Antes de hablar de Pressure, conviene dejar algo claro. Quien espere una película sobre Dwight D. Eisenhower probablemente salga decepcionado. El general aparece, toma la decisión más importante de la Segunda Guerra Mundial y carga sobre sus hombros el peso del desembarco en Normandía. Sin embargo, esta no es su historia. Tampoco pretende construir un retrato psicológico del hombre que cambió el rumbo de la guerra. Su verdadero protagonista es alguien a quien la historia suele relegar a un segundo plano: El meteorólogo James Stagg.
Basada en la obra de teatro de David Haig, Pressure recupera las 72 horas previas al Día D, esa invasión infernal registrada con absoluto realismo en el clásico del cine de guerra Saving Private Ryan. Mientras toda la cúpula militar presiona para lanzar la invasión cuanto antes, Stagg sostiene una posición difícil, ya que el clima puede convertir la operación en un desastre. Frente a él está el meteorólogo estadounidense Irving Krick (Chris Messina), cercano a Eisenhower y convencido de que las condiciones serán favorables. Lo que sigue no es una batalla de egos, sino un choque entre dos formas de entender la ciencia y la toma de decisiones.
Anthony Maras, el director de esa otra estupenda recreación histórica conocida como Hotel Mumbai, entiende que el suspenso no siempre nace de las explosiones. Aquí surge de mapas, informes meteorológicos y discusiones donde cada palabra puede significar la vida o la muerte de miles de soldados. Sabemos cómo termina la historia, pero eso no reduce la tensión. Al contrario, la incrementa porque conocemos la magnitud de lo que está en juego.
Andrew Scott vuelve a demostrar por qué es uno de los actores más extraordinarios de la actualidad. El actor asume a James Stagg como un hombre reservado, que ama a su esposa a la que deja sola y embarazada para cumplir con su encargo, poco dado a los grandes discursos, pero inquebrantable cuando la evidencia respalda sus argumentos. Scott consigue que un meteorólogo resulte más apasionante que muchos héroes de guerra. Brendan Fraser cumple como Eisenhower, aunque el personaje está deliberadamente construido como el hombre que escucha, sopesa y finalmente decide, no como el centro emocional del relato.
Aunque el peso dramático recae sobre Andrew Scott, Damian Lewis y Kerry Condon aportan matices importantes al relato. Lewis interpreta a Bernard Montgomery como el militar impaciente que ve cualquier retraso como una amenaza para toda la operación, encarnando la presión constante que rodea a Eisenhower. Condon, por su parte, evita que Kay Summersby sea una simple secretaria. Su personaje funciona como el puente entre los hombres que discuten estrategias y el líder que debe tomar la decisión final, aportando serenidad, inteligencia y un oportuno contrapunto en un entorno dominado por el ego y la autoridad masculina. Ninguno roba protagonismo, pero ambos enriquecen un conflicto que, de otro modo, correría el riesgo de sentirse demasiado hermético.
Lo más interesante de Pressure es que recupera una forma de hacer cine que parecía olvidada. Su origen teatral nunca desaparece y eso juega a su favor. La película recuerda esos dramas clásicos como 12 angry Men, donde el conflicto nace de las ideas y no de la acción. Aquí también hay un hombre dispuesto a sostener una verdad mientras todos los demás quieren escuchar una respuesta distinta.
Seguramente habrá quien la etiquete como una película “para viejos” porque carece del vértigo visual del cine bélico contemporáneo. Pero las películas no tienen edad. Tienen curiosidad. Y Pressure invita precisamente a eso, a descubrir un episodio poco conocido de la Segunda Guerra Mundial para recordarnos que las decisiones verdaderamente importantes no se toman desde el entusiasmo ni desde la presión del momento. Se toman con evidencia, con argumentos y con el coraje de aceptar que, incluso cuando todos exigen certezas, la honestidad consiste en reconocer lo que todavía no se sabe.


