Chris Rock siempre ha sido un observador privilegiado de las contradicciones de la sociedad estadounidense. Su extraordinaria trayectoria como comediante le ha permitido examinar con inteligencia y una considerable dosis de mala leche asuntos relacionados con el racismo, las diferencias sociales, las relaciones sentimentales y las miserias del mundo del espectáculo.
Como director cinematográfico, sin embargo, su carrera ha sido bastante irregular. Debutó con Head of State (2003), una sátira política que aprovechaba su popularidad como comediante, y continuó con I Think I Love My Wife (2007), una adaptación de El amor después del mediodía (1972), de Éric Rohmer, que trasladaba las preocupaciones sentimentales del cineasta francés a las contradicciones de un matrimonio afroamericano de clase acomodada.
Su mejor película llegó con Top Five (2014), una comedia autobiográfica sobre un comediante que intenta convertirse en actor dramático mientras enfrenta las contradicciones de la fama. Doce años después, Rock regresa a la dirección con Misty Green, una tragicomedia que parece reunir sus preocupaciones anteriores y que encuentra en Rosalind Eleazar a una protagonista sencillamente formidable.
La influencia de Woody Allen resulta evidente en su manera de abordar las neurosis de sus personajes, sus relaciones sentimentales y la incapacidad de los artistas para escapar de sus propias contradicciones. También hay mucho de Noah Baumbach, especialmente del cineasta de Margot at the Wedding (2007) y Frances Ha (2012), en la construcción de personajes inteligentes, profundamente egoístas y capaces de destruir las relaciones que más necesitan.
Rock comparte con ambos directores cierta fascinación por las personas que convierten sus desgracias en una forma de vida, aunque su mirada posee una particular preocupación por las diferencias raciales y económicas que determinan quién puede darse el lujo de fracasar en Estados Unidos. A ello se suma una cierta influencia de Uncut Gems (2019), de los hermanos Safdie, en ese retrato de un protagonista que encadena decisiones desastrosas hasta convertir su existencia en una pesadilla de la cual parece incapaz de escapar.
Misty Green (Eleazar) fue una actriz prometedora que alcanzó la fama gracias a una serie de televisión llamada Red Eye, por la cual ganó un premio Emmy. Sin embargo, aquellos días de gloria pertenecen al pasado. Ahora, cerca de los cuarenta años, su carrera está prácticamente destruida por una combinación de adicciones, relaciones sentimentales desastrosas, comportamientos autodestructivos y una reputación profesional que hace que nadie quiera contratarla.
Para empeorar las cosas, su sugar daddy, un hombre adinerado que mantenía su lujoso apartamento en Los Ángeles, acaba de morir y su viuda (Amy Landecker) le concede siete días para abandonar la propiedad. Misty necesita encontrar dinero, vivienda y trabajo, tres cosas que parecen haberse convertido en artículos de lujo dentro de una ciudad que alguna vez le prometió el mundo entero.
Su única posibilidad de recuperar la carrera aparece cuando Jordan (Chris Rock), un director con quien tuvo problemas en el pasado, contempla ofrecerle un papel en una nueva versión del musical Dreamgirls. Sin embargo, para conseguirlo deberá enfrentarse a su propia reputación, a los prejuicios de la industria y, especialmente, a su extraordinaria capacidad para sabotear cualquier oportunidad que se presente. Mientras tanto, su hermano Jordan (Daniel Kaluuya), quien padece trastorno bipolar, reaparece después de una hospitalización psiquiátrica, agregando una responsabilidad familiar a una existencia que apenas puede sostenerse por sí misma.
Alrededor de Misty encontramos una colección de personajes que parecen representar distintas formas de supervivencia dentro de Hollywood. Zach (Adam Driver) es un cineasta oportunista y particularmente desagradable que ofrece soluciones económicas mediante negocios sexuales bastante turbios. Driver aprovecha su aspecto desgarbado y su capacidad para interpretar personajes moralmente ambiguos para construir a uno de esos hombres demoníacos que conocen perfectamente las debilidades ajenas y encuentran la manera de sacarles provecho.
Naomi (Anna Kendrick), la mejor amiga de Misty, ha decidido abandonar sus aspiraciones artísticas para buscar estabilidad económica y sentimental, mientras que su representante (Topher Grace) intenta encontrarle algún trabajo en una industria que prácticamente la considera un producto vencido. Kaluuya, por su parte, aporta una intensidad dramática considerable a un personaje que merecía mayor desarrollo y cuya relación con su hermana permite descubrir aspectos de ella que permanecen ocultos detrás de su arrogancia.
Sin embargo, el verdadero corazón de la película pertenece a Rosalind Eleazar. La actriz británica, conocida especialmente por su participación en la excelente serie Slow Horses, ofrece un auténtico tour de force interpretativo. Su Misty es arrogante, caprichosa, desagradable, sexualmente impulsiva y capaz de tratar miserablemente a quienes intentan ayudarla.
También es una mujer extraordinariamente talentosa que contempla con desesperación cómo las oportunidades desaparecen mientras su cuerpo envejece y sus errores se convierten en una condena profesional. Eleazar comprende que interpretar a una persona semejante exige mostrar sus contradicciones sin buscar permanentemente la simpatía del espectador. Sus cambios de temperamento, sus explosiones de rabia y aquellos momentos en los que la desesperación consigue atravesar su fachada de superioridad construyen un personaje de una riqueza emocional sorprendente.
Hay dos secuencias musicales que permiten comprender la dimensión de su talento. En una de ellas interpreta Creep, de Radiohead, transformando la canción en una confesión dolorosa sobre el sentimiento de exclusión. En otra aborda One Night Only, de Dreamgirls, demostrando que detrás de aquella mujer aparentemente destruida todavía existe una artista formidable. Son momentos en los que la película alcanza una intensidad extraordinaria porque Eleazar consigue transmitir, mediante su voz y su expresión corporal, toda la frustración de alguien que sabe perfectamente cuánto vale su talento y cuánto ha perdido por culpa de sus propios errores.
Rock nos muestra un costado de Hollywood que pocas películas se atreven a explorar con semejante crudeza y que, probablemente, conoce muy bien. El cine ha producido innumerables historias sobre el ascenso de las estrellas, sus excesos, sus romances y sus tragedias, como en los clásicos A Star Is Born y Sunset Boulevard. Sin embargo, Misty Green se interesa por una realidad bastante menos espectacular, la existencia de aquellos intérpretes que tuvieron sus quince minutos de fama y posteriormente descubrieron que el reconocimiento artístico ofrece muy pocas garantías de supervivencia económica.
Un premio Emmy puede convertirse en un objeto decorativo mientras las facturas se acumulan, los representantes dejan de llamar y los productores encuentran razones cada vez más absurdas para descartar a una actriz. Hollywood aparece como una gigantesca maquinaria que exige talento, juventud, belleza y disponibilidad absoluta, pero que puede descartar a cualquiera cuando deja de satisfacer sus expectativas.
Rock también examina las dificultades particulares que enfrentan las mujeres afroamericanas dentro de esa maquinaria. Misty debe soportar comentarios racistas, audiciones humillantes y propuestas laborales que reducen sus posibilidades interpretativas a una serie de estereotipos. A esto se suma el problema de la edad, especialmente cruel en una industria que continúa ofreciendo mayores oportunidades a los hombres maduros mientras considera que las mujeres han perdido buena parte de su valor comercial al acercarse a los cuarenta años. Una escena en la que Misty aparece diminuta frente a una gigantesca imagen publicitaria de Marilyn Monroe resume admirablemente aquella contradicción. Hollywood continúa venerando a sus antiguas diosas mientras destruye sistemáticamente a las nuevas.
El guion, sin embargo, presenta algunas debilidades. Rock acumula tantos problemas alrededor de su protagonista que ocasionalmente parece empeñado en convertir cada jornada en una nueva catástrofe. Los conflictos familiares, las adicciones, el racismo, las dificultades económicas y las relaciones sentimentales terminan compitiendo por el protagonismo.
Algunas situaciones resultan demasiado calculadas y ciertos personajes secundarios funcionan principalmente como instrumentos para desarrollar las preocupaciones sociales del director. También resulta discutible que el personaje interpretado por el propio Rock aparezca como una figura prácticamente providencial, dispuesta a perdonar las peores atrocidades de Misty mientras los demás personajes exhiben sus miserias con escaso pudor.
Afortunadamente, la película conserva una considerable capacidad para provocar risas incluso en sus momentos más melodramáticos. Rock conoce perfectamente los mecanismos de la comedia observacional y utiliza el humor para denunciar el absurdo de una industria donde las relaciones personales funcionan como transacciones comerciales y las oportunidades laborales dependen tanto del talento como de los contactos, las apariencias y los favores sexuales. Sus observaciones sobre las audiciones, los representantes y los productores poseen una autenticidad que revela su experiencia dentro de Hollywood.
Pero lo verdaderamente conmovedor de Misty Green es su capacidad para reconocer la fragilidad de una mujer que ha cometido errores terribles y que, pese a todo, conserva el deseo de recuperar su dignidad. Rock comprende que las personas pueden resultar despreciables en determinadas circunstancias y seguir mereciendo una segunda oportunidad. Su película observa a Misty con una mezcla de ironía, frustración y afecto que evita convertirla en una víctima ejemplar o en una caricatura moral.
En ese sentido, su mayor virtud aparece cuando abandona las explicaciones sobre las injusticias de Hollywood y permite que Eleazar exprese, mediante un gesto o una mirada, el miedo de una artista que comienza a sospechar que sus mejores años han quedado definitivamente atrás.


