Crítica: Linternas (Lanterns)

Los Linternas Verdes Hal Jordan y John Stewart protagonizan un relato detectivesco donde no sentir miedo puede ser una virtud heroica o una forma de condena

/ Kyle Chandler, Aaron Pierre, Kelly Macdonald, Garret Dillahunt, Poorna Jagannathan, Jason Ritter, Ulrich Thomsen, Jasmine Cephas Jones, Sherman Augustus, J. Alphonse Nicholson, Paul Ben-Victor, Chris Coy, Nathan Fillion

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía HBO Max

Después del colapso creativo y comercial del universo construido alrededor de Zack Snyder, James Gunn recibió algo más complejo que una colección de superhéroes: heredó un panteón cinematográfico herido casi mortalmente. Batman y Superman habían terminado convertidos en símbolos solemnes, nihilistas y depresivos, capaces de destruir edificios y citar a Schopenhauer con la mirada, pero cada vez más alejados de las contradicciones humanas que durante décadas los mantuvieron vivos en los cómics.

El nuevo universo de DC ha resultado tremendamente interesante porque entiende que acercarse al cómic no significa reproducirlo con obediencia religiosa. Gunn recupera colores, criaturas, trajes y rincones extravagantes de aquella mitología, pero los utiliza para formular propuestas diferentes. La subvalorada Superman y la todavía más subvalorada Supergirl muestran a los superhéroes en su dimensión épica sin olvidar que, debajo de la capa, existen individuos formados por la pérdida, la educación, la soledad y el deseo de pertenecer. Sus hazañas importan porque antes importan sus conflictos.

En televisión, esta reconstrucción ha sido incluso más estimulante. Oficialmente, el nuevo DCU comenzó con la serie animada Creature Commandos, prolongación espiritual de lo que Gunn había hecho en The Suicide Squad. Allí, una nueva encarnación del Escuadrón Suicida estaba formada por criaturas que la sociedad no consideraba humanas, aunque sus heridas, sus amores y sus tragedias revelaban una humanidad mayor que la de quienes las enviaban a morir.

Peacemaker realizó un milagro todavía más improbable. Gunn tomó al que quizá era uno de los peores superhéroes del catálogo de DC y lo convirtió en un antihéroe falible, violento, confundido y dolorosamente necesitado de afecto. Christopher Smith (John Cena) desea la paz con tanta intensidad que está dispuesto a asesinar por ella, una contradicción que en las páginas podía parecer una broma y que Gunn transformó en neurosis, sátira política y tragedia familiar.

Ahora llega Lanterns, una serie que intenta rescatar la mitología de Linterna Verde de las cenizas dejadas por la película de 2011 protagonizada por Ryan Reynolds. Aquel fracaso ha sido exagerado con el paso de los años hasta adquirir proporciones bíblicas. Incluso el propio Reynolds contribuyó al funeral cuando utilizó a Deadpool de Marvel para ejecutar públicamente a su antiguo personaje de DC. Pocas veces un actor ha participado con tanto entusiasmo en la necropsia de su propia película (tal vez la otra excepción la encarne Halle Berry con su espantosa Catwoman).

Sin embargo, Lanterns no intenta demostrar que se puede realizar mejor aquella misma aventura. Su decisión más inteligente consiste en negarse a ser Guardianes de la Galaxia con anillos verdes. En lugar de construir una ópera espacial llena de planetas, monstruos y bromas, se concentra en dos hombres, un crimen ocurrido en Nebraska y una pregunta perturbadora: ¿Qué clase de persona merece un arma capaz de convertir la voluntad en materia?

Con el perdón de Alan Scott, el Green Lantern original, Hal Jordan (interpretado por Kyle Chandler), es el Linterna Verde más popular de los cómics: piloto, aventurero y policía intergaláctico elegido porque supuestamente posee la capacidad de superar el miedo. John Stewart, encarnado por Aaron Pierre (el actor británico de la estupenda cinta Rebel Ridge), es su posible sucesor, un antiguo marine, francotirador y arquitecto que debe aprender a utilizar el anillo bajo la tutela de un hombre que no parece demasiado dispuesto a entregarle su lugar.

Lo que en principio podría presentarse como la relación convencional entre mentor y aprendiz se convierte en una combinación de True Detective y la histórica etapa de Green Lantern/Green Arrow escrita por Dennis O’Neil y dibujada por Neal Adams. Aquellos cómics obligaron a los superhéroes de DC a abandonar momentáneamente las amenazas interplanetarias para enfrentarse al racismo, la pobreza, las drogas, la corrupción y las fracturas de Estados Unidos. El anillo podía construir cualquier cosa imaginada por su dueño, pero no era capaz de resolver automáticamente una injusticia social.

Lanterns recupera ese principio. Hal y John son policías cósmicos, pero su investigación transcurre en un territorio donde los conflictos raciales, el poder económico, la violencia heredada y la desconfianza hacia las autoridades no pueden eliminarse lanzando un rayo verde. En Rushville, Nebraska, una aparente masacre ocurrida durante un partido de fútbol conduce a los dos hombres hacia una conspiración extraterrestre. Allí se encuentran con la sheriff Kerry Cane (Kelly Macdonald de Boardwalk Empire), el poderoso terrateniente William Macon (Garret Dillahunt) y una comunidad que mira a los visitantes con la hospitalidad tradicional de los pueblos donde todo el mundo tiene un rifle y demasiadas razones para ocultarlo.

La estructura alterna dos líneas temporales, 2016 y 2026. En el pasado, Hal entrena a un John joven, disciplinado y todavía respetuoso de las jerarquías. En el presente, la relación se ha invertido parcialmente. John posee experiencia, criterio y una comprensión más compleja del poder, mientras Hal parece desgastado por los años, el alcohol y una certeza que comienza a resquebrajarse. El maestro ya no sabe si está preparando a su reemplazo o fabricando a su adversario.

Kyle Chandler interpreta a Jordan lejos de la arrogancia juvenil que tradicionalmente define al personaje. Su Hal es un hombre que ha convertido el heroísmo en identidad y, por tanto, contempla el retiro como una forma de muerte. No teme perder el anillo únicamente porque perdería sus poderes; teme descubrir quién es cuando deja de ser el elegido. Chandler encuentra humor, cansancio y dolor en esa terquedad y resistencia. Incluso cuando Hal actúa con suficiencia, se percibe el esfuerzo de alguien intentando conservar una autoridad que ya ha empezado a abandonarlo.

Aaron Pierre tiene una presencia física extraordinaria, pero su trabajo se sostiene en algo más que la fuerza. John Stewart observa, calcula y contiene. Como arquitecto, piensa en estructuras; como antiguo militar, comprende las cadenas de mando; como hombre negro en Estados Unidos, sabe que portar una insignia no garantiza que los demás dejen de verlo como una amenaza. Pierre convierte esa vigilancia permanente en el centro emocional del personaje.

La serie cae ocasionalmente en la necesidad de explicar demasiado el componente racial, como si temiera que el público no pudiera reconocerlo sin recibir una conferencia. Pero sus mejores momentos aparecen cuando deja que la relación entre los personajes lo exprese. Hal puede entrar en una habitación confiando en que su autoridad será aceptada; John debe preguntarse primero cómo será interpretada su presencia. Ambos llevan el mismo símbolo, pero el mundo no lee sus cuerpos de la misma manera.

La idea más inquietante de Lanterns surge de la condición fundamental exigida a quienes reciben el anillo: la capacidad de vencer un gran miedo. Los Guardianes de Oa presentan esa cualidad como una prueba de voluntad. Sin embargo, la serie se pregunta qué ocurre cuando una sociedad conoce el criterio de selección.

Si el universo recompensa a quienes han aprendido a no sentir miedo, ¿cuántos padres intentarían convertir a sus hijos en candidatos? ¿Qué atrocidades podrían justificar como entrenamiento? ¿Hasta dónde llegaría una familia para producir deliberadamente a un elegido?

La respuesta conduce a un territorio casi bíblico. Padres dispuestos a sacrificar a sus hijos, primogénitos sometidos a pruebas inhumanas y comunidades que confunden el sufrimiento con la formación del carácter. Es como si Abraham, un instructor militar y el productor de un reality show diseñado por Calígula se hubieran reunido para organizar un concurso de talentos.

La serie, creada por Chris Mundy, Damon Lindelof y Tom King, lleva así la mitología de Linterna Verde hacia un terreno que los cómics rara vez habían explorado con semejante crudeza. La ausencia de miedo no implica bondad. Un psicópata también puede ser intrépido. Un fanático puede avanzar hacia la muerte sin dudar. Un torturador puede permanecer sereno mientras destruye la vida de otra persona. El valor solo se convierte en virtud cuando está acompañado por la empatía, el juicio moral y la conciencia de los límites.

El anillo deja de ser entonces una recompensa y se convierte en una prueba ética. Puede materializar aquello que su portador imagina, pero no distingue entre justicia, deseo y delirio. La voluntad es su combustible, no su conciencia. La historia de Lanterns se pregunta si el verdadero heroísmo consiste en no sentir miedo o en reconocerlo sin permitir que nos transforme en verdugos.

En el centro del relato existe un problema brutalmente sencillo. Hay un anillo y dos hombres convencidos de que deben llevarlo. John todavía no sabe si lo heredará o tendrá que quitárselo a Hal; Hal no sabe enseñar sin interpretar cada avance del discípulo como una amenaza.

La serie evita presentar la sucesión como una transferencia ceremonial del poder. Hal no es Obi-Wan esperando serenamente que una nueva generación ocupe su lugar. Es un hombre cansado, alcohólico y obstinado que se aferra al anillo porque representa la última evidencia de su importancia. John, por su parte, tampoco es un heredero sumiso. Aprende a desconfiar tanto de su maestro como de la institución que lo eligió.

Esta tensión conecta a Lanterns con una pregunta mayor del nuevo universo de DC. En Superman, el Linterna Verde de la Tierra activo es Guy Gardner, interpretado por Nathan Fillion: engreído, impulsivo y reconocible gracias a un corte de cabello capaz de violar varias convenciones internacionales. Si Gardner ocupa ese lugar, ¿qué ocurrió con Hal Jordan y John Stewart?

La serie responde gradualmente y sin convertir el misterio en una simple conexión promocional. La relación con el resto del DCU existe, pero no devora la historia. Sin revelar su destino, puede decirse que Lanterns convierte la continuidad en una consecuencia emocional. Importa quién porta el anillo porque importa qué tuvo que perder otro hombre para dejarlo libre.

Los seguidores de los cómics encontrarán a Sinestro, interpretado por Ulrich Thomsen, a uno de los Guardianes de Oa (Laura Linney) y distintos elementos y referencias a los Manhunters y a los Green Lantern Corps. Sin embargo, quienes esperaban ver a Hal Jordan uniformado durante horas, volando entre galaxias y creando ametralladoras gigantes con el anillo pueden sentirse decepcionados. La acción cósmica ocupa un lugar secundario frente a la investigación y el desarrollo de los personajes.

Esa decisión le otorga identidad a la serie, pero también produce algunos de sus problemas. El ritmo es deliberadamente lento y no siempre consigue transformar la pausa en tensión. La alternancia temporal exige atención, aunque en ciertos episodios parece un mecanismo utilizado para aplazar revelaciones más que para profundizar en ellas. Y algunas explicaciones sobre las capacidades extraterrestres, los conflictos políticos y las relaciones familiares llegan con la sutileza de un anillo verde atravesando una pared.

Tampoco todas las amenazas tienen la fuerza dramática prometida. Las secuencias de acción son escasas y los efectos especiales, sin resultar desastrosos, no transmiten siempre la escala de un universo poblado por cuerpos de policía intergalácticos. En ocasiones, la serie parece tan empeñada en demostrar que es un drama adulto que contempla la maravilla con cierta sospecha. Ser serio no exige avergonzarse de ser fantástico.

Kelly Macdonald interpreta a la sheriff Kerry Cane como una mujer atrapada entre la ley, su familia política y la llegada de dos hombres que parecen conocer su comunidad mejor que ella. El personaje funciona cuando la serie le permite ejercer autoridad, pero pierde fuerza cuando el guion la reduce a mediadora emocional entre Hal, John y los Macon. Garret Dillahunt, en cambio, comprende perfectamente la clase de historia en la que se encuentra. Su William Macon es el patriarca cordial y exhibicionista cuya sonrisa parece haber sido ensayada frente a un espejo situado encima de un arsenal.

Damon Lindelof ya había demostrado con Watchmen que la mejor manera de adaptar un gran cómic no consiste en imitar sus imágenes, sino en prolongar sus preguntas. Mientras la película de Zack Snyder fue una reproducción reverente, poderosa y demasiado enamorada de su superficie, la serie de Lindelof se atrevió a discutir con la obra de Alan Moore: trasladó sus obsesiones sobre el poder, las máscaras y la historia estadounidense hacia el racismo, la memoria y la herencia del trauma.

En Lanterns, Lindelof, Mundy y King aplican un principio semejante. No intentan demostrar cuánto saben sobre Oa mediante una procesión interminable de nombres, uniformes y referencias. Se preguntan qué significaría realmente vivir bajo la mirada de una organización extraterrestre capaz de seleccionar individuos, entregarles un poder inconcebible y enviarlos a impartir justicia.

Los Guardianes llaman a los Linternas agentes de la voluntad, pero la serie observa que toda fuerza policial termina reflejando las limitaciones de la institución que la administra. ¿Quién vigila a quienes portan los anillos? ¿Quién decide cuándo una acción es defensa y cuándo se convierte en abuso? ¿Puede un hombre acostumbrado a obedecer órdenes reconocer el momento en que debe desobedecerlas?

Hal y John son falibles, contradictorios y están llenos de dudas. Más que héroes tradicionales, parecen antihéroes intentando construir una ética mientras cargan el arma más poderosa del universo en uno de sus dedos. El anillo puede permitirles volar, pero no los eleva moralmente. Esa parte deben hacerla solos.

Lanterns no es la gran aventura espacial que muchos seguidores esperaban. Es algo más extraño, irregular y arriesgado. Un neo western crepuscular policial sobre la decadencia del héroe, la disputa por su legado y la posibilidad de que la valentía, separada de la compasión, sea apenas otra forma de violencia.

La serie tropieza con la exposición, pierde impulso y a veces confunde gravedad con lentitud. Pero Kyle Chandler y Aaron Pierre sostienen su conflicto con una humanidad que ninguna construcción luminosa podría reemplazar. Uno interpreta a un hombre incapaz de imaginarse sin poder; el otro, a un hombre que empieza a preguntarse si aceptar ese poder no significará parecerse demasiado a quien debe sustituir.

James Gunn merece reconocimiento por no convertir a los Linternas Verdes en copias verdes de sus Guardianes de la Galaxia. En lugar de repetir una fórmula, permite que otros creadores encuentren su propio lenguaje dentro del DCU. Así debería funcionar un universo compartido: conectado por sus personajes y sus consecuencias, no condenado a que todas sus historias tengan el mismo chiste, el mismo ritmo, la misma personalidad y la misma banda sonora.

En última instancia, Lanterns entiende que el miedo no es lo opuesto al heroísmo. A veces es aquello que impide que una persona cruce una frontera moral. No sentir miedo puede volvernos capaces de salvar un planeta; también puede volvernos capaces de destruir a nuestros hijos en nombre de una grandeza futura. El anillo elige a quien posee voluntad. La serie, mucho más sabiamente, se pregunta si eso basta.

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