Hay combinaciones que reducen considerablemente el riesgo de salir decepcionado del teatro. Un texto de George Bernard Shaw, Imelda Staunton como protagonista y Dominic Cooke detrás de la puesta en escena pertenecen a esa categoría. Mrs. Warren’s Profession, escrita en 1893 y prohibida durante años por su tratamiento directo del trabajo sexual, reúne a Staunton con su hija en la vida real, Bessie Carter, para convertir una discusión doméstica en un juicio contra todo un sistema económico.
Una aclaración necesaria. No se trata originalmente de una producción escénica del National Theatre, sino de un montaje de Sonia Friedman Productions presentado en el Garrick Theatre del West End londinense. La obra fue filmada por National Theatre Live, lo que permite verla fuera del Reino Unido con la cercanía de sus cámaras, aunque su concepción continúa siendo inequívocamente teatral.
Vivie Warren (Carter) acaba de graduarse en Matemáticas en Cambridge y pretende construir una carrera profesional lejos del matrimonio, las convenciones románticas y las obligaciones que la sociedad victoriana reserva para una joven. Es práctica, disciplinada y orgullosa de su independencia. Su madre, Kitty Warren (Staunton), ha financiado esa educación y la vida privilegiada de su hija mediante una exitosa red de burdeles, actividad que Vivie desconoce hasta que una visita familiar transforma la casa de campo en territorio de confrontación.
Shaw no presenta el trabajo sexual como una anomalía moral, sino como consecuencia de un mercado laboral diseñado para explotar a las mujeres pobres. Kitty no eligió entre virtud y corrupción: eligió entre diferentes formas de degradación y descubrió que la más censurada era también la única que podía ofrecerle independencia económica. La obra desplaza entonces la pregunta. En lugar de averiguar si la señora Warren es respetable, obliga a examinar quién define la respetabilidad, quién obtiene beneficios de ella y qué privilegios se esconden detrás de quienes se sienten autorizados para juzgarla.
Aunque la trama, los caballeros ceremoniosos y cierta ligereza verbal pueden recordar a Oscar Wilde, Shaw persigue otro objetivo. Wilde utiliza las reglas sociales para convertirlas en una fiesta de paradojas; Shaw las abre como el médico que busca una enfermedad. Su humor existe, pero es el instrumento de una investigación política sobre el capitalismo, la Iglesia, la herencia y la limitada autonomía concedida a las mujeres. Más de un siglo después, sus argumentos sobre la relación entre moralidad y pobreza siguen resultando demoledores.
Staunton interpreta a Kitty como una mujer que aprendió a convertir la vergüenza ajena en poder propio. Su elegancia adquirida no consigue borrar completamente el origen humilde que se filtra en su voz, especialmente cuando la cortesía deja de servirle como escudo. Puede ser afectuosa, manipuladora, vulgar, inteligente y brutalmente sincera. La actriz no busca absolverla. Comprende que Kitty fue víctima de un sistema y que después decidió prosperar dentro de él. Esa contradicción impide que el personaje se convierta en una mártir.
Bessie Carter no queda reducida a acompañar el despliegue de su madre. Su Vivie posee la dureza de quien ha aprendido a organizar la vida como un problema matemático y espera que cada dilema produzca una solución racional. El enfrentamiento adquiere una tensión particular por el vínculo real entre ambas actrices, pero funciona porque Carter y Staunton no explotan sentimentalmente esa circunstancia. Sobre el escenario son dos mujeres que se quieren y, precisamente por eso, saben dónde causarse mayor daño.
Las mejores escenas son sus conversaciones a solas. La simpatía del espectador cambia constantemente: Kitty puede parecer valiente cuando relata cómo escapó de la pobreza y egoísta cuando admite que continuó enriqueciéndose después de haber asegurado su futuro; Vivie puede resultar admirable por negarse a aceptar una moral heredada y despiadada cuando aplica esa misma severidad sobre su madre. Shaw no ofrece una reconciliación tranquilizadora porque entiende que el afecto no siempre puede resolver una diferencia ética.
Los hombres que las rodean funcionan principalmente como distintas expresiones del privilegio. Sir George Crofts, interpretado con arrogancia depredadora por Robert Glenister, convierte la explotación en respetabilidad financiera. Kevin Doyle encuentra una excelente veta cómica en el reverendo Samuel Gardner, hombre de Iglesia cuya autoridad espiritual apenas disimula su mediocridad. Reuben Joseph aporta ligereza como Frank Gardner, mientras Sid Sagar encarna al amable señor Praed. Algunos de estos personajes poseen menos profundidad que las protagonistas, pero ese desequilibrio también revela que los hombres pueden permitirse vivir superficialmente dentro de un sistema cuyas consecuencias recaen sobre las mujeres.
Dominic Cooke conserva la ambientación victoriana sin encerrar la obra en una vitrina. El escenario diseñado por Chloe Lamford comienza como un jardín inglés desbordado de flores, representación perfecta de una sociedad empeñada en ocultar su podredumbre bajo una superficie agradable. Un silencioso conjunto de mujeres vestidas de blanco permanece en los márgenes, contempla los acontecimientos y transforma el espacio entre escenas. Poco a poco, el césped y las flores desaparecen hasta dejar a madre e hija enfrentadas en un territorio desnudo. El recurso puede resultar demasiado explícito, pero encuentra su fuerza al recordar que detrás de la prosperidad de Kitty existe una multitud de mujeres sin voz.
La filmación de National Theatre Live aprovecha los primeros planos para registrar los cambios en los rostros de Staunton y Carter, sin fragmentar excesivamente la puesta en escena. Se mantiene la sensación de estar ante un debate público disfrazado de conflicto familiar: cada revelación modifica la relación entre los personajes, pero también obliga al espectador a revisar su propia posición.
Mrs. Warren’s Profession continúa viva porque no pide compasión para una mujer supuestamente caída. Exige comprender la estructura que decidió colocarla allí y luego condenarla por sobrevivir. Cooke encuentra el ritmo necesario para que las ideas de Shaw no se conviertan en una conferencia, Carter defiende con autoridad su lugar frente a una intérprete formidable y Staunton demuestra una vez más que puede apoderarse del escenario sin dejar de escuchar a quienes lo comparten con ella. La sociedad victoriana prohibió esta obra porque hablaba demasiado claramente de sus negocios. Nuestra época puede representarla sin censura, aunque todavía no pueda presumir de haber resuelto aquello que denuncia.


