Antes de la Nakba de 1948 hubo 1936, año en que una huelga general contra el Mandato británico desembocó en una revuelta que se prolongaría hasta 1939. Annemarie Jacir, la primera directora palestina (La sal de este mar, Wajib) convierte esa fecha en título y declaración política. El despojo palestino aparece como un proceso impulsado durante décadas mediante leyes, compras de terrenos, desplazamientos, represión militar y decisiones tomadas por potencias extranjeras. La película devuelve la mirada hacia un periodo poco estudiado fuera de Oriente Medio y cuestiona la costumbre de situar el origen del conflicto en 1948, 1967 o cualquier otra fecha que permita ignorar todo lo anterior.
Yusuf (Karim Daoud Anaya) es el hilo que atraviesa ese mundo a punto de romperse. Vive en la aldea ficticia de Al Basma, pero trabaja en Jerusalén como conductor de Amir Atef (Dhafer L’Abidine), empresario y propietario de un periódico dispuesto a negociar con las autoridades británicas. El joven circula entre los campesinos que ven desaparecer sus tierras y una élite urbana convencida de que todavía puede asegurar su prosperidad mediante la diplomacia. Su desplazamiento cotidiano termina convirtiéndose en un recorrido por las distintas capas de una sociedad que empieza a comprender que el futuro se está decidiendo sin consultarla.
Alrededor de Yusuf se forma un amplio mosaico. Rabab (Yafa Bakri), la viuda de la que está enamorado, representa el arraigo a una tierra que él inicialmente desea abandonar. Khalid (Saleh Bakri) pasa de trabajador a combatiente, mientras Khouloud (Yasmine Al Massri), esposa de Amir y periodista obligada a publicar bajo un nombre masculino, observa cómo las posibilidades de una solución política van desapareciendo. Los campesinos, comerciantes, periodistas, religiosos y propietarios adinerados discuten sobre la conveniencia de negociar, protestar o tomar las armas. Jacir entiende que una insurrección colectiva difícilmente puede explicarse mediante un héroe único.
La amplitud le permite retratar el conflicto como una experiencia compartida, aunque también dispersa la fuerza emocional. Yusuf funciona mejor como testigo que como protagonista y su transformación queda repartida entre demasiadas historias. Algunos personajes apenas alcanzan a instalarse antes de ceder el espacio a otros. El relato adquiere por momentos la estructura de una lección histórica dramatizada, con conversaciones encargadas de explicar aquello que las imágenes ya habían comunicado.
El poder británico aparece dividido entre la burocracia, la condescendencia y la violencia. El alto comisionado Arthur Wauchope (Jeremy Irons) administra Palestina con la serenidad de quien considera el territorio como una posesión comprometedora; Thomas Hopkins (Billy Howle) siente simpatía por los palestinos, pero conserva el privilegio de marcharse cuando la situación deja de resultar soportable. Su vínculo con Khouloud queda resumido en una frase decisiva. Ella le recuerda que no es una turista porque, a diferencia de él, carece de otro país al cual regresar.
El capitán Orde Wingate (Robert Aramayo) concentra la brutalidad del aparato colonial. Su fanatismo cristiano, su adhesión al sionismo y sus métodos de contrainsurgencia establecen un vínculo entre el ejército británico y las fuerzas que posteriormente consolidarían el poder militar israelí. Aramayo interpreta al personaje con una ferocidad casi caricaturesca y el guion lo reduce por momentos a una encarnación absoluta del mal. La simplificación debilita el drama, aunque los castigos colectivos, las ejecuciones y la destrucción de viviendas que ordena tienen una base histórica ampliamente documentada.
La película también reconoce que muchos judíos llegaban huyendo del antisemitismo europeo y de una amenaza que pronto alcanzaría dimensiones inimaginables. Esa persecución no elimina el drama de los palestinos que observan cómo aparecen cercas sobre terrenos que habían trabajado durante generaciones. Jacir concentra su relato en quienes sufrieron las consecuencias de un proyecto colonial que prometía una misma tierra a diferentes pueblos mientras reservaba para Gran Bretaña el derecho de administrar sus destinos.
Las imágenes de archivo coloreadas constituyen uno de los elementos más poderosos de Palestina 36. Los mercados de Jerusalén, el puerto de Jaffa, las calles y las celebraciones interrumpen la ficción para demostrar que Palestina poseía una vida social, económica y cultural mucho antes de su fragmentación. Parte de esos registros fue filmada por el propio poder colonial, de modo que las imágenes destinadas a documentar una posesión terminan certificando la existencia del pueblo que la ocupación contribuyó a borrar. El archivo deja de ser una ilustración y se convierte en memoria recuperada.
Jacir encuentra sus mejores momentos cuando concentra la historia colectiva en gestos sencillos. En un tren detenido por los rebeldes, Khalid solicita ayuda para financiar la lucha y los pasajeros entregan dinero, joyas y objetos personales hasta formar una comunidad instantánea. En otra secuencia, varias familias británicas organizan un picnic junto a la aldea y contemplan a los niños palestinos como parte del paisaje exótico. La aparente cordialidad de la escena contiene toda la arrogancia de quienes pueden instalar sus mesas, ocupar el espacio y marcharse sin preguntarse qué han alterado.
La violencia posee una dimensión corporal. Los rostros reciben golpes, las manos quedan atadas y los muertos apenas pueden ser llorados antes de que llegue otra tragedia. Cuando el padre de Yusuf es asesinado y su hermano es detenido antes de terminar el funeral, el duelo debe transformarse inmediatamente en acción. Kareem (Ward Helou), hijo de un sacerdote cristiano ejecutado por los británicos, hereda la misma obligación. En este universo, hasta llorar se convierte en un lujo que la historia se niega a conceder.
El rodaje quedó atravesado por el presente. Jacir llevaba cerca de una década desarrollando el proyecto cuando los ataques del 7 de octubre de 2023 y la posterior destrucción de Gaza interrumpieron la preproducción en Belén. Parte de la filmación tuvo que trasladarse a Jordania y el equipo regresó después a Palestina para completar algunas secuencias. Esa circunstancia intensifica la relación entre el pasado y el presente, aunque la película había encontrado esa conexión mucho antes de que la actualidad la volviera insoportablemente evidente.
El destino de la película también terminó prolongando aquello que denuncia. El 22 de enero de 2026, la policía israelí irrumpió en el Centro Cultural Yabous de Jerusalén Este, suspendió una proyección, detuvo al proyeccionista para interrogarlo y dejó una orden que prohibía futuras exhibiciones en Jerusalén. Que una obra sobre la represión colonial británica haya sido censurada por las autoridades que hoy controlan la ciudad convierte su circulación en un perturbador epílogo. El poder que busca dominar un territorio también procura controlar la manera en que ese territorio recuerda su historia.
Palestina 36 puede resultar esquemática, explicativa y demasiado consciente de su obligación de llenar los vacíos dejados por la educación occidental. Sin embargo, su importancia histórica no debería eclipsar sus cualidades cinematográficas. Jacir convierte documentos, paisajes y experiencias dispersas en el retrato de una sociedad que descubre cómo el lenguaje diplomático oculta una maquinaria de expulsión. La película reconstruye el pasado para mostrar que sus consecuencias siguen habitando el presente. En Palestina, 1936 todavía no ha terminado.


