Crítica: National Theatre Live: Frankenstein 

La criatura de Mary Shelley vuelve a la vida en una puesta de Danny Boyle que transforma el Olivier Theatre en un laboratorio de electricidad, deseo y abandono

Danny Boyle 

/ Benedict Cumberbatch, Jonny Lee Miller, Naomi Harris, Karl Johnson

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía Cine Colombia

Ver a una criatura abrir los ojos por primera vez debería ser un milagro. En Frankenstein, pronto se convierte en una condena. El ser creado por Víctor Frankenstein despierta en un mundo que lo rechaza antes de que pueda comprenderlo. La adaptación de Nick Dear desplaza el centro de gravedad hacia ese hijo sin padre, cuya inteligencia y anhelo de afecto van creciendo al mismo tiempo que su furia. La obra mira la novela de Mary Shelley desde la perspectiva del ser abandonado y convierte su historia en una pregunta sobre la responsabilidad de quien crea vida.

Danny Boyle hace que esa idea palpite en el escenario. El diseño de Mark Tildesley, la iluminación de Bruno Poet y la música de Underworld construyen un universo donde la ciencia parece ritual y la naturaleza, una promesa de consuelo. Miles de luces se encienden para acompañar el experimento de Víctor; una locomotora irrumpe entre nubes de vapor, como si la revolución industrial también reclamara su criatura. Después, los pájaros que cruzan los árboles y la lluvia sobre la hierba ofrecen al monstruo un breve encuentro con la belleza. La producción aprovecha la escala del Olivier, pero encuentra sus momentos más humanos en la intimidad de un cuerpo que aprende a moverse, hablar y sentir.

El reparto alterna a Benedict Cumberbatch y Jonny Lee Miller en los papeles de Víctor y la criatura. Ese intercambio altera la relación entre ambos. Creador y creación parecen reflejos que se disputan el mismo rostro. Cumberbatch construye una criatura de movimientos angulosos, curiosidad vivaz y elocuencia creciente; Miller le da una energía más animal, ligada a los instintos y al dolor físico. Cuando ocupan el papel de Víctor, también cambian los tonos de la tragedia. Cumberbatch acentúa la frialdad obsesiva del científico, mientras Miller lo carga de una intensidad más visceral. No hay una combinación definitiva: la obra invita a ver las dos y a preguntarse cuánto de cada uno habita en el otro.

Karl Johnson conmueve como De Lacey, el hombre ciego que ofrece a la criatura una enseñanza y una escucha que el resto del mundo le niega. Naomi Harris aporta curiosidad y calidez a Elizabeth, la prometida de Víctor. La adaptación, sin embargo, suaviza parte de la indignación social de Shelley. Al privilegiar el sufrimiento de la criatura, deja menos espacio para la crítica a las estructuras que condenan a los inocentes y para la arrogancia de Víctor, que pretende dominar la vida sin asumir las consecuencias de su acto. Esa reducción no anula la fuerza de la obra, aunque estrecha el alcance político de la novela.

La pregunta que queda suspendida no es solamente cuál de los dos es el monstruo. También importa quién tuvo la oportunidad de elegir y quién fue arrojado al mundo sin nombre, compañía ni amparo. Boyle y Dear cierran la historia con ambos personajes perdidos en un paisaje helado, unidos por una creación que ninguno puede deshacer. Frankenstein encuentra ahí su imagen más poderosa. El creador y su criatura avanzan hacia el mismo vacío, mientras nosotros seguimos buscando dónde empezó la monstruosidad.

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