Jo (H.E.R.) y Raissa (Liza Soberano) han crecido juntas, unidas por el gusto por lo macabro, las historias fantásticas y esa complicidad que permite convertir cualquier peligro en una broma privada. Su amistad entra en territorio incierto cuando Raissa se prepara para abandonar Filipinas y estudiar en Caltech. Durante la noche anterior a su partida, ambas terminan transportadas a Nakali, una isla poblada por las criaturas que Lola Fatima (Dolly de León), la abuela de Jo, describía en sus relatos.
El problema no termina en averiguar cómo regresar. Jo y Raissa han perdido doce horas de memoria y se despiertan rodeadas por las pruebas de una juerga aparentemente colosal. Hay ropa inexplicable, tatuajes improvisados, media cabeza rapada y unas alas adheridas al cuerpo de Raissa mediante manos de aspecto demoníaco. Forgotten Island se transforma así en una mezcla improbable entre Turning Red, The Hangover y una película de Cheech & Chong, conservando una emoción genuina debajo de su caos psicodélico.
El folclor filipino adquiere carne, alas, colmillos y un sentido del humor deliciosamente desquiciado. Allí está Bungi (Manny Jacinto), un bebé demoníaco con Complejo de Edipo tan llorón como imprevisible; Raww (Dave Franco), el entusiasta chico perro (o perro chico) que asegura haber compartido con las protagonistas las doce horas desaparecidas; Mermahn (Kevin McCann), un sireno metrosexual con tetillas cantantes surgido de las profundidades; y el rey duende (Ronny Chieng), el irascible monarca de una corte de duendes cuya apariencia adorable contradice sus modales belicosos. A ellos se les suma Batiba (Jenny Slate), una gata que roba y almacena recuerdos. Cada encuentro amplía este carnaval de criaturas y refuerza la sensación de que Jo y Raissa han caído dentro de una imaginación desatada.
La amenaza principal es Manang (Lea Salonga), una mujer alada que puede separar su cuerpo por la cintura para perseguir a sus víctimas. Su presencia recupera la figura de la manananggal de las leyendas filipinas y la convierte en una criatura genuinamente siniestra. La película abraza el espanto sin traicionar su vocación familiar. Entiende que los niños también disfrutan lo grotesco cuando está acompañado por humor, aventura y una saludable dosis de sangre falsa.
Joel Crawford, y Januel Mercado, los directores de la estupenda secuela de El gato con botas, imprimen a la historia una velocidad que por momentos parece impulsada por azúcar, rock ochentero, bebidas energizantes y sustancias menos legales. La animación cambia de textura, rompe perspectivas, hace uso de los códigos del anime y deja que el color estalle en la pantalla. Como Spider-Man: Into the Spider-Verse, ChaO: La sirena y GOAT: La cabra que cambió el juego, la cinta pertenece a una nueva generación de películas animadas que se resiste a la uniformidad plástica y entiende cada plano como un territorio para experimentar.
Entre tanta criatura extravagante, la historia permanece concentrada en el temor de Jo a quedarse atrás. Mientras Raissa tiene un futuro académico definido, ella todavía no sabe qué hacer con su talento ni cómo transformar su imaginación en un camino propio. La isla exterioriza ese conflicto y convierte el viaje en una invitación a avanzar, aprovechar las capacidades personales y aceptar que crecer también implica permitir que los demás cambien.
La película también convierte a Depredador en un inesperado código afectivo y recupera el célebre apretón de brazos entre Dutch (Arnold Schwarzenegger) y Dillon (Carl Weathers), acompañado por el inolvidable “Dillon, you son of a bitch!”. El guiño resume el humor de Forgotten Island: la nostalgia y los referentes transformados en el lenguaje secreto de una amistad.
Los recuerdos extraviados terminan siendo algo más que el motor de una investigación cómica. Son la materia con la que Jo y Raissa han construido su vínculo. Forgotten Island comprende que una amistad también es un archivo compartido de juegos, objetos, heridas, canciones y secretos, pero evita confundir el pasado con una obligación de permanecer inmóviles. Su mayor hallazgo está allí, en medio de perros humanoides, bebés infernales y mujeres partidas en dos: recordar quiénes fuimos puede ayudarnos a descubrir quiénes todavía podemos llegar a ser.


