El triunfo de Lula da Silva le da un aire al progresismo latinoamericano

El presidente brasileño se impuso a Flávio Bolsonaro y gobernará hasta 2031. Su victoria abre una oportunidad para mantener políticas de protección social y defensa de la Amazonía, en manos de un líder indiscutible de la izquierda latinoamericana.

octubre 27, 2026

@ricardostuckert

Luiz Inácio Lula da Silva obtuvo una nueva victoria en las urnas y aseguró su cuarto mandato como presidente de Brasil. Con el 51,76% de los votos, superó a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, por una diferencia de 3,5 puntos porcentuales. El resultado prolonga la permanencia de la izquierda y del primer presidente obrero de Brasil en el Gobierno del país más grande de América Latina. Esto constituye una excepción en una región que durante los últimos años ha visto avanzar a dirigentes de derecha populista con agendas de recorte de derechos sociales, enfoque centrado en la seguridad por encima de los derechos humanos y ataques contra las minorías. 

Entre las razones de la remontada de Lula da Silva, tras una primera vuelta que no lo favorecía, están la reducción de la abstención en dos puntos porcentuales y la movilización ciudadana para defender un modelo de país centrado en la agenda social y la estabilidad institucional. Analistas también destacan la capacidad del Partido de los Trabajadores (PT) y las fuerzas progresistas para llegar a sectores más allá de las redes sociales, mediante estrategias territoriales, combinado también con una estrategia efectiva de comunicaciones donde las cadenas de WhatsApp llamaron a votar masivamente. A esto se sumó el temor al regreso del bolsonarismo y a sus posibles efectos sobre los derechos sociales, la protección ambiental y la economía por los recortes propuestos, así como las denuncias de corrupción que han rodeado a Flávio Bolsonaro. 

La victoria de Lula tiene un significado que trasciende las fronteras brasileñas. En un escenario regional cada vez más inclinado hacia la derecha, su continuidad representa un contrapeso político para los gobiernos que promueven agendas conservadoras y cuestionan conquistas sociales. También supone un revés para Donald Trump y su pretensión de ampliar la influencia estadounidense en América Latina, frente a la cual Lula ha defendido la autonomía de Brasil con una posición clara: el país “no acepta ser el patio trasero de nadie”. Este aspecto es uno de los que quizás paradójicamente le dio más impulso a Lula dentro de su país. 

Sin embargo, el resultado electoral no representa necesariamente un giro de la región hacia la izquierda. Brasil se mantiene como una excepción en un mapa político en el que doce países están gobernados por la derecha y en donde México y Uruguay son parte de los pocos aliados naturales. 

Por su importancia económica y diplomática Lula puede conservar un papel relevante en la política internacional, particularmente en espacios como los BRICS y el G20, donde puede promover alianzas y defender una agenda de cooperación multilateral. Su apuesta por la diplomacia, como lo ha hecho en otros momentos, también supone el desafío de ejercer ese liderazgo sin profundizar los conflictos con otras potencias, en especial con Estados Unidos.

Una victoria en medio de la disputa por un modelo de país

La contienda estuvo marcada por una competencia reñida y dos semanas de campaña frenética, con debates acalorados y denuncias de interferencia de terceros. Uno de los actores más polémicos fueron las grandes corporaciones de tecnología como Meta, la empresa propietaria de Facebook ,WhatsApp e Instagram, que desactivó anuncios de la campaña de Lula, lo que generó protestas masivas en varias ciudades. 

Aunque Flávio Bolsonaro había obtenido el 47,03% de los votos válidos en la primera vuelta, frente al 45,16% de Lula, y se esperaba una derrota, el candidato de la derecha radical no consiguió convertir esa ventaja inicial en una victoria definitiva, un suceso inédito frente a otras elecciones. 

La gobernabilidad será uno de los principales retos del presidente. Su triunfo le permite continuar con una agenda de protección social, reducción de la pobreza y defensa de los derechos laborales, pero no garantiza que pueda desarrollarla sin obstáculos. La oposición cuenta con herramientas políticas para bloquear o limitar sus iniciativas, especialmente en asuntos ambientales y sociales.

La Amazonía, una apuesta en disputa

Uno de los principales motivos por los que la reelección de Lula genera expectativas entre los sectores progresistas es su política ambiental. Desde su primera presidencia, iniciada en 2003, el mandatario impulsó medidas para reducir la deforestación de la Amazonía, el mayor bosque tropical de la Tierra, del que cerca del 60% se encuentra en territorio brasileño.

Durante sus primeros gobiernos, la deforestación anual pasó de más de 25.000 kilómetros cuadrados en 2003 a poco más de 4.500 en 2012. Su regreso al poder también permitió retomar medidas de control y vigilancia. En el primer semestre de 2026, Brasil registró una de las mayores reducciones de la deforestación de la última década. La estrategia brasileña no se limita a los compromisos ambientales. El Gobierno impone multas por deforestación ilegal, embarga bienes, destruye maquinaria e impide el acceso a créditos públicos. Entre 2023 y 2024, el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) frenó más de 127 millones de dólares en préstamos a productores rurales vinculados con tierras deforestadas ilegalmente.

La continuidad de estas medidas es una de las apuestas que quedan abiertas con el triunfo de Lula. Sin embargo, su capacidad para sostenerlas dependerá de una correlación de fuerzas adversa, pues el bolsonarismo que ganó terreno en el Congreso, impulsó en 2025 normas que debilitan la legislación ambiental y gobierna en siete de los nueve estados amazónicos. La protección de la selva, por tanto, seguirá siendo un campo de disputa entre los intereses económicos, las fuerzas políticas y la urgencia de contener la crisis climática.

Los derechos sociales, en el centro 

La agenda de Lula también se ha caracterizado por la reducción de la desigualdad, el fortalecimiento de la protección social y la defensa de los derechos de la clase trabajadora. En materia de género, sus gobiernos han promovido políticas orientadas a la equidad y al combate de las violencias contra las mujeres, además de abrir espacios de mayor participación e influencia política para ellas.

Estas apuestas adquieren especial relevancia en una región donde el avance de la derecha populista ha estado acompañado, en distintos países, por discursos contrarios a las agendas de derechos conquistados por los movimientos feministas y por iniciativas que amenazan derechos conquistados. La continuidad de Lula ofrece una alternativa política a esas tendencias, aunque sus posibilidades de profundizar las políticas sociales y de igualdad dependerán tanto de sus decisiones como de su capacidad para construir mayorías y responder a las demandas de la sociedad brasileña.

Para los movimientos progresistas latinoamericanos, el resultado es motivo de expectativa porque mantiene en el poder a un referente que ha situado la justicia social, los derechos laborales y la protección ambiental entre sus principales banderas. Pero convertir esa victoria en un impulso regional exigirá algo más que afinidad ideológica, será necesario reconstruir alianzas, fortalecer la cooperación y demostrar que estas agendas pueden traducirse en mejoras concretas para la población.

Un respiro no es un cambio de tendencia

Brasil acaba de definir una de las elecciones más relevantes de su historia política reciente y de la sucesión de comicios que ha vivido América Latina en 2026. La victoria de Lula evita que la derecha radical llegue a la Presidencia de la mayor economía de la región y conserva un espacio institucional para las políticas de protección social, equidad de género y defensa ambiental.

Pero el resultado no revierte por sí solo el giro regional hacia la derecha ni elimina la polarización dentro de Brasil. Lula tendrá que gobernar con una oposición fortalecida, negociar con un Congreso adverso y responder a una sociedad en la que el bolsonarismo conserva una base electoral significativa.

Su cuarto mandato abre, en cambio, una oportunidad para que Brasil mantenga su peso como contrapeso político y diplomático en América Latina. En un contexto de reacomodo de las alianzas internacionales y de retrocesos en materia de derechos, el desafío será transformar esa posición en una agenda regional capaz de sostener la cooperación, contener los ataques contra las conquistas sociales y defender la autonomía de los países latinoamericanos.

El triunfo de Lula da Silva le da un respiro a la izquierda de la región, aunque no garantiza un cambio de rumbo. Sin embargo, no es menor la permanencia en el poder de un líder indiscutible de las reformas sociales más importantes de la historia contemporánea de América Latina. 

LAURA VÁSQUEZ ROA

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