Crítica: Iron Lung: Océano de sangre

Esta adaptación de videojuego encierra a un hombre en un submarino de sangre. Su accidentado rodaje y su ruta independiente ofrecen una historia más fascinante

Mark Fischbach 

/ Mark Fischbach, Caroline Kaplan, Troy Baker, Elsie Lovelock, Elle LaMont

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Markiplier Studios

El videojuego de 2022 creado por David Szymanski plantea una experiencia breve de exploración y supervivencia. El jugador controla un submarino dentro de un océano de sangre y registra el exterior con una cámara, casi a ciegas. Mark Fischbach, conocido como Markiplier, conserva esa perspectiva limitada para su adaptación. Simon recibe instrucciones, manipula controles y toma fotografías del fondo marino mientras la nave cruje a su alrededor. La idea funciona como mecanismo del juego. Durante 125 minutos, en cambio, exige que la tensión se sostenga con una cantidad de información y acción demasiado escasa.

La historia sitúa a Simon, un convicto enviado a una misión suicida, en un universo donde un fenómeno llamado “El rapto silencioso” hizo desaparecer sistemas estelares y redujo a la población humana. Sus superiores le ordenan recuperar muestras del esqueleto de una criatura gigantesca. La premisa abre posibilidades para el horror cósmico lovecraftiano y el ciberpunk corporativo, pero la película las despliega mediante explicaciones y tareas repetidas. Por largos tramos, el viaje se vuelve tremendamente aburrido. Reparar una pieza, atender una instrucción, mirar una pantalla, esperar el siguiente incidente.

Fischbach dirige, escribe, edita, protagoniza y financia la película. Su presencia domina casi todo el metraje, una apuesta que deja a sus compañeros relegados en gran medida a voces por el intercomunicador. Como Simon, encuentra algunos momentos para el sarcasmo, pero le cuesta cargar las escenas de miedo y desesperación. Su interpretación permanece en una angustia casi constante, y varias líneas parecen todavía en busca de su tono. La película depende tanto de su personaje que esa limitación termina estrechando el registro emocional de la historia.

El trabajo visual resulta más convincente. Los encuadres bajos, la proximidad de la cámara a las manos de Simon y los cambios repentinos a lentes de ojo de pez alteran la percepción del espacio. El interior oxidado del submarino parece encogerse y expandirse, como si el aparato respirara con dificultad. Es un trabajo expresivo para una producción de escala reducida, capaz de convertir cables, tuberías y luces intermitentes en señales de peligro. La película tiene una identidad visual pero le cuesta encontrar un ritmo que la acompañe.

La historia de su realización despierta una curiosidad que la película apenas consigue sostener por sí sola. Fischbach llevó a la pantalla un juego independiente con una financiación propia de alrededor 3 millones de dólares y convocó a una audiencia construida durante años en YouTube. 

El estreno recaudó 21,7 millones de dólares en su primer fin de semana mundial y ha llegado a superar los 50 millones de dólares en taquilla, una cifra notable para una producción independiente que llegó a las salas sin la maquinaria promocional de un gran estudio. En ese recorrido hay una historia de cine contemporáneo con un creador nacido en internet que convierte su comunidad y su entusiasmo por el videojuego en una película de exhibición masiva.

Ese logro merece atención. Iron Lung resulta más interesante como experiencia de producción y como señal de las posibilidades del cine independiente que como película de horror y ciencia ficción. Su origen y su recorrido abren una conversación atractiva sobre quién puede hacer cine y convocar espectadores. El largometraje, mientras tanto, pasa demasiado tiempo esperando que el miedo aparezca en la pantalla.

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