Crítica: Sin sangre (Without Blood)

Una conversación entre dos personas unidas por la violencia expone las limitaciones de una adaptación demasiado rígida

Angelina Jolie 

/ Salma Hayek Pinault, Demián Bichir, Juan Minujín, Alfredo Herrera, Mario Zaragoza

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Brainstorm Media

Noventa y un minutos pueden resultar agotadores cuando una película confunde la gravedad de sus asuntos con la intensidad de su narración. Without Blood, adaptación de la novela breve Senza sangue, del escritor italiano Alessandro Baricco, reúne suficientes preguntas sobre la venganza, la culpa y la memoria para sostener un enfrentamiento perturbador. La actriz Angelina Jolie, que como directora ya ha mostrado sus habilidades en cintas como In the Land of Blood and Honey, Unbroken, By The Sea y First They Killed My Father, las convierte en una conversación solemne cuyo peso termina aplastando a los personajes. La guerra vuelve a ocupar el centro de su cine, aunque esta vez la convicción humanista encuentra una expresión dramática particularmente rígida.

Salma Hayek y Angelina Jolie ya habían compartido pantalla en la poco apreciada cinta de Marvel Eternals, donde nació la cercanía que desembocó en esta colaboración como protagonista y directora. Without Blood tuvo, además, un recorrido prolongado hasta las salas estadounidenses. Tras su presentación en Toronto en septiembre de 2024, llegó a ese mercado el 18 de septiembre de 2026, dos años después. 

La historia comienza con una atrocidad. Tres hombres armados llegan a una casa para ajustar cuentas con su propietario después de un conflicto que, al menos oficialmente, ha terminado. Asesinan al padre (Alfredo Herrera) y al hermano (Alessandro D’Antuono) de una niña que permanece escondida bajo el suelo. Décadas después, Nina (Salma Hayek Pinault), aquella sobreviviente, se presenta ante un quiosco atendido por Tito (Demián Bichir), el más joven de los participantes en la matanza y el único que sigue vivo. Ella lo invita a acompañarla a un restaurante. La cortesía apenas disimula la amenaza de un encuentro que ambos parecen haber anticipado durante años.

Jolie encuentra cierta fuerza en el episodio inicial. El escondite infantil restringe nuestra percepción de la violencia y acentúa la indefensión de quien escucha cómo destruyen su mundo sin poder intervenir. Allí existe una tensión concreta, sostenida por el espacio, los sonidos y la espera. Cuando la narración se instala frente a una mesa, esa capacidad de involucrarnos se debilita. Los recuerdos y las revelaciones deberían alterar progresivamente el equilibrio entre Nina y Tito, pero la dirección mantiene una cadencia tan uniforme que incluso los momentos decisivos parecen llegar precedidos por su propia nota al pie.

El carácter teatral de la propuesta habría podido favorecerla. Dos intérpretes, una historia compartida y versiones incompatibles del pasado bastan para construir un duelo absorbente. El problema está en unos diálogos que rara vez parecen surgir de la necesidad inmediata de hablar, defenderse o comprender. Cada intervención llega demasiado elaborada, demasiado consciente de su importancia. Nina y Tito recuerdan sus vidas con la precisión retórica de quienes han tenido tiempo de corregir el manuscrito. La conversación adquiere así una cualidad artificiosa que mantiene la emoción a distancia.

Hayek y Bichir se esfuerzan por encontrar humanidad dentro de esa escritura. Ella trabaja con las pausas, la mirada y los movimientos de las manos; él deja aparecer el cansancio y el temor bajo los modales de un hombre corriente. Sin embargo, se percibe demasiado el esfuerzo interpretativo. Los gestos parecen preparados para acompañar una revelación y los silencios, calculados para señalar profundidad. Cuesta creer que estas personas estén descubriendo algo mientras conversan. La puesta en escena las obliga a representar el sufrimiento con una compostura que termina restándole verdad.

La discusión moral contiene posibilidades más fértiles. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de quien participa en una atrocidad, aunque se reserve un gesto de compasión? ¿Qué valor tiene esa excepción para alguien cuya vida quedó destruida? ¿Puede la venganza devolverle a una víctima alguna forma de control? La película se aproxima a estas preguntas, pero insiste en explicarlas mediante relatos retrospectivos y afirmaciones generales. La ausencia de coordenadas históricas y geográficas refuerza esa abstracción. Los personajes cargan con las consecuencias de una guerra cuyas circunstancias apenas podemos examinar, y la pretendida universalidad reduce la complejidad de sus decisiones.

La fotografía de Seamus McGarvey ofrece encuadres cuidados, luces doradas y rostros tratados con elegancia clásica. Esa belleza resulta insuficiente para dinamizar un relato que vuelve sobre sus heridas sin profundizar siempre en ellas. Los saltos al pasado interrumpen el encuentro y, con frecuencia, ilustran lo que las palabras ya han comunicado. Hacia el final aparece una ambigüedad más sugerente, capaz de dejar abiertas las intenciones de ambos personajes. Es un breve respiro en una película empeñada en enfatizar en su trascendencia. Jolie reconoce la importancia de escuchar a quienes han vivido la violencia, pero no consigue que esa escucha tenga el pulso, la incertidumbre y la humanidad necesarios para sostener nuestra atención.

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