En 2005, el empresario Phil Knight, cofundador de Nike (el mismo que interpretó Ben Affleck en Air, la película dirigida por él), transformó los antiguos estudios de Will Vinton, pionero de la animación con plastilina, en una compañía llamada Laika. Su hijo Travis Knight, que había trabajado como animador en aquel estudio, se convirtió en una de las figuras fundamentales de esta aventura empresarial y artística, decidida a preservar y perfeccionar una de las técnicas más laboriosas de la historia del cine: el stop motion.
Cuatro años después, Laika presentó su primer largometraje, la extraordinaria Coraline (2009), dirigida por Henry Selick (The Nightmare Before Christmas), una pesadilla infantil inspirada en la novela del malogrado Neil Gaiman que demostró hasta dónde podía llegar la animación artesanal cuando se combinaban la imaginación, el talento y una paciencia prácticamente sobrehumana. Después llegaron ParaNorman (2012), The Boxtrolls (2014) y Kubo and the Two Strings (2016), antes de que Missing Link (2019) cerrara una primera etapa de cinco películas que consolidó a Laika como uno de los estudios de animación más fascinantes del mundo.
Precisamente Travis Knight dirigió Kubo and the Two Strings, que, con el perdón de Coraline, sigue siendo la mejor película del estudio. Aquella extraordinaria fantasía japonesa, construida alrededor de la muerte, la memoria y las relaciones familiares, representó una conquista artística que parecía imposible de superar.
Knight continuó su carrera con Bumblebee (2018), la mejor película de la horrenda saga Transformers y, posteriormente, con la maravillosa Masters of the Universe (2026), la nueva aventura cinematográfica de He-Man. Entretanto, dedicó alrededor de quince años a desarrollar Wildwood, un proyecto monumental que finalmente devuelve a Laika a las pantallas después de siete años de ausencia. El resultado justifica semejante espera y confirma que todavía existen cineastas dispuestos a invertir buena parte de sus vidas en fabricar universos que, literalmente, pueden tocarse con las manos.
Basada en la novela de Colin Meloy, vocalista de The Decemberists, ilustrada por Carson Ellis y adaptada por Chris Butler, Wildwood cuenta la historia de Prue McKeel (Peyton Elizabeth Lee), una adolescente que vive en Portland con sus padres y su pequeño hermano Mac. Durante una salida al parque, una gigantesca bandada de cuervos secuestra al bebé y lo transporta hasta un bosque misterioso que los habitantes de la ciudad conocen como la Naturaleza Impracticable.
Desesperada por recuperar a su hermano, Prue emprende una expedición acompañada por Curtis (Jacob Tremblay), un compañero de colegio que termina involucrado en una aventura mucho más peligrosa de lo que cualquiera de los dos podría imaginar. Al otro lado del bosque descubren una civilización habitada por animales parlantes, criaturas extraordinarias, ejércitos de coyotes, aves, bandidos y gobernantes enfrentados por el control de aquel territorio encantado.
En el centro de este conflicto aparece Alexandra, una gobernanta interpretada vocalmente por Carey Mulligan, cuya tragedia familiar ha terminado convirtiéndola en una hechicera dispuesta a cometer atrocidades para recuperar aquello que perdió. También encontramos a Brendan (Mahershala Ali), un carismático líder de bandidos; a Septima (Awkwafina), una rata particularmente ingeniosa; y al General, una imponente águila dorada que posee la voz majestuosa de Angela Bassett.
El reparto se complementa con Richard E. Grant, Jemaine Clement, Charlie Day y el incomparable Tom Waits, quien presta su voz a Maksim. Escuchar esa garganta de whiskey, cigarrillos y noches interminables en medio de semejante desfile de criaturas fantásticas constituye uno de los placeres adicionales de la película. Waits tiene una voz que parece haber sido descubierta debajo de las tablas de una taberna medieval, algo que lo convierte en un habitante perfectamente natural de este universo.
Conviene reconocer que Wildwood tiene muy poco de original desde una perspectiva argumental. Su historia pertenece a una tradición del sword and sorcery que ha alimentado el cine fantástico durante décadas. Por momentos, la película produce la sensación de estar cambiando constantemente de canal entre Labyrinth, Willow, The Lord of the Rings, The Chronicles of Narnia y Game of Thrones. Hay criaturas que parecen escapar de la imaginación de Jim Henson, batallas que recuerdan las grandes confrontaciones concebidas por Peter Jackson, reinos poblados por animales parlantes que evocan a C.S. Lewis y disputas dinásticas que perfectamente podrían haber sido imaginadas por George R.R. Martin. También aparecen ecos de The Dark Crystal y del universo fantástico de Hayao Miyazaki, especialmente de Princess Mononoke, por su preocupación por la naturaleza y las consecuencias de perturbar sus leyes.
Incluso resulta imposible contemplar algunas de las espectaculares secuencias protagonizadas por aves guerreras sin recordar Legend of the Guardians: The Owls of Ga’Hoole, aquella injustamente olvidada película de Zack Snyder protagonizada por lechuzas que se enfrentaban a muerte utilizando armaduras, garras y armas afiladas.. Knight comparte con Snyder cierta fascinación por la majestuosidad de las criaturas aladas y por convertir sus enfrentamientos en acontecimientos de dimensiones mitológicas. Sin embargo, donde Snyder privilegiaba la espectacularidad digital, Knight construye un universo físico que posee una textura extraordinaria.
Y aquí encontramos la verdadera grandeza de Wildwood. La película representa una nueva conquista del stop motion, una técnica cuyos orígenes cinematográficos se remontan a los experimentos de pioneros como J. Stuart Blackton y Segundo de Chomón, y cuya evolución incluye las extraordinarias criaturas de Willis O’Brien y Ray Harryhausen, las fantasías perturbadoras de Jan Švankmajer, las exploraciones de los hermanos Quay y Bolex y los incomparables talentos de Jiří Trnka, Henry Selick, Wes Anderson y Guillermo del Toro. Todos estos artistas descubrieron que los objetos inanimados podían adquirir personalidad y vida mediante la manipulación fotograma a fotograma. Knight recoge esa tradición centenaria y la lleva hasta territorios de una complejidad formal que sus predecesores difícilmente habrían podido imaginar.
El stop motion exige que cada movimiento sea cuidadosamente construido por un animador. Los personajes son marionetas físicas, dotadas de esqueletos articulados, vestuarios minúsculos y expresiones faciales que se modifican entre fotografías. Laika ha perfeccionado esta técnica mediante la impresión tridimensional de miles de piezas intercambiables y su integración con herramientas digitales que amplían las posibilidades de los decorados, la iluminación y los efectos visuales.
En Wildwood, este procedimiento alcanza dimensiones descomunales. La producción utilizó 136 escenarios y 231 marionetas, mientras que el gigantesco General fue concebido con una envergadura de aproximadamente metro y medio y miles de plumas elaboradas individualmente. Cada rama, prenda, criatura y expresión revelan una minuciosidad que resulta francamente alucinante.
La participación del veterano director de fotografía Caleb Deschanel (The Black Stallion, Twin Peaks) contribuye enormemente a esta proeza. Su trabajo convierte el bosque en un territorio que parece respirar, donde la luz atraviesa el follaje, las sombras adquieren una presencia amenazadora y las superficies poseen una riqueza visual pocas veces alcanzada por la animación. Los árboles, las ciudades, las fortalezas y las criaturas tienen una existencia material que permite experimentar aquel mundo como un lugar tangible.
La cámara se desplaza por escenarios de una complejidad asombrosa y las persecuciones aéreas alcanzan una fluidez que desafía cualquier expectativa sobre las posibilidades de esta técnica. La partitura de Dario Marianelli completa la experiencia con una fuerza sinfónica que acompaña las transformaciones de una aventura capaz de pasar de la comedia al horror y de la ternura a la tragedia.
También sorprende la magnitud épica de su narración. Wildwood dura 132 minutos, una extensión extraordinaria para un largometraje de stop motion, especialmente si consideramos la cantidad de trabajo necesaria para producir apenas unos segundos de movimiento. Knight aprovecha este metraje para desarrollar una historia poblada por numerosas facciones, intrigas políticas, revelaciones familiares, sacrificios y enfrentamientos multitudinarios.
Algunas de sus secuencias, especialmente una persecución entre aves y una gigantesca batalla que parece salida de The Two Towers, alcanzan una espectacularidad formidable. Es difícil imaginar el número de horas invertidas para lograr que semejantes acontecimientos cobren vida mediante pequeñas figuras manipuladas por seres humanos. El resultado permite apreciar una cualidad cada vez menos frecuente en las grandes producciones cinematográficas: El asombro genuino ante aquello que aparece en la pantalla.
Por supuesto, tanta ambición también tiene consecuencias. El guion acumula personajes, conflictos y explicaciones que ocasionalmente amenazan con saturar la narración. Algunas transformaciones dramáticas resultan apresuradas, ciertas revelaciones dependen demasiado de la exposición verbal y las motivaciones de algunos personajes secundarios merecían un desarrollo más generoso.
La película también utiliza convenciones del género con una familiaridad que puede anticipar buena parte de sus acontecimientos. Sin embargo, Knight posee suficiente talento para convertir esos materiales conocidos en una experiencia cinematográfica tremendamente emocionante. El viaje de Prue está sostenido por una genuina preocupación por su hermano y por una exploración del dolor, la pérdida y la dificultad de aceptar que la naturaleza sigue sus propias leyes, incluso cuando estas resultan crueles.
Vale la pena advertir que Wildwood difícilmente puede considerarse una película destinada a los niños más pequeños. Su clasificación está plenamente justificada. Aquí encontramos decapitaciones, personajes atravesados por armas, cuchilladas, muertes violentas, escenas de desnudez parcial y acontecimientos relacionados con el suicidio y la pérdida de seres queridos.
Knight comprende que los cuentos de hadas siempre han mantenido una estrecha relación con el horror y recupera esa dimensión sombría que muchas producciones infantiles contemporáneas prefieren suavizar. Sin duda, cualquier niño de nueve años acostumbrado a las grandes aventuras fantásticas querrá verla a toda costa, fascinado por sus monstruos, sus ejércitos y sus animales parlantes, aunque la intensidad de algunas imágenes exige que los padres consideren su sensibilidad.
En una época en la que buena parte de la industria parece obsesionada con acelerar los procesos creativos mediante herramientas automatizadas (léase IA), Wildwood constituye una celebración del trabajo humano, de la paciencia y de la capacidad de crear maravillas a partir de materiales físicos. Los animadores de Laika han dedicado años a construir un universo que parece haber nacido de la imaginación de un niño enamorado de las películas de aventuras, los libros ilustrados y los monstruos de Ray Harryhausen.
Travis Knight demuestra que conoce profundamente esa tradición y que su pasión por ella permanece intacta. Puede que su película recuerde demasiadas historias que ya conocemos, pero pocas veces las hemos visto representadas con semejante virtuosismo, energía y pasión cinematográfica.
Wildwood es una proeza técnica, una aventura épica extraordinariamente entretenida y uno de los grandes acontecimientos de la animación contemporánea. Si todavía existe la posibilidad de contemplar algo verdaderamente maravilloso en una sala de cine, los artesanos de Laika acaban de ofrecernos una prueba deslumbrante.


