Oscar Wilde escribió La importancia de llamarse Ernesto en 1895, pocas semanas antes del juicio que lo enviaría a prisión. En ese gesto final de lucidez, el dramaturgo transformó la comedia de modales en un artefacto de doble filo como una burla al clasismo victoriano y, al mismo tiempo, un manifiesto secreto sobre la identidad, el deseo y el derecho a inventarse a uno mismo. La obra, construida con paradojas que parecen epigramas lanzados como dardos de seda, es uno de los grandes mecanismos cómicos de la historia del teatro. Pero también es un texto de fuga, un lugar donde Wilde se permitió decir lo que la sociedad le negaba.
La versión del National Theatre Live dirigida por Max Webster comprende ese doble corazón. Su puesta no se limita a ilustrar el texto, lo celebra como un carnaval de artificio, color y ambigüedad. Desde el primer momento, con un Algernon interpretado por Ncuti Gatwa que entra en escena vestido con el descaro de una estrella pop y la ironía de un dandi del siglo XIX, queda claro que esta adaptación busca revelar la dimensión subversiva que siempre estuvo allí.
El humor de Wilde sigue intacto, pero Webster lo empuja hacia el presente con una ligereza que nunca se siente oportunista. La idea de las identidades dobles (Jack inventando a Ernest, Algernon inventando a Bunbury) se vuelve aquí una metáfora abierta sobre la performatividad de género y clase. La obra deja de ser solo una comedia romántica para convertirse en un juego de espejos donde cada personaje se prueba máscaras como si fueran vestidos de época.
Ncuti Gatwa encarna a Algernon con un magnetismo lúdico, lleno de capricho y sensualidad cómica, mientras Hugh Skinner compone a Jack como un romántico nervioso, torpe y profundamente humano. Entre ambos surge una química que insinúa, con humor y delicadeza, la cercanía emocional que Wilde dejó insinuada en el texto. Sharon D. Clarke, como Lady Bracknell, domina la escena con una mezcla de autoridad caribeña y sarcasmo aristocrático: su personaje se convierte en un monumento viviente al absurdo clasista del imperio británico.
La puesta escénica con sus jardines de colores imposibles, casas victorianas como cajas de pastel y vestuarios exuberantes, convierte el escenario en una vitrina teatral donde el artificio es la verdad. Webster incorpora guiños contemporáneos, canciones pop fugaces y pequeños gestos queer que iluminan el subtexto sin forzarlo. El resultado es una lectura que Wilde probablemente habría disfrutado: irreverente, elegante y profundamente consciente de su propia teatralidad.
Lo fascinante es que, pese al tono festivo, la obra conserva su filo crítico. La obsesión por el apellido correcto, por el matrimonio conveniente, por la moral de escaparate, resuena hoy como sátira del capitalismo de imagen y la identidad performativa de las redes sociales. En este Earnest, los personajes parecen influencers del siglo XIX atrapados en un jardín de porcelana.
La presentación de National Theatre Live permite además apreciar la precisión rítmica de los actores, la música verbal de Wilde y el tempo perfecto de cada pausa. El teatro filmado se convierte aquí en una experiencia cinematográfica que respeta la frontalidad escénica y, al mismo tiempo, captura los matices del gesto y la mirada.
Esta Importancia de llamarse Ernesto no intenta reinventar el clásico con solemnidad académica. Prefiere bailar con él. Y en esa danza, donde el pasado y el presente se toman de la mano con picardía, la obra recuerda que la verdadera importancia de ser Ernest (o Algernon, o Jack) no está en el nombre, sino en la libertad de elegir quién queremos ser. Una lección que, más de un siglo después, sigue sonando como un chiste brillante… y como una verdad profunda


