Crítica: Solo por una noche (One Night Only)

Una comedia sobre la prohibición del sexo que termina pareciendo escrita por quienes desean mantenerlo prohibido

Will Gluck 

/ Monica Barbaro, Callum Turner, Maya Hawke, Molly Ringwald, LeVar Burton, Julia Fox, Quintessa Swindell, Nicholas Braun, Charlie Gillespie, King Princess, Ziwe, Este Haim, Ben Marshall

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de UIP

En Estados Unidos, el sexo prematrimonial ha sido prohibido. El Gobierno controla el cumplimiento de la ley mediante unos tatuajes capaces de detectar la actividad sexual pre y extramatrimonial, porque en algún momento el puritanismo y la tecnología decidieron tener un hijo y bautizarlo distopía. Durante doce horas al año, sin embargo, los solteros reciben permiso para acostarse con quien quieran. Los dispositivos cambian de rojo a verde, los preservativos alcanzan precios de artículo de lujo y Nueva York se transforma en una gigantesca fiesta del desespero donde todos corren desesperadamente en busca de aquello que el Estado les ha negado durante los otros 364 días.

La premisa de One Night Only se roba descaradamente la idea de The Purge, sustituyendo los asesinatos legalizados por el sexo permitido y cambia las máscaras siniestras por vestidos de lentejuelas. Es La purga, pero con hormonas; una noche anual para liberar aquello que la sociedad reprime antes de regresar, puntualmente, a la obediencia. El concepto podría sostener una sátira feroz sobre la intervención del poder político en la intimidad, la vigilancia de los cuerpos, el fundamentalismo religioso y la hipocresía de una cultura capaz de vender sexo a todas horas mientras lo condena públicamente. Cronenberg y Lanthimos hubieran hecho maravillas con esta premisa.

Pero Will Gluck, el director de comedias románticas inofensivas como Friends With Benefits y Anyone But You, utiliza la distopía como si fuera la decoración temática de una fiesta de quince. El autoritarismo está ahí para justificar persecuciones, encuentros accidentales y chistes sobre preservativos (el product placement de Durex es vergonzoso), pero no para ser interrogado o cuestionado. La película imagina un Estado que regula el deseo mediante sensores corporales y, en lugar de preguntarse cómo semejante pesadilla llegó a normalizarse, parece más preocupada por determinar si sus protagonistas alcanzarán a besarse antes del amanecer. Katniss Everdeen entró a los Juegos del Hambre pensando en destruir el sistema; estas personas entran a los “Juegos del Coito” buscando un lugar donde copular.

Owen (Callum Turner de Rosebush Pruning), administra una pizzería y espera pasar la noche con su novia (Maya Hawke), hasta que ella le informa que prefiere aprovechar sus doce horas de libertad con otro hombre. Allie (Monica Barbaro de A Complete Unknown), es una cantante obligada a prestar su voz a covers convertidos en jingles publicitarios mientras espera una oportunidad artística más digna. 

Después de que Owen vomita cerca de sus zapatos (porque ya nadie escribe encuentros románticos sin una emergencia gastrointestinal), ambos recorren Manhattan y Brooklyn tratando infructuosamente de tener sexo con otras parejas. Naturalmente, la antipatía inicial comienza a convertirse en afecto. Naturalmente, ellos son los últimos en notarlo. Naturalmente, el espectador lo sabe desde que los ve compartir el encuadre.

Turner posee la vulnerabilidad necesaria para impedir que Owen se convierta en otro galán programado en el laboratorio de las comedias románticas, mientras Barbaro tiene inteligencia, presencia y una energía que hace pensar en todas las mejores películas que podrían construirse alrededor de ella. Juntos son agradables, pero la película confunde simpatía con química. La atracción necesita peligro, curiosidad, deseo, algo que parezca capaz de alterar la temperatura del relato. Aquí dos personas hermosas caminan juntas durante horas y consiguen transmitir la temperatura erótica de una fila bancaria.

Lo verdaderamente desconcertante es que una película obsesionada con el sexo sea quizás una de las películas más puritanas jamás realizadas sobre el tema. One Night Only se comporta como una historia de amor victoriana, cercana en apariencia a una novela de Jane Austen pasada por agua, sin la tensión sexual, el erotismo, la ironía ni el placer de ver a dos personas intentando domesticar un deseo que amenaza con traicionar las convenciones sociales. Austen comprendía que la represión podía producir electricidad. Gluck consigue que produzca sueño.

La historia no solo evita mostrar el sexo. Progresivamente comienza a desconfiar de quienes lo desean. Los personajes que salen a buscar placer son presentados como criaturas ridículas, superficiales o desesperadas, mientras Owen y Allie adquieren una curiosa superioridad moral porque se abstienen. La película plantea una sociedad construida sobre la represión sexual y termina validando su argumento. Quizá los ciudadanos efectivamente necesitan que alguien los proteja de sus impulsos. El Gobierno totalitario debe sentirse encantado con la campaña publicitaria que busca reprimir las altas dosis de dopamina, estrógenos, testosterona y oxitocina.

La comparación resulta aún menos favorable después de comedias sexuales recientes como la francesa Buenas vibraciones, en la que una pareja entrada en los cincuenta convierte el orgasmo femenino en un proyecto compartido. Allí el sexo no es una meta mecánica, sino un territorio de aprendizaje, generosidad y complicidad; el cuerpo puede ser torpe, divertido y profundamente humano. I Want Your Sex, de Gregg Araki, invierte por su parte la vieja fantasía del jefe que utiliza sexualmente a su empleada. Una mujer poderosa convierte a un joven subordinado en su objeto de deseo, pero la relación termina revelándole que ninguna dinámica sexual está separada del afecto, el poder y la responsabilidad. 

Ambas películas juegan con sus premisas, aceptan sus contradicciones y entienden que una comedia sexual debe sentir curiosidad por el sexo. Parece una exigencia elemental, pero también lo es poner queso en una pizza y Hollywood seguramente ya está desarrollando una franquicia deslactosada.

One Night Only prefiere refugiarse en la nostalgia de los años ochenta, esa póliza de seguros emocionales que el cine comercial continúa renovando. Molly Ringwald, la protagonista de Sixteen Candles, The Breakfast Club y Pretty in Pink, interpreta a la madre del protagonista y su sola presencia busca activar el recuerdo de una época en la que las comedias juveniles podían ser dulces, atrevidas y crueles al mismo tiempo. También aparecen interpretaciones de All Out of Love, el éxito almibarado de Air Supply, y Only You, de Yazoo. Sin embargo, utilizar canciones antiguas no equivale a recuperar el espíritu de aquellas películas. Es como ponerse una chaqueta de galán rebelde de una película de John Hughes y esperar que los bolsillos contengan un guion.

Gluck conserva cierta habilidad para rodar espacios urbanos, mantener el movimiento y aprovechar Nueva York como escenario romántico. La ciudad tiene una vitalidad que el libreto rara vez consigue igualar. Pero el relato está compuesto por episodios, apariciones especiales y obstáculos fabricados para impedir lo inevitable. Los cameos de Julia Fox, Pete Davidson, Nicholas Braun, Bobby Cannavale, LeVar Burton y compañía entran y salen sin dejar demasiado más que la sensación de que alguien abrió una puerta giratoria para celebridades. Hay movimiento constante, pero ninguna verdadera progresión; la película corre durante toda la noche para llegar exactamente al lugar donde sabíamos que terminaría.

Incluso su humor parece vigilado por los mismos tatuajes que controlan a los personajes. Los chistes insinúan una irreverencia que nunca se atreven a consumar y las situaciones supuestamente escandalosas son administradas con el pudor de quien abre una revista erótica usando guantes. Para estos tiempos, una historia sobre el control político del cuerpo exigía algo más provocador, rabioso o juguetón. Gluck recibe una premisa cargada de dinamita y la utiliza para encender una vela aromática.

Tal vez allí se encuentre su contradicción más divertida. La película desea seducir a un público joven mediante la promesa de transgresión, pero termina ofreciendo una fábula convencional sobre dos personas que descubren que el amor importa más que el sexo, como si ambas experiencias fueran enemigas y no lenguajes capaces de conversar. Esto es, al parecer, lo que ahora enloquece a los adolescentes rebeldes: una clasificación para adultos con la conciencia perfectamente tranquila.

One Night Only no debería llamarse así. Un título como Mi primera película para mayores de 18 años describiría mejor su combinación de curiosidad nerviosa, solemnidad romántica y terror a que alguien realmente se quite la ropa. Monica Barbaro y Callum Turner hacen cuanto pueden para encender una chispa, pero el guion ya llamó a los bomberos y las mangueras solo riegan agua helada.

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