Crítica: Las damas primero (Ladies First)

La inversión de los roles sexuales expone desigualdades todavía vigentes, pero estamos ante una lección necesaria que se olvida de hacernos reír

Thea Sharrock 

/ Sacha Baron Cohen, Rosamund Pike, Fiona Shaw, Charles Dance, Richard E. Grant, Emily Mortimer, Tom Davis, Weruche Opia, Kathryn Hunter, Paul Chahidi, Bill Paterson

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Netflix

Antes de que Sacha Baron Cohen se golpeara la cabeza y despertara en una sociedad dominada por mujeres, otro Damien ya había sufrido exactamente el mismo accidente. Era Vincent Elbaz, protagonista de No soy un hombre fácil (Je ne suis pas un homme facile), la comedia francesa escrita y dirigida por Éléonore Pourriat en 2018. Las damas primero no solo toma prestada su premisa, sino que reproduce sus situaciones, su inversión de las conductas sexuales y hasta buena parte de sus conclusiones.

La idea había aparecido inicialmente en Majorité opprimée, cortometraje realizado por Pourriat en 2010 y convertido en un fenómeno viral cuando comenzó a circular con subtítulos en inglés cuatro años después. Allí, un padre de familia debía atravesar un mundo donde las mujeres ocupaban el espacio público con la agresividad tradicionalmente atribuida a los hombres. El personaje recibía comentarios sexuales, sufría acoso callejero y terminaba siendo atacado, para después descubrir que su propia esposa minimizaba lo ocurrido. La inversión revelaba con enorme claridad cómo ciertas violencias parecen normales mientras recaigan sobre el cuerpo acostumbrado a soportarlas.

Pourriat extendió aquel dispositivo en No soy un hombre fácil. Damien, un machista satisfecho con su lugar en el mundo, despertaba en una sociedad donde los hombres debían preocuparse por su apariencia, atender el hogar y protegerse del deseo depredador de las mujeres. Allí conocía a Alexandra (Marie-Sophie Ferdane), una escritora poderosa que se comportaba con la arrogancia sexual que el cine había celebrado durante décadas en sus protagonistas masculinos.

La película francesa tampoco era una sátira perfecta. Su mundo invertido dependía de estereotipos evidentes y la reiteración terminaba debilitando varios chistes. Pero poseía una libertad sexual, una mala leche y una voluntad de provocar que impedían confundirla con una clase de recursos humanos. Más que pretender imaginar una utopía feminista, Pourriat mostraba el mismo sistema de dominación después de intercambiar a víctimas y victimarios. Su argumento no era que las mujeres gobernarían de ese modo, sino que los comportamientos aceptados en los hombres se vuelven grotescos apenas cambia el género de quien los ejerce.

Las damas primero traslada la historia a Londres y convierte a Damien Sachs en un exitoso ejecutivo publicitario, mujeriego profesional y beneficiario de una estructura construida para facilitarle la vida. Su jefe, Fred (Charles Dance), quiere entregarle la dirección de la compañía, mientras Alex Fox (Rosamund Pike), la única mujer con verdadera autoridad creativa dentro de la empresa debe soportar que sus ideas sean ignoradas y su capacidad subordinada a los privilegios masculinos.

Cuando Alex abandona la compañía después de escuchar varios comentarios misóginos, Damien intenta detenerla, se golpea la cabeza y despierta en una realidad alternativa. Ahora las mujeres controlan las empresas, la religión, la política y la vida sexual, mientras los hombres son educados para resultar atractivos, complacientes y útiles. Los cuerpos masculinos venden hamburguesas, Victor’s Secret comercializa ropa interior para ellos y Arabia Saudita acaba de concederles el derecho a conducir. Un demente obsesionado con las palomas (un desperdiciado Richard E. Grant) actúa como guía y conciencia. 

Al principio, las inversiones producen algunos buenos momentos. Damien intenta intervenir en una reunión mientras las ejecutivas lo interrumpen, desestiman sus propuestas y comentan su apariencia. También debe soportar los avances de Felicity Chase (Fiona Shaw), directora de la empresa, y enfrentarse a una Alex convertida en una poderosa ejecutiva que bebe, seduce y utiliza a los hombres con absoluto desparpajo. Todo cuanto él interpretaba como una manifestación natural de la virilidad adquiere otro significado cuando deja de tener el control.

La película acierta al señalar que el sexismo no se limita a las agresiones evidentes. También habita en las interrupciones, las bromas, las miradas, las exigencias estéticas, la condescendencia y las decisiones laborales aparentemente insignificantes. Para muchas mujeres, esas experiencias forman parte de una rutina tan normalizada que los hombres pueden convivir con ella sin reconocerla. Las damas primero cambia el punto de vista para colocar esas conductas en el centro del encuadre.

Como herramienta pedagógica, la estrategia funciona. Un espectador masculino que jamás haya percibido esas desigualdades puede comprenderlas al observar a Damien cosificado, silenciado y obligado a demostrar su competencia frente a personas que solo reparan en su cuerpo. La película produce una forma elemental de empatía. Si algunos hombres necesitan imaginarse como víctimas para reconocer la violencia ejercida contra las mujeres, aquí reciben una demostración de noventa minutos.

Como comedia, en cambio, se queda corta. Los chistes rara vez provocan carcajadas porque cada ocurrencia es presentada, repetida y finalmente explicada. La primera inversión puede ser divertida; la segunda confirma el mecanismo; la tercera permite anticipar todas las siguientes. La película identifica una desigualdad, intercambia los géneros y espera que la sustitución sea suficiente para sostener el humor.

Es aquí donde la comparación con No soy un hombre fácil resulta desfavorable. La adaptación cuenta con mayores estrellas, una producción más costosa y un entorno corporativo reconocible, pero parece menos dispuesta a empujar su propia premisa al límite. La adaptación escrita por Natalie Krinsky, Cinco Paul y Katie Silberman conserva la estructura de la película francesa mientras reduce su ferocidad. Es como si hubiera reproducido el experimento después de retirar todos los elementos que podían causar una reacción peligrosa.

La sátira necesita precisión, pero también riesgo. Debe llevar una idea más lejos de lo aconsejable, revelar la violencia escondida dentro de una conducta aceptada y permitir que el público se ría antes de preguntarse por qué lo hizo. Las damas primero parece demasiado preocupada por evitar que su mensaje sea malinterpretado. Cada chiste llega acompañado por una resolución moral, como si el guion desconfiara tanto de sus personajes como de sus espectadores.

Ese temor representa un problema recurrente en la comedia contemporánea. Muchas producciones parecen desarrolladas bajo la mirada simultánea de abogados, publicistas y comités dedicados a prevenir polémicas en redes sociales. No se trata de defender el insulto gratuito ni de añorar una época en la que cualquier prejuicio podía presentarse como humor. Se trata de recordar que una sátira incapaz de arriesgarse termina convertida en un documento corporativo. Puede tener razón en cada diapositiva y no provocar una sola carcajada.

Por eso sorprende especialmente la timidez de Sacha Baron Cohen. El responsable de Ali G, Borat, Brüno, El dictador y Who Is America? construyó su carrera entrando en territorios donde la comedia podía tornarse grotesca, peligrosa o directamente ofensiva. Sus mejores personajes no explican la hipocresía social, sino que la provocan hasta obligarla a mostrarse. Aquí interpreta una versión domesticada de sí mismo. Damien es despreciable porque el guion lo establece, pero nunca alcanza la ferocidad cómica necesaria para convertir su caída en un verdadero espectáculo.

Baron Cohen posee la gestualidad y la arrogancia que necesita el personaje, además de una vulnerabilidad física capaz de volver ridículo a un hombre poderoso. Sin embargo, la película nunca le permite perder el control por completo. Su transformación moral llega con demasiada puntualidad, como una cita agendada por el departamento de guion. El hombre que pasó su vida beneficiándose del machismo descubre la empatía porque la trama necesita avanzar hacia una conclusión conciliadora, no porque haya sido demolido por la experiencia.

Algo semejante ocurre con Alex Fox (Rosamund Pike). La actriz de las retorcidas Gone Girl e I Care a Lot ha demostrado que no teme interpretar mujeres crueles, dominantes y moralmente repulsivas. Posee una elegancia capaz de transformarse en amenaza y puede convertir una sonrisa en una declaración de guerra. Aquí está perfectamente elegida como ejecutiva que controla la oficina, pero el guion reduce su autoridad a una suma de comportamientos considerados masculinos como beber, acosar, ordenar y utilizar sexualmente a los demás.

La película tampoco imagina una sociedad realmente construida por mujeres, sino el mismo patriarcado con los nombres cambiados. Las jerarquías empresariales, los modelos de belleza, las estructuras religiosas y las relaciones sentimentales permanecen intactos; únicamente se intercambian quienes dominan y quienes obedecen. Esa decisión sirve para demostrar la arbitrariedad de los roles, pero impide explorar cómo una distribución diferente del poder podría transformar las instituciones.

Fiona Shaw consigue darle mayor peligrosidad a Felicity Chase. Cada encuentro con Damien reproduce conductas que durante décadas fueron presentadas en el cine como formas normales del cortejo masculino. Shaw entiende que no basta con invertirlas y las interpreta con la seguridad de quien posee suficiente poder para disfrazar el acoso de cortesía.

La conversión del relato en comedia romántica durante su tramo final debilita todavía más la premisa. El conflicto colectivo termina reducido a la posibilidad de que Damien y Alex aprendan a relacionarse. El patriarcado, después de presentarse como una estructura laboral, religiosa, sexual y familiar, parece encontrar solución en la educación sentimental de un solo individuo. El mensaje es que el sistema cambiaría si los hombres fueran mejores personas, una conclusión razonable pero demasiado pequeña para el problema planteado.

Aun así, sería injusto declarar inútil a Las damas primero. Su descripción de la desigualdad puede parecer obvia para quienes llevan años reflexionando sobre ella, pero no todos los espectadores comienzan desde el mismo lugar. Todavía existen hombres que solo identifican el acoso cuando imaginan a una mujer aproximándose a ellos de esa manera, o que necesitan ver un cuerpo masculino convertido en mercancía para comprender la violencia de la cosificación.

La película puede abrir una conversación, validar experiencias femeninas frecuentemente minimizadas y conseguir que ciertos espectadores examinen su comportamiento desde otra perspectiva. Su alcance masivo quizá lleve estas ideas hasta personas que nunca buscarían una obra feminista más compleja. Esa utilidad no es menor, aunque tampoco convierte automáticamente una lección necesaria en una buena película.

Las damas primero posee una premisa todavía vigente, dos protagonistas capaces de llevarla mucho más lejos y una obra francesa que ya había demostrado sus posibilidades ocho años antes. Pero donde No soy un hombre fácil se atrevía a ensuciarse, la adaptación procura mantener las manos limpias. Cambia el idioma, amplía el reparto y mejora el envoltorio, pero pierde el filo. Y una sátira sin filo puede señalar perfectamente la herida; lo que no puede hacer es abrirla.

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