Sacha Baron Cohen ha construido buena parte de su carrera alrededor de una forma de comedia que combina el falso documental, la improvisación y la ficción para exponer los prejuicios de personas que desconocen que participan en una representación. Desde su serie de entrevistas Da Ali G Show, pasando por las aventuras cinematográficas de Borat (dos películas) y Brüno (personajes extraídos de su show), su humor ha recurrido a la provocación, el absurdo y la transgresión de las convenciones sociales.
Los programas Da Ali G Show y Who Is America? perfeccionaron un método que transforma la credulidad de políticos, celebridades y ciudadanos comunes en materia prima para la sátira. Aunque El dictador se inclinó por una ficción cómica más o menos convencional, el resto de estas producciones consolidó una propuesta donde las reacciones espontáneas de los participantes resultan tan importantes como las intervenciones de sus personajes.
Con Ali G: Who Iz I?, Baron Cohen recupera a Alistair Leslie Graham, el británico blanco que adoptó los códigos del hip hop y una supuesta identidad jamaicana para ridiculizar la ignorancia y la apropiación cultural. Se trata de su segunda aventura cinematográfica después de Ali G Indahouse, estrenada veinticuatro años atrás.
A diferencia de aquella primera película, construida alrededor de una narración convencional, Ali G: Who Iz I? recupera el formato de falso documental y las intervenciones con personas desprevenidas. La historia presenta a un Ali G arruinado, prácticamente olvidado y a punto de convertirse en padre. Su compañera Julie (Morgana Robinson) contempla la posibilidad de abrir una cuenta de Only Fans, mientras él interpreta equivocadamente un antiguo fax de HBO como una propuesta para recuperar su programa. Este pretexto permite trasladarlo a Estados Unidos y enfrentarlo a una sociedad cuya radicalización política parece haber superado incluso sus propias fantasías.
La película adquiere mayor interés cuando examina la facilidad con la que determinadas convicciones ideológicas pueden convertirse en instrumentos de manipulación. Baron Cohen recupera a Nira Cain-NDegeocello, un supuesto intelectual progresista obsesionado con la apropiación cultural, y a Erran Morad, un antiguo agente israelí dedicado al entrenamiento antiterrorista. Ambos personajes, procedentes de Who Is America?, funcionan como mecanismos para exponer la credulidad de individuos que aceptan afirmaciones disparatadas siempre que estas confirmen sus prejuicios. La participación involuntaria de figuras políticas como Newt Gingrich, Andy Harris, Ralph Norman y George Santos proporciona algunos de los momentos más perturbadores de la película.
Especialmente reveladora resulta la operación organizada por Morad para convencer a un grupo de simpatizantes republicanos de que Ali G es un terrorista mexicano responsable de engendrar miles de hijos con el propósito de alterar la composición demográfica estadounidense. La facilidad con la que los participantes aceptan semejante disparate constituye una demostración de los mecanismos psicológicos que sostienen la propaganda xenófoba.
La autoridad aparente del supuesto experto, el miedo a una amenaza inventada y la identificación con un grupo político terminan anulando cualquier exigencia de verificación. La sátira adquiere aquí una dimensión de experimento de psicología social, similares a los realizados por Stanley Milgram y Philip Zimbardo, porque las reacciones de sus participantes, por increíbles que parezcan, son auténticas.
Sin embargo, Baron Cohen también parece atrapado en las limitaciones de su propio método. El recurso de enfrentar personajes extravagantes con personas desprevenidas ha perdido parte de su capacidad de sorpresa en una cultura digital donde las provocaciones, las identidades ficticias y los engaños audiovisuales circulan diariamente. Además, la película necesita aclarar quién conoce la naturaleza de las bromas y quién participa involuntariamente, una circunstancia que debilita la espontaneidad del espectáculo. La estructura episódica tampoco favorece su progresión narrativa, y algunas secuencias se prolongan considerablemente después de haber agotado sus posibilidades cómicas.
Existe también una dificultad ética que la película aborda de manera irregular. La sátira funciona mejor cuando expone el oportunismo de quienes poseen poder político o mediático, pero pierde precisión cuando convierte a personas corrientes en víctimas de humillaciones gratuitas. La incorrección política, por sí sola, carece de profundidad crítica. El problema de ciertas bromas reside precisamente en la ausencia de una perspectiva que permita distinguir entre el prejuicio que se pretende denunciar y el simple placer de reproducirlo.
Otro de los pecados de Ali G: Who Iz I? es su inesperada inclinación hacia el sentimentalismo, particularmente cuando el protagonista decide abandonar la conducción de un programa televisivo vinculado con la extrema derecha y, posteriormente, se reencuentra con Julie, su pareja embarazada. Ambas situaciones pretenden concederle una dimensión moral y afectiva a un personaje cuya eficacia cómica siempre ha dependido de su ignorancia, su egoísmo y su absoluta incapacidad para comprender las consecuencias de sus actos.
La decisión de convertirlo repentinamente en un hombre capaz de reconocer ciertos límites éticos y asumir responsabilidades sentimentales resulta artificiosa dentro de una película que ha hecho de la vulgaridad y la provocación sus principales recursos. Baron Cohen parece interesado en otorgarle una redención a su criatura, pero semejante transformación contradice la lógica de un personaje que durante décadas ha funcionado precisamente por su incorregible estupidez. El resultado es un sentimentalismo forzado que debilita la sátira y pretende encontrar una humanidad conmovedora donde habría sido mucho más consecuente conservar la irreverencia.
Sin embargo, la interpretación de Baron Cohen conserva su extraordinaria capacidad de improvisación y su disposición a exponerse físicamente en situaciones potencialmente peligrosas. Su dominio del personaje sigue siendo formidable, aunque Ali G pertenece a una época en la que la ignorancia exhibida públicamente todavía podía provocar incredulidad. En un escenario político dominado por declaraciones delirantes y teorías conspirativas que encuentran aceptación masiva, sus disparates compiten con una realidad que frecuentemente resulta más grotesca.
La cinta ofrece suficientes momentos de humor salvaje para justificar el regreso de su protagonista, pero también evidencia el desgaste de una fórmula que alguna vez revolucionó la comedia televisiva y cinematográfica. Sus mejores secuencias demuestran la facilidad con la que el extremismo transforma ficciones absurdas en certezas peligrosas. Las menos afortunadas parecen empeñadas en recuperar un formato que perdió su novedad hace dos décadas. Baron Cohen continúa siendo un provocador excepcional, pero su creación más antigua enfrenta una dificultad insólita. En 2026, Ali G tiene que esforzarse demasiado para parecer más estúpido que las personas a las que pretende ridiculizar.


