Crítica: El gran falsificador (L’affaire Bojarski)

Un inventor polaco marginado en la Francia de la postguerra descubre que su talento puede llevarlo más lejos falsificando dinero que intentando vivir de sus propias creaciones

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Hay que decirlo. La historia de Czeslaw Bojarski es tan extraordinaria que parece inventada. Un ingeniero polaco llega a Francia después de la Segunda Guerra Mundial, intenta abrirse camino como inventor y descubre que su talento importa bastante menos que su condición de extranjero. Sin demasiadas posibilidades de prosperar por la vía convencional, encuentra otra forma de demostrar de qué es capaz: fabricar dinero. No cualquier dinero, además, sino billetes falsos tan buenos que durante años ponen de cabeza a las autoridades francesas.

Jean-Paul Salomé (La sindicalista) sabe que tiene entre manos una de esas historias reales que no necesitan demasiados adornos. Y aunque la película se mueve con las herramientas de un thriller clásico, detrás de la persecución policial aparece una pregunta bastante más interesante: ¿qué sucede cuando una copia alcanza tal grado de perfección que deja de ser posible distinguirla del original?

Hay algo de la teoría del simulacro de Jean Baudrillard que inevitablemente ronda El gran falsificador. Está la copia que reconocemos inmediatamente como copia, luego aquella cuya perfección hace difícil distinguirla del original y, finalmente, esa reproducción que termina poniendo en crisis la propia autoridad del original. Bojarski parece decidido a llegar hasta allí. No le basta con que sus billetes funcionen. Necesita que sean perfectos.

Jan Bojarski (Reda Kateb) comienza falsificando por necesidad, pero llega un momento en el que el dinero deja de ser la verdadera motivación. Lo que quiere es reconocimiento. Quiere demostrar que es capaz de construir algo que nadie más puede hacer, incluso si la única manera de conseguirlo es convertirse en el mejor falsificador de Francia.

Kateb, a quien hemos visto en películas como la magistral Un profeta y ese fabuloso biopic sobre Django Reinhardt, encuentra aquí uno de esos personajes que funcionan precisamente por sus contradicciones. Bojarski puede ser un esposo atento, un padre cariñoso y un hombre generoso, mientras baja al sótano de su casa para cometer uno de los fraudes monetarios más sofisticados de Europa. El actor nunca fuerza esa dualidad. No interpreta a un excéntrico genio criminal ni intenta convertirlo en una especie de Robin Hood. Lo hace reservado, metódico, orgulloso y cada vez más consciente de su propia capacidad.

La película insiste, además, en recordarnos que antes del falsificador estuvo el inventor. Bojarski imagina mecanismos, construye prototipos y busca soluciones para objetos cotidianos. El verdadero Bojarski efectivamente fue inventor y registró varias patentes, aunque conviene tomar con cautela la manera en que la película lo relaciona con objetos como el bolígrafo, el desodorante roll-on, la cafetera automática o determinados sistemas de afeitado. 

Dramáticamente, sin embargo, la idea funciona. Cada creación que no consigue abrirle una puerta alimenta la frustración de un hombre convencido de que tiene un talento que nadie quiere reconocer. Y entonces descubre que puede utilizar exactamente ese talento para falsificar dinero. Ahí está la gran ironía de El gran falsificador. Bojarski quiere ser reconocido por aquello que inventa y termina pasando a la historia por aquello que copia. 

Su esposa Suzanne (Sara Giraudeau) vive durante años junto a un hombre cuya verdadera ocupación desconoce. Giraudeau, notable en Bloody Milk y El discurso, aporta una normalidad doméstica indispensable para que entendamos la magnitud del engaño. Mientras Bojarski libra una batalla intelectual contra el sistema monetario francés, en casa sigue existiendo una esposa, un hijo, comidas familiares y una vida aparentemente convencional.

Salomé aprovecha bien ese contraste. El taller clandestino y el hogar pertenecen prácticamente a dos vidas diferentes, pero están separados apenas por unos cuantos escalones. Esa cercanía física hace todavía más absurda la dimensión de la operación. Las autoridades buscan una organización criminal sofisticada mientras el responsable imprime billetes prácticamente debajo de la vida cotidiana de su familia.

También está Abel (Pierre Lottin), el amigo de Bojarski y también un inmigrante polaco, que funciona como uno de los pocos vínculos del protagonista con una vida que no está completamente dominada por el secreto y la falsificación. Lottin (Los bárbaros, Cuando cae el otoño) aporta ligereza y cercanía a una relación que permite ver a Bojarski menos como el meticuloso falsificador y más como un hombre capaz de amistad, complicidad y afecto. 

Es ahí donde aparece el comisario André Mattei (Bastien Bouillon), encargado de encontrar al hombre detrás de aquellas falsificaciones. Bouillon, que ganó el César por La noche del 12, tiene la contención necesaria para evitar que Mattei se convierta simplemente en “el policía que persigue al protagonista”. Su investigación va adquiriendo una dimensión casi personal porque cuanto más comprende la complejidad de los billetes, más difícil resulta creer que semejante trabajo pueda ser obra de una sola persona.

El gran falsificador encuentra entonces su mejor terreno en el viejo juego del gato y el ratón (piensen en Heat o en Catch Me If You Can). Pero aquí perseguidor y perseguido tienen algo más interesante que una simple rivalidad. Mattei intenta comprender el método de Bojarski mientras Bojarski parece necesitar, aunque nunca quiera admitirlo, a alguien capaz de comprender la dificultad de lo que está haciendo. El policía que quiere detenerlo termina siendo también una de las pocas personas en Francia capaces de reconocer realmente su talento. Y Bojarski tampoco sabe cuándo detenerse.

Ese es el punto en el que la necesidad se convierte en ego. Llega un momento en el que ya no necesita continuar falsificando para sobrevivir. Lo hace porque quiere comprobar hasta dónde puede llegar. Cada nuevo billete es un reto técnico, pero también una provocación. Una forma de decirle al Estado francés que todavía no ha conseguido vencerlo.

Salomé cuenta todo esto sin demasiadas piruetas y eso se agradece. El gran falsificador es una película orgullosamente clásica. Tiene una estupenda reconstrucción de época, un vestuario precioso, buenos diálogos, una música que acompaña sin imponerse y actores capaces de sostener las escenas sin necesidad de que la cámara haga malabares alrededor de ellos. No hay nada particularmente vanguardista o experimental en su puesta en escena, pero tampoco lo necesita.

Especialmente buenos son los momentos dedicados al proceso de falsificación. Papel, tintas, moldes, mecanismos y pruebas ocupan la pantalla con una atención casi obsesiva. Salomé entiende que ver trabajar a Bojarski es parte fundamental del espectáculo. Hay algo hipnótico en observar cómo un hombre estudia hasta el último detalle de un objeto que millones de personas utilizan todos los días sin detenerse jamás a mirarlo.

Detrás del thriller, del dinero y de las máquinas hay finalmente una película sobre una necesidad mucho más sencilla y es la de alguien que reconozca que somos buenos en algo. Bojarski quería inventar cosas y quería que el mundo entendiera que tenía talento. Cuando ese mundo le cerró la puerta, encontró una forma bastante más peligrosa de obligarlo a mirar.

Y quizá por eso su historia sigue siendo tan fascinante. Czeslaw Bojarski no consiguió hacerse inmortal por sus inventos. Lo consiguió copiando el trabajo de otros. Y cuanto más perfecta se volvía aquella copia, más evidente resultaba algo completamente auténtico: el extraordinario talento del hombre que la había creado.

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