Crítica: Digger

Tom Cruise abraza el exceso en una farsa climática imperfecta, provocadora y mucho más estimulante de lo que su demolición colectiva permite admitir

Alejandro González Iñárritu 

/ Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemons, Emma D’Arcy, Robert John Burke

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Warner

La cinefilia ha llegado a su fin. O al menos ha sido sustituida por una forma de consumo que confunde asistir a una película con certificar una opinión recibida. Viajar hasta una sala lejana para descubrir el nuevo trabajo de un autor, seguirle el rastro, buscar una propuesta arriesgada y permitir que nos sacuda formal, argumental, intelectual o emocionalmente parece una costumbre de otro siglo. Ahora se va al cine para tomarse selfies, bajar la digestión, continuar chateando, dormir con sonido envolvente o disponer de un tema para las redes. Incluso la conversación posterior ha perdido su condición de descubrimiento. Muchas veces consiste en repetir lo que esas mismas redes ya decidieron.

La recepción de Digger resulta sintomática. Antes de su estreno, la película ya había sido declarada un desastre y buena parte del público llegó a las salas preparada para comprobarlo. El sesgo de confirmación funciona como una crítica escrita de antemano. Cada exceso, desvío o gesto grandilocuente se convierte en evidencia para sostener el veredicto heredado, mientras cualquier posible virtud queda descartada porque amenaza el consenso. Pocas cosas revelan tanto la falta de criterio contemporánea como esa necesidad de pertenecer a una opinión colectiva y presentar después el veredicto ajeno como juicio propio.

Alejandro González Iñárritu continúa aquí la ambición experimental que recorre su filmografía. Muchos parecen querer verlo dirigir Amores perros 2 o The Revenant 2, solo para crucificarlo después por repetirse. Digger se encuentra mucho más cerca de la ganadora del Óscar Birdman y de la infravalorada Bardo, películas atravesadas por el artificio, la representación, la experimentación formal y la consciencia de estar construyendo un espectáculo. 

Su relato sobre el calentamiento global dialoga con el gigantismo narrativo de D.W. Griffith, los espacios deformantes y la profundidad de campo de Orson Welles (cortesía de Emmanuel Lubetzki), y la crueldad apocalíptica de Stanley Kubrick. La presencia de Dr. Strangelove resulta más que evidente tanto en las reuniones de dirigentes delirantes como en la incapacidad de la humanidad para reaccionar con sensatez ante su propia extinción.

Digger Rockwell (Tom Cruise) es un magnate texano de los combustibles fósiles cuya explotación del Ártico libera metano, desprende una gigantesca plataforma de hielo y amenaza con provocar una catástrofe mundial. Mientras millones de vidas corren peligro, su mayor preocupación parece ser su gato enfermo, una criatura deliberadamente animatrónica a la que prodiga la ternura que nunca concede a los seres humanos. Esa compasión selectiva resume su narcisismo y, al mismo tiempo, anticipa el juego teatral de la película, donde hasta el afecto parece formar parte de una representación.

Cruise lo interpreta como un pariente hipervitaminado de Les Grossman, su ejecutivo de Tropic Thunder, cruzado con Charles Foster Kane, un predicador sureño y Doug Dimmadome de Los padrinos mágicos. Cubierto de prótesis, envuelto en pijamas de seda y armado con un acento que podría perforar otro yacimiento petrolero, el actor se regodea en la oportunidad de volver a interpretar en lugar de limitarse a correr, pilotar aviones o desafiar a la aseguradora del estudio.

La desmesura tiene una razón dramática. Iñárritu plantea el desastre climático como una farsa sobre la representación teatral entendida como catarsis, desahogo y escapismo. La cortina, el proscenio y las referencias a Opening Night de Cassavetes anuncian desde temprano la existencia de una obra dentro de la obra. La sobreactuación compartida por el elenco pertenece a ese registro. El presidente Compson (John Goodman), enfermo de cáncer anal, es una criatura delirantemente grotesca; Ganesh (Riz Ahmed) aporta la voz de una consciencia científica aplastada por la impotencia; la media hermana de Digger (Sandra Hüller) y el vicepresidente estadounidense (Michael Stuhlbarg) se integran a un mundo donde cada figura pública parece interpretar un papel mientras el planeta se desmorona. La película puede ser excesiva, pero difícilmente resulta tan enredada como se ha dicho. Sus claves están expuestas desde el comienzo.

El mejor momento llega cuando Digger acusa a la comunidad internacional de condenar la industria petrolera mientras disfruta cada comodidad producida por ella. La escena evita que la responsabilidad quede concentrada en un villano caricaturesco y señala la complicidad del consumidor, del político, del activista corporativo y de una sociedad que exige soluciones siempre que estas no alteren su estilo de vida. La película encuentra allí su argumento más incisivo. El magnate representa una obscenidad sistémica que prospera porque millones de personas necesitan repudiarlo en público y consumir en privado.

La conversación entre Digger (Tom Cruise) y el personaje  de Kenny (interpretado por Jesse Plemons), aborda una de las formas más refinadas de la hipocresía, la vuelta de la culpa contra uno mismo. Proclamarse responsable de todo puede parecer un acto de contrición, aunque también permite diluir la responsabilidad concreta y convertir la confesión en una acusación colectiva. Detrás del “yo tengo la culpa” se esconde un “ustedes también”, una manera narcisista de apropiarse del pecado mientras se reparte discretamente la condena.

Pero para ser honestos, Digger tampoco alcanza la precisión cómica de Dr. Strangelove o la complejidad existencial de Citizen Kane. Su insistencia puede resultar agotadora, algunas secuencias confunden intensidad con volumen y el maximalismo amenaza por momentos con sepultar la sátira. Tampoco posee la extraordinaria fluidez formal y actoral de Birdman. Sus defectos, sin embargo, nacen de una voluntad genuina de experimentar con el espectáculo, el cambio climático y la función del arte ante una catástrofe que preferimos convertir en entretenimiento.

Por eso vale la pena verla. Propone imágenes extrañas, recupera al Cruise de Magnolia dispuesto a someter su condición de estrella a la visión de un autor e intenta discutir nuestra adicción a los combustibles fósiles sin concedernos la comodidad de sentirnos moralmente superiores. Es una película arriesgada, diferente y pertinente en una época dominada por la inmadurez, el conformismo y el narcisismo. Puede irritar, cansar o fracasar en algunos de sus propósitos, pero todavía cree que el cine debe aventurarse fuera de lo previsible. Si los críticos van a repetir que es un desastre, al menos deberían explicar por qué. Los mantras sirven para los cultos; la crítica todavía debería servir para llevarnos a pensar y generar debates.

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