Crítica: Cualquiera menos tú (Anyone But You)

La adaptación contemporánea de Mucho ruido y pocas nueces le hubiera generado cringe a William Shakespeare, pero alcanza a capturar algo de su magia y romance.

Will Gluck 

/ Sydney Sweeney, Glen Powell, Alexandra Shipp, Hadley Robinson

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Sony

Entre 1588 y 1599, William Shakespeare escribió la comedia Mucho ruido y pocas nueces, cuyo título original es Much Ado About Nothing (Mucho ruido por nada). Esta obra se desarrolla en la ciudad italiana de Messina y sigue las intrigas amorosas de dos parejas principales: Claudio y Hero, así como Benedick y Beatriz.

Don Pedro, príncipe de Aragón, regresa de la guerra. Junto con él, están dos de sus oficiales, Claudio y Benedick. Claudio se enamora de Hero, la hija de Leonato, gobernador de Messina, y planean casarse. Por otro lado, Benedick y Beatriz, una pareja que constantemente se enfrenta recurriendo a unos ingeniosos y divertidos intercambios verbales, urden un plan para hacer que los demás crean en el amor del uno por el otro.

Una de las dos adaptaciones cinematográficas más notables de la obra de Shakespeare es la dirigida por Kenneth Branagh en 1993, que incluye al director en el papel de Benedick, y a la gran Emma Thompson (en ese entonces pareja real de Branagh) como Beatriz. Por otra parte, la adaptación de 2012 de Joss Whedon (Avengers), es una pequeña joya filmada en blanco y negro en tan solo 12 días, con un elenco conformado por actores amigos del director (Amy Acker es Beatriz y Alexis Denisof encarna a Benedick), ambientada en un escenario contemporáneo, pero que conserva el texto original de su autor.

La presencia de Shakespeare en las comedias románticas no es algo novedoso. Pensemos en 10 Things I Hate About You, basada en La fierecilla domada; o en Get Over It, inspirada en Sueño de una noche de verano. Es por ello, quizás, que Anyone But You se perciba como una cinta con un trasfondo elegante y arquetípico, pese a que su director y guionista Will Gluck (el artífice del ascenso a la fama de la actriz Emma Stone), haya atiborrado los diálogos de Shakespeare con groserías.    

Esta versión libre y contemporánea de Mucho ruido y pocas nueces, nos presenta a Bea, una estudiante de derecho torpe e insegura interpretada por Sydney Sweeney (en un significativo cambio de registro de lo que es Cassie, su depresivo personaje con cara de Polly Pocket de la serie Euphoria); y a Ben, un agente financiero interpretado por Glen Powell (el apuesto sucesor de Top Cruise en la secuela de Top Gun). Luego de un encuentro fortuito en un café y de pasar la noche juntos, Bea y Ben parecían estar destinados a vivir juntos y felices para siempre. Pero un malentendido los convierte en enemigos jurados, siguiendo la línea narrativa de la obra de Shakespeare. 

Por cuestiones del destino y personas que tienen en común, ambos se ven obligados a viajar a Australia para una boda (Halle, la hermana de Bea, interpretada por Hadley Robinson, y Claudia, la amiga de Ben, encarnada por Alexandra Shipp, son quienes contraerán nupcias).   Por unas razones algo traídas de los cabellos y que es mejor no describir por aquello de respetar la experiencia cinematográfica, Bea y Ben deciden fingir ser una pareja. Eso sí, sobra decir que ambos terminarán enamorándose de nuevo (revelar los finales de las obras de Shakespeare o las resoluciones de un Rom-Com están lejos de considerarse como spoilers). 

A diferencia de lo horripilantes resultados de las comedias románticas recientes (Love In The Villa, Father Of The Bride, Book Of Love, Love Again), la cinta de Gluck, quien en el pasado unió a Justin Timberlake y Mila Kunis en la desastrosa Friends With Benefits, logra funcionar. Pero no del todo. Sweeney y Powell son dos criaturas jóvenes y hermosas, pero carecen de la química y nivel actoral de Julia Roberts, Meg Ryan, Sandra Bullock, Sarah Jessica Parker, Richard Gere, Hugh Grant, Matthew McConaughey o Billy Crystal, por nombrar a algunos de las reinas y reyes del género. La co guionista Ilana Wolpert (cuyos antecedentes los encontramos en High School Musical: The Musical), intenta hacernos reír de una manera desesperada y forzosa con situaciones escatológicas que involucran a Ben con las nalgas abiertas para que Bea busque una araña en su ano (algo que se logró de una manera mucho más divertida y sin arañas con Channing Tatum y Sandra Bullock en The Lost City); o con Bea mojándose el pantalón con el lavamanos en el baño del café, dando la apariencia de que se ha orinado (situación que evoca el caso de la cremallera de Ben Stiller en There’s Something About Mary). Luego trata de hacernos enternecer con Ben y Bea cantando Unwritten de Natasha Bedingfield y con Ben viajando en helicóptero para confesarle su amor a Bea, en un remedo poco impactante de la secuencia final de Bridget Jones’s Diary. Lejos de cumplir su cometido, estas situaciones terminan generando cringe, como dicen ahora los jóvenes. Y ni hablar de lo terriblemente edulcorado y estereotipado que es ese tercer acto que nos hace dejar de sentir cariño por la pareja. 

Eso no quiere decir que Anyone But You no posea momentos de encanto y magia, pero está lejos de ser Pretty Woman, When Harry Met Sally, Sleepless In Seattle o Four Weddings And A Funeral, y mucho menos puede pensarse como una buena adaptación de Shakespeare.

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