La cocaína negra es una variante de la droga mezclada con sustancias químicas y pigmentos oscuros para alterar su apariencia, neutralizar su olor y dificultar su detección en controles policiales. En Chile, su desarrollo fue atribuido a Eugenio Berríos, bioquímico de la DINA (la policía secreta dirigida por el general Manuel Contreras), dentro de una trama que vinculó a la dictadura de Augusto Pinochet con el narcotráfico y los servicios de inteligencia.
Berríos se grababa mientras veía televisión, conversaba, consumía cocaína, trabajaba en su laboratorio o intentaba resolver experimentos que salían mal. En aquellas cintas aparece borracho, confundido, fanfarrón y por momentos ridículo. Esa voz doméstica pertenecía al hombre que desarrolló armas químicas y cuyo nombre quedó ligado a la fabricación de gas sarín, la persecución de opositores, las redes del narcotráfico y varias operaciones clandestinas que todavía proyectan su sombra sobre la historia chilena.
Las cuarenta microcintas encontradas en una bodega del Poder Judicial transformaron por completo la realización de Cocaína negra. Cristóbal Valenzuela Berríos comprendió que allí estaba la película. Los documentos judiciales podían establecer hechos, nombres y fechas, pero aquellas grabaciones permitían entrar en la cabeza del personaje. El resultado es un documental que avanza por los pasadizos de una mente deteriorada y, al mismo tiempo, revela el funcionamiento de un aparato político que puso la ciencia al servicio del asesinato.
El material sonoro evita que Berríos quede reducido a la figura distante del “científico loco”. Su voz permite escuchar al hombre detrás de la leyenda criminal, aunque esa cercanía jamás pretende reconciliarnos con él. Ocurre algo mucho más perturbador. El responsable de acciones monstruosas aparece como un sujeto ordinario, vanidoso y torpe, capaz de alternar la experimentación química con el consumo de drogas y las banalidades de la televisión. Esa dimensión cotidiana agrava el espanto porque destruye la cómoda fantasía de que el mal siempre anuncia su llegada con una apariencia excepcional.
La idea de la banalidad del mal, desarrollada por Hannah Arendt, atraviesa el documental sin convertirlo en una conferencia. Berríos encontró en la dictadura un entorno que premió sus conocimientos, estimuló su crueldad y le concedió impunidad. El poder autoritario no tuvo que inventarlo desde cero. Bastó con alimentar sus ambiciones y ofrecerle seres humanos como material de laboratorio.
El aspecto formal ocupa un lugar decisivo. Valenzuela Berríos integra archivos históricos, testimonios, recreaciones, voces reales y grabaciones privadas dentro de una puesta en escena que reproduce la textura audiovisual de los años ochenta. Los videos lo-fi, las interferencias, el ruido magnético y los colores envejecidos crean una sensación de permanencia dentro de la época. La película parece rescatada de un cajón húmedo, cubierta por el polvo de oficinas judiciales, laboratorios secretos y habitaciones donde los conspiradores hablaban convencidos de que nadie llegaría a escucharlos.
Ese tratamiento recuerda a No, de Pablo Larraín. Allí, la textura del video permitía que las recreaciones convivieran con los archivos de la campaña del plebiscito sin romper la continuidad histórica. Cocaína negra emplea una estrategia cercana para un propósito mucho más sombrío. La degradación de la imagen reproduce el aspecto de los registros clandestinos y transmite la sensación de estar observando una realidad descompuesta. El pasado adquiere cuerpo a través de sus defectos técnicos, sus sombras, sus interferencias y su suciedad.
Las puestas en escena funcionan dentro de esa misma lógica. Claudio Arredondo encarna a Berríos sin convertirlo en una celebridad del crimen. Su presencia completa aquello que los audios sugieren y los expedientes apenas describen. La recreación adquiere el carácter de una pesadilla química, alimentada por luces enfermas, superficies desgastadas y objetos que parecen conservar residuos de todo cuanto ocurrió a su alrededor.
La destreza de la película también se percibe en su ritmo. El montaje de Juan Eduardo Murillo organiza una enorme cantidad de información sin perder el impulso narrativo. Las conexiones entre la DINA, los venenos, la cocaína y la fuga de Berríos podrían haber producido un informe pesado. Aquí adquieren la velocidad de un thriller policial y político. El destino del químico se conoce desde el comienzo, pero el suspenso permanece porque cada hallazgo amplía el tamaño de la red que lo protegió.
El caso es escabroso, absurdo y tan oscuro que cualquier guion inspirado en él correría el riesgo de parecer exagerado. La realidad supera la ficción porque no tuvo que preocuparse por la verosimilitud. Un bioquímico dedicado a fabricar venenos para una dictadura, adicto a la cocaína, protegido por organismos de seguridad, trasladado entre países y finalmente devorado por el mismo sistema al que sirvió podría parecer una creación desbordada. Los archivos demuestran que sucedió.
Cocaína negra estremece al revelar la convivencia entre la atrocidad y la rutina. Mientras Berríos habla, bebe, consume drogas o mira televisión, las consecuencias de su trabajo se extienden mucho más allá del espacio privado. Esa distancia entre el tono casual de las cintas y la gravedad de los crímenes produce algunos de los momentos más fuertes del documental. La voz carece de la solemnidad que esperaríamos de un relato sobre el terrorismo de Estado. Precisamente por eso resulta tan aterradora.
Después de Robar a Rodin e Isla Alien, Valenzuela Berríos continúa explorando la manera en que una sociedad construye relatos alrededor de sucesos difíciles de explicar. En esta ocasión, la ironía cede terreno ante una sensación de podredumbre histórica. El documental observa el pasado chileno como una herida que fue cubierta con expedientes, silencios y versiones parciales, aunque nunca terminó de cerrarse.
La película llega además en un momento en que los discursos autoritarios recuperan fuerza y la memoria suele tratarse como un estorbo. El caso de Eugenio Berríos con su letal frasco de Chanel No. 5, recuerda la facilidad con la que el conocimiento científico puede convertirse en herramienta de persecución cuando desaparecen los límites éticos y el poder garantiza protección.
La proeza cinematográfica de Cocaína negra acompaña una historia que ya posee la fuerza de una alucinación política. Sus imágenes trasladan al espectador a la época, mientras las cintas permiten escuchar la respiración de un hombre consumido por sus propias sustancias, sus delirios y sus lealtades. Al final queda una voz grabada entre el ruido magnético. Pertenece a alguien que ayudó a fabricar el horror y terminó convertido en otro residuo del laboratorio de la dictadura.


