Crítica: Heart Of The Beast (El corazón de la bestia)

El director de Suicide Squad regresa al territorio de la supervivencia y encuentra en Brad Pitt y un perro de combate el corazón que su cine había perdido

David Ayer 

/ Brad Pitt, J.K. Simmons, Anna Lambe

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de UIP

Brad Pitt y un perro rescatan a David Ayer. La carrera del director parece trazada sobre una montaña rusa a la que alguien le arrancó los frenos. Con End of Watch (2012) dejó una marca indeleble en el cine policíaco contemporáneo y entregó una de las grandes películas del género, una obra febril y callejera que entendía la camaradería entre policías sin convertirlos simplemente en héroes de uniforme. Dos años después llegó Fury (2014), una estremecedora cinta bélica protagonizada por Brad Pitt, donde la guerra aparecía como una maquinaria capaz de triturar cualquier noción romántica del heroísmo. Parecía entonces que Ayer había encontrado una voz propia en personajes entrenados para ejercer la violencia que terminaban descubriendo cuánto les había costado convertirse en hombres capaces de sobrevivir a ella.

Después vino el descenso. Suicide Squad (2016) fue un desastre narrativo y tonal, además de convertirse en uno de los primeros grandes síntomas del caos creativo que terminaría afectando al antiguo universo cinematográfico de DC. Bright (2017), también protagonizada por Will Smith, intentó cruzar el policial urbano con la fantasía y produjo otro trabajo estrepitosamente malo. Desde entonces, Ayer ha tratado de recuperar el pulso con resultados desiguales (The Beekeeper con Jason Statham fue una cinta de acción y venganza decente, A Working Man fue casi lo contrario). 

Heart of the Beast no significa un regreso completo al nivel de sus mejores películas, pero sí recuerda por qué alguna vez fue un director particularmente eficaz contando historias sobre hombres que sobreviven gracias a aquello que aprendieron cuando sobrevivir era su trabajo.

James Belmont (Brad Pitt) pasó tres décadas en las Fuerzas Especiales y ahora vive apartado del mundo. Su compañero más cercano es Odin, el pastor alemán con el que compartió misiones de combate y que también lleva la guerra inscrita sobre el cuerpo. Tiene dientes de titanio, perdió una pata y utiliza una prótesis. Los dos son veteranos y sufren de síndrome de estrés postraumático, aunque solamente uno pueda explicar con palabras lo que ha vivido. Ayer comprende rápidamente que esa equivalencia constituye la verdadera columna vertebral de la película.

James viaja con Odin en una pequeña avioneta hacia la remota naturaleza de Alaska para pasar unos días pescando, caminando y durmiendo bajo las estrellas. Ayer dedica tiempo a esa rutina y hace bien. Antes de convertir el paisaje en una amenaza permite que sea un refugio. James parece pertenecer a ese territorio porque allí nadie le pregunta quién fue, qué hizo durante la guerra o por qué ha elegido una existencia prácticamente solitaria. Un breve encuentro con un viejo buscador de oro (J.K. Simmons) constituye una de las escasas interrupciones humanas de ese aislamiento. Simmons aparece poco, pero posee esa capacidad extraordinaria para hacer que un personaje parezca haber vivido durante décadas antes de entrar en cuadro.

La situación cambia cuando James sufre un problema cardíaco mientras pilota la avioneta y termina accidentándose. Él y Odin sobreviven, pero quedan a 93 kilómetros de la carretera más cercana. Lo que sigue pertenece a una tradición narrativa antiquísima protagonizada por un hombre, un animal y una naturaleza que no tiene interés alguno en facilitarles el regreso. Hay osos, lobos, rápidos, precipicios, heridas cada vez más graves y un puente improvisado con troncos que parece diseñado por alguien que odia profundamente a sus usuarios.

Ayer sabe filmar el peligro. Lo demostró en las calles de End of Watch, dentro del tanque de Fury y vuelve a demostrarlo cuando reduce el mundo de James a decisiones inmediatas. Cruzar un río, encontrar comida, curar una herida o avanzar unos kilómetros adquieren suficiente tensión porque el director entiende la dimensión física del relato. El director de fotografía Mauro Fiore aprovecha la inmensidad del paisaje (Nueva Zelanda sustituye a Alaska) sin convertirlo únicamente en una postal. La belleza tiene aquí una cualidad engañosa. Detrás de una montaña espectacular puede estar esperando algo capaz de matarte.

El problema aparece cuando Cameron Alexander, responsable del guion, acumula desgracias hasta llevar la película peligrosamente cerca del catálogo de calamidades. Una amenaza termina y otra comienza. James y Odin sobreviven a situaciones que exigirían una suspensión de incredulidad cada vez mayor, y algunas decisiones del protagonista resultan difíciles de conciliar con las capacidades de un hombre que pasó treinta años en Fuerzas Especiales. También quedan preguntas elementales alrededor de su condición médica y de ciertos comportamientos posteriores al accidente. Heart of the Beast quiere que aceptemos demasiadas cosas porque necesita mantener a sus protagonistas avanzando hacia el siguiente obstáculo.

Los animales digitales tampoco siempre ayudan. El oso funciona porque Ayer construye la secuencia alrededor de la espera, la vulnerabilidad y las dimensiones brutales de la criatura. Los lobos evidencian mucho más el artificio. En una película cuyo principal atractivo depende precisamente de sentir cuerpos reales enfrentados a un espacio real, cualquier criatura que parezca haber llegado desde una estación de efectos digitales debilita la amenaza.

Afortunadamente, Heart of the Beast tiene a Brad Pitt. El carismático actor podría interpretar a James como otra variante del tipo lacónico que domina cualquier situación mientras luce estupendamente bien haciéndolo. Algo de eso existe (es Brad Pitt después de todo), pero el actor evita transformar al personaje en una fantasía de supervivencia masculina. James se cansa, se equivoca, sangra, siente miedo y comienza a cargar las consecuencias físicas de cada golpe. La experiencia militar no lo convierte en Superman; simplemente le proporciona herramientas para seguir moviéndose cuando cualquier otra persona probablemente se habría quedado tendida esperando un helicóptero.

Hay incluso ecos curiosos de Cliff Booth, su personaje de Once Upon a Time in Hollywood. Ambos hombres viven prácticamente solos y encuentran en un perro la relación más estable de sus vidas. Pero si Cliff y Brandy poseían algo juguetón y peligrosamente cómplice, James y Odin parecen dos soldados retirados que han firmado silenciosamente el compromiso de no abandonar jamás al otro.

Ahí aparece la mejor película escondida dentro de Heart of the Beast. Odin no funciona solamente como la mascota adorable colocada para manipular al público. Es compañero, protector y superviviente. La guerra también ha pasado sobre él. En una escena sencilla, James le retira la prótesis y masajea el muñón de la pata perdida. No hace falta un discurso sobre los traumas compartidos. El cuerpo del animal cuenta la historia.

Odin fue interpretado por cuatro perros (aunque Uber asumió la mayor parte del trabajo y sus hijos algunas escenas clave), y resulta extraordinario comprobar cuánto depende la película de la credibilidad de esa presencia. Pitt establece con él una relación que nunca parece construida exclusivamente para provocar lágrimas. Cuando uno queda herido, el otro intenta salvarlo. Cuando James cree haber perdido definitivamente a su compañero, Pitt abandona por unos instantes esa seguridad masculina que ha acompañado al personaje y deja aparecer a un hombre aterrorizado ante la posibilidad de quedarse completamente solo.

Esa relación también impide que Heart of the Beast se convierta en una versión testosterónica de Marley & Me. El vínculo entre ambos nace de una experiencia compartida que la película sugiere mediante recuerdos fragmentarios del combate. James y Odin han aprendido juntos a detectar amenazas y a confiar en el otro cuando alrededor solamente existe caos. La película habla de compañerismo sin necesidad de humanizar excesivamente al animal. Odin sigue comportándose como un perro, y precisamente por eso funciona (recordemos cómo ese perro desarrollado con captura de movimiento que acompañó a Harrison Ford en la adaptación de la novela de Jack London The Call of the Wild estropeó la experiencia).

Anna Lambe completa el reducido reparto como la joven cuya aparición al comienzo adelanta que algo terrible ha sucedido. La estructura revela desde los primeros minutos una parte del destino de Odin y luego retrocede una semana para reconstruir cómo llegaron hasta allí. Es una decisión discutible porque resta algo de incertidumbre al recorrido, aunque permite que el espectador contemple desde el principio esta aventura como una marcha hacia un punto inevitable.

El tramo final fuerza todavía más la credulidad y deja ver la maquinaria sentimental con demasiada claridad. Ayer quiere la lágrima y no tiene demasiados escrúpulos para perseguirla. Pero una cosa es reconocer el mecanismo y otra permanecer inmune a él. Pitt y sus compañeros caninos han construido para entonces una relación suficientemente convincente como para que el sentimentalismo no se sienta completamente impostado.

Heart of the Beast dura 101 minutos y esa concisión también juega a su favor. Ayer no intenta convertir una historia elemental en una epopeya de dos horas y media. Su película posee algo deliberadamente clásico, casi de aventura familiar de otra época, aunque atravesada por huesos rotos, heridas abiertas y recuerdos de guerra. Debajo del thriller de supervivencia hay una historia mucho más sencilla sobre dos veteranos que regresaron del combate y descubrieron que solamente podían sentirse completamente comprendidos cuando estaban juntos.

No es el regreso triunfal de David Ayer ni alcanza la intensidad de End of Watch o Fury. Los agujeros de lógica, los excesos del guion y algunos efectos digitales conspiran contra una película que funciona mejor cuanto más elemental se vuelve. Sin embargo, después de varios años en los que parecía haberse extraviado entre proyectos impersonales y decisiones desastrosas, Ayer recupera aquí algo importante: la capacidad de hacer que la violencia importe porque primero nos ha convencido de que importan quienes pueden sufrirla.

Y Brad Pitt hace el resto. A los 62 años continúa encontrando pequeñas variaciones dentro de una presencia cinematográfica que podría permitirle trabajar en piloto automático. Aquí carga buena parte de la película prácticamente solo, aunque decirlo sería injusto con Odin. Heart of the Beast necesita que creamos que un hombre recorrería 93 kilómetros, destrozaría su cuerpo y desafiaría a la naturaleza por un perro. Pitt consigue algo más difícil: hacernos creer que el perro haría exactamente lo mismo por él.

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