oposición entre ambos personajes también está expresada mediante sus territorios. El reino de Benjamín aparece asociado con la luz, las flores, la música y una relación más directa entre el gobernante y su pueblo. El de Carolina es un lugar sombrío, empobrecido y administrado por funcionarios que han convertido la política en una empresa privada. Ella vive encerrada en su castillo y parece ignorar lo que ocurre más allá de sus habitaciones, mientras sus asesores gobiernan en su nombre.
Ahí se encuentra el elemento más interesante de la película. Detrás de la comedia romántica y de la transformación moral de la princesa existe un relato sobre un rey títere, una corte parasitaria y unos consejeros que manipulan al poder para enriquecerse. El padre de Carolina conserva el título, pero ha dejado de gobernar. Sus ministros controlan los impuestos, deciden los matrimonios, administran la información que llega al palacio y mantienen a la familia real separada de la población.
Carolina no es inocente, porque disfruta de los privilegios producidos por ese sistema y ha adoptado su desprecio hacia los demás. Sin embargo, también es el resultado de una educación diseñada para volverla dócil ante quienes gobiernan desde las sombras. Sus asesores necesitan que siga siendo superficial, narcisista y políticamente ignorante. Mientras ella permanezca preocupada por vestidos, pretendientes y ceremonias, ellos pueden continuar saqueando el reino sin oposición.
El matrimonio concertado con un príncipe débil tampoco responde a razones románticas. Los consejeros buscan un esposo fácilmente manipulable, alguien incapaz de cuestionar sus negocios o disputarles el control político. Así, el cuento de hadas introduce una idea bastante clara. La corrupción no siempre necesita destronar a la monarquía; puede mantenerla intacta como espectáculo mientras el poder real se ejerce desde los pasillos.
Esa dimensión permite leer la transformación de Carolina de una manera más rica. El viaje junto a Benjamín no consiste únicamente en aprender a ser humilde para merecer el amor de un hombre. Al abandonar el castillo, la princesa entra por primera vez en contacto con el reino que supuestamente le pertenece. Conoce el trabajo, el hambre, el miedo y las consecuencias de las decisiones tomadas en su nombre. Su educación sentimental es también una educación política.
La película, sin embargo, no desarrolla todas estas ideas con la profundidad que merecen. El conflicto avanza con rapidez, los villanos son deliberadamente simples y la transformación de Carolina ocurre de manera demasiado acelerada. Pasa de despreciar a quienes considera inferiores a comprenderlos en un intervalo tan breve que su cambio parece responder más a las necesidades del guion que a una verdadera evolución interior.
Los directores Radek Beran y David Lisý prefieren mantener un tono ligero, musical y aventurero. Hay persecuciones, disfraces y animales cómicos (como el perrito Bijou), flores que cantan y una sucesión de obstáculos pensados para conservar la atención de los niños. El resultado es una película agradable, dinámica y bastante convencional, más cercana a las adaptaciones de cuentos de hadas realizadas para la franquicia animada de Barbie que a las grandes conquistas artísticas de la animación checa.
La comparación no pretende ser necesariamente un insulto. Las películas de Barbie como Rapunzel, El lago de los cisnes o Las 12 princesas bailarinas comprendían que podían adaptar historias clásicas mediante relatos sencillos, números musicales, colores brillantes y protagonistas diseñados para un público infantil. La princesa y la flor mágica trabaja en un territorio parecido. Toma una obra conocida, simplifica sus implicaciones, añade criaturas simpáticas y actualiza su ritmo sin alterar demasiado su estructura básica.
Lo que no tiene es la imaginación artesanal de maestros como Jiří Trnka, cuya obra convirtió la animación checa en una de las tradiciones más importantes del siglo XX. Trnka no utilizaba los cuentos como simples vehículos narrativos. Sus marionetas, decorados, movimientos y composiciones podían transformar una leyenda popular en una experiencia poética, sombría o políticamente subversiva. Películas como El ruiseñor del emperador, El príncipe de Bayaya o Sueño de una noche de verano poseían una identidad que no necesitaba imitar a Disney.
La nueva adaptación de La princesa orgullosa, en cambio, mira constantemente hacia el modelo internacional de animación digital. Sus personajes, como los de la exitosa franquicia rusa de Masha y el oso, tienen ojos grandes, gestos exagerados, animales secundarios destinados a producir ternura y secuencias musicales construidas según fórmulas conocidas. En varios momentos parece querer parecerse a Disney sin contar con el presupuesto, la fluidez ni la precisión expresiva de sus grandes producciones.
La animación es decente, pero irregular. Los paisajes son el principal atractivo. Los bosques, montañas, jardines y castillos recuperan algo de la belleza geográfica de Europa Central y presentan escenarios que en ocasiones parecen ilustraciones de un libro infantil. El uso del color distingue con claridad los diferentes reinos y estados emocionales. La calidez del territorio de Benjamín contrasta con los tonos más fríos y apagados del reino dominado por los consejeros.
Los personajes, sin embargo, no siempre se integran con la misma naturalidad en esos fondos. Sus movimientos pueden ser rígidos, las expresiones faciales carecen de sutileza y algunas secuencias producen la sensación de estar contemplando una película creada para televisión o para el mercado doméstico. Nada de esto la vuelve inmirable, pero sí establece sus límites frente a las mejores producciones animadas europeas contemporáneas.
La música de Ondřej Brzobohatý recupera elementos asociados con la película de 1952 y añade nuevas composiciones. En su idioma original, las canciones forman parte del tono popular y nostálgico de la historia. El verdadero problema aparece en el doblaje al español, que es terrible. Las voces carecen de naturalidad, varios diálogos suenan recitados y los números musicales alcanzan momentos difíciles de tolerar (incluso en un momento, el asesor del príncipe mueve la boca pero no se escucha lo que dice).
Las canciones son interpretadas de una manera más que desafinada. No se trata de una decisión cómica ni de voces infantiles que privilegien espontaneidad sobre perfección. El doblaje simplemente parece no haber contado con cantantes capaces de sostener las melodías. En una película donde la música tiene una función importante dentro del romance y del despertar emocional de Carolina, escucharla mal interpretada debilita escenas que deberían producir encanto.
El espectador podría solucionar el problema recurriendo a la versión checa, pero fuera de su país de origen resulta casi imposible encontrar la película en su idioma original. La distribución internacional parece privilegiar doblajes locales que sustituyen completamente las voces de Marek Lambora y Anna Fialová. Es una lástima, porque la interpretación vocal original forma parte del vínculo entre esta adaptación y la tradición cultural que pretende recuperar.
A pesar de sus limitaciones, La princesa y la flor mágica realiza un trabajo decente. No alcanza la riqueza del cuento, no reemplaza la versión de 1952 y está muy lejos de las alturas de la animación checa clásica. Sin embargo, logra presentar esta historia a una generación que difícilmente se acercaría por voluntad propia a una película checoslovaca en blanco y negro realizada hace más de setenta años.
Esta cinta es, en definitiva, una colorida nieta digital de un clásico checo. Tiene aventura, romance, humor, paisajes hermosos y una lectura política más interesante de lo que su apariencia anuncia. Su animación cumple sin deslumbrar, su historia corre demasiado y su versión en español casi destruye sus canciones. Pero dentro de sus modestas ambiciones consigue ser una película familiar entretenida, capaz de recordarnos que los peores gobernantes no siempre son los tiranos visibles, sino quienes permiten que otros gobiernen mientras ellos permanecen encerrados admirando su propio retrato.


