Crítica: Nuremberg

Una cinta que seduce por su reparto, pero su enfoque canónico diluye la complejidad del juicio más importante del siglo.

marzo 24, 2026

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Nuremberg, inspirada en el libro de Jack El-Hai, El nazi y el psiquiatra, entra a uno de los capítulos más oscuros del siglo veinte con la confianza de un drama histórico diseñado para ser accesible, ágil y atractivo. James Vanderbilt (guionista de Zodiac y de esa magnífica cinta sobre la ética del periodismo conocida como Truth), apuesta por un ritmo ágil, diálogos pensados y un pulso de cine judicial que se mira al espejo de Hollywood más que al de la historia. La película se abre paso con energía, aunque a menudo parece más interesada en la forma que en lo que esa forma implica. Es un drama que quiere ser relevante, pero a ratos queda atrapado en el artificio de sus propios trucos.

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La figura de Douglas Kelley, interpretado por Rami Malek, sirve como puerta de entrada. El psiquiatra llega al juicio con ambición, curiosidad y una sed de notoriedad disfrazada de vocación científica. Malek lo construye como un hombre brillante y vanidoso, alguien que se fascina por su propio ingenio antes de examinar la profundidad moral del trabajo que tiene entre manos. Desde su primer encuentro con Göring, queda claro que Kelley quiere descifrar a un monstruo, pero también sacar provecho de él. Nuremberg muestra su fragilidad ética en cada concesión, cada gesto de complicidad mínima y cada momento en que olvida que está hablando con un criminal responsable de millones de muertes.

Russell Crowe, mientras tanto, encarna a Hermann Göring con una mezcla de cinismo, humor y veneno que domina la pantalla. Su Göring se mueve entre la teatralidad y la amenaza contenida, un hombre que sabe cómo seducir, humillar y manipular con la misma facilidad. Crowe se luce en grande, tanto que a veces el personaje parece devorar la película. La relación con Kelley forma el corazón de la cinta: Dos hombres que creen entenderse, dos individuos seducidos por el juego mental, dos ambiciones que chocan en un terreno donde la verdad importa menos que el control del relato. Vanderbilt filma esos intercambios casi como un combate íntimo, pero esa intensidad termina restándole peso a la historia que los rodea.

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En ese contexto, es inevitable recordar la película que estableció el referente cinematográfico sobre el tema: Judgment at Nuremberg (1961). Aquella película se apoyaba en largos interrogatorios, silencios pesados y un enfoque que dejaba al espectador frente a la incomodidad pura. Lo suyo era examinar cómo una sociedad entera pudo renunciar a su conciencia. Lo hacía sin adornos, sin estilización, sin la tentación del ingenio verbal. Frente a ese antecedente, la nueva Nuremberg se siente mucho más pulida, ligera e interesada en la tensión interpersonal que en el análisis ético y político que marcó el clásico. Donde la película de Stanley Kramer escarbaba en responsabilidad individual y colectiva, la de Vanderbilt a veces parece preferir el brillo del enfrentamiento intelectual por encima de la profundidad histórica. Esa comparación no condena a la versión moderna, pero sí revela qué terreno ha decidido no pisar.

El problema central de Nuremberg es que funciona demasiado bien como cinta “oscarizable”. La puesta en escena impecable, el ritmo fluido y la presencia magnética de Shannon como Robert H. Jackson dan forma a un filme que se ve con gusto, pero que rara vez deja que la incomodidad se instale. La historia del juicio es, por definición, un recordatorio de lo que pasa cuando el Estado decide que ciertos seres humanos no merecen existir. Aquí, esa realidad se menciona, se subraya de manera discursiva, pero casi nunca se siente. Incluso cuando Vanderbilt incorpora metraje real de los campos, la brutalidad irrumpe como un recordatorio externo que expone lo artificioso del resto.

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La película intenta extender su alcance hacia el presente. Cada frase sobre crímenes de Estado, cada discusión sobre responsabilidad colectiva y cada señal de alarma sobre el ascenso de regímenes autoritarios apunta claramente al hoy. Pero ese gesto pierde fuerza porque la narrativa prefiere reducir las tensiones jurídicas, políticas y morales del juicio a una serie de escenas limpias, casi diseñadas para una comprensión rápida. Hay profundidad en lo que asoma, pero no siempre en cómo se desarrolla.

Aun así, Nuremberg tiene méritos claros. Shannon aporta una solidez que sostiene el interés en momentos en que el guion acelera demasiado. Malek encuentra en el desconcierto moral de Kelley un arco que, aunque no del todo explorado, tiene resonancia. Y Crowe convierte a Göring en un estudio escalofriante del poder envuelto en carisma. La combinación funciona, aunque a costa de simplificaciones que se sienten como oportunidades perdidas.

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Al terminar, queda la sensación de una película que quiere ser advertencia, pero que confía demasiado en la atracción del duelo entre dos hombres inteligentes y dañinos. El juicio de Núremberg no solo fue historia, fue una advertencia fundacional. Esta versión subraya esa idea, pero no siempre permite que pese. Es una cinta que entretiene, que plantea preguntas importantes, pero que rara vez se atreve a sostener el silencio incómodo que esas preguntas exigen.

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ANDRÉ DIDYME-DÔME

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