«Arturo a los 30», o cómo convertirte en actor de reparto de tu propia vida

En su segundo film como director y guionista, Martín Shanly también interpreta con sagacidad y humor a Arturo Flannigan, un tardío adolescente incapaz de sostener las riendas de su existencia

Por  BARTOLOMÉ ARMENTANO

octubre 9, 2023

Martín Shanly, director, actor, guionista y productor

El crítico musical Greil Marcus, hablando de Elvis Presley, afirmó una vez que toda cultura es capaz de producir una metáfora perfecta de sí misma. ¿Cómo luciría un millennial arquetípico para la Buenos Aires de los años 2020? Seguramente esté medicado, sin un trabajo estable y abatido por una crisis habitacional terrible que lo retiene en la casa de sus padres, comiendo fideos con la mano. Posiblemente sea queer y, de serlo, se encontrará soltero y lo padecerá, aunque se repita a sí mismo consignas sobre deconstruir mandatos románticos. Y en el mejor de los casos, intentará ser una buena persona, o algo parecido a eso, aunque su torpeza bienintencionada venga acompañada de altas cuotas de narcisismo, capricho e incapacidad de “asimilar grandes cambios y nuevas responsabilidades”.

Programada en la sección FORUM de Berlinale y galardonada en el BAFICI con el premio a mejor dirección, Arturo a los 30 es el segundo largometraje del cineasta bonaerense Martín Shanly (Juana a los 12). Esta película, una comedia elíptica contada a modo de diario, sigue a uno de esos adolescentes de treinta años, Arturo Flannigan (el mismo Shanly, en capacidad de actor), cuya maduración se paralizó en la edad en la que perdió a su hermano mayor. Cuando debe asistir a la boda de su ex mejor amiga, Arturo sufre un accidente que lo insta a recordar una serie de eventos significativos que acontecieron entre mediados de 2017 y principios de 2020, tiempo presente de la narración. Dice él: “Con el fin de darle algo de estructura a mi vida, decidí empezar a escribir un diario”.

Lo chistoso de Arturo a los 30 es que, aunque se permita varios brincos en su temporalidad, el ordenamiento del relato no se ve signado por una causación cronológica sino más bien por una lógica asociativa en la que los acentos, para variar, están puestos en la disolución de unas cuantas amistades; Shanly cuenta la juventud, y la estructura a partir de sus distanciamientos. En rigor, comprende aquello que Gerwig y Baumbach plasmaron tan bien en Frances Ha: que nuestra cultura jerarquiza a los vínculos fraternales muy por debajo de los familiares y los sexoafectivos, incluso cuando el fin de una amistad puede ser tan doloroso, y eficaz como motor dramático de una ficción, como el de cualquier noviazgo. Para un millennial, es el corroído de un sólido en tiempos de vinculación líquida. 

Es así como un detalle inesperado en Arturo a los 30 puede resultar en la digresión hacia algún pasaje que explica el alejamiento de Flannigan y el resto de sus afectos. Vemos el ensayo de una ex-cuñada dramaturga, el embarazo no deseado de una amiga y el viaje al sur en el que un chico trans saldrá del closet con su familia. Aun cuando estas secuencias aportan un cierto contexto a la soledad generalizada de Arturo, es curioso como casi ninguna de ellas lo tienen a él como su foco protagónico. Arturo es tan pasivo y tan colgado que, de a ratos, se vuelve un personaje de reparto en la película de su propia vida.

Otro aspecto loable en Arturo a los 30, lo que este filme abraza y tantas dramedias del indie nacional parecieran denostar, es el afecto de Shanly por el oficio del actor. Uno de los lugares más comunes en nuestro mumblecore es confundir sutileza con atrofia muscular, acaso el legado de displicencia que el cine independiente argentino malinterpretó en brechtianos como Rejtman (el tono recto de Silvia Prieto nunca tuvo nada de gratuito; reflejaba el cuelgue de una generación que perdía su identidad frente al avance de las multinacionales). El determinismo de Arturo a los 30, en todo caso, no apunta tanto a un sistema económico; la discreción de Shanly en su repertorio gestual se justifica más bien en el trauma de Arturo. Es lo que hace que el primer plano de una escena que involucra a un cisne de origami sea tanto más potente: la abulia precedente desarma con humor, y así la sensibilidad impacta de manera furtiva. Es un momento excelente en una muy buena interpretación (se luce igualmente Camila Dougall en el papel de Dafne, la recién casada). 

En las otras tareas de su rol cuádruple como intérprete, director, co-guionista y co-productor, Shanly maneja la misma sagacidad. El texto de Arturo a los 30, escrito junto a Ana Godoy, Federico Lastra y Victoria Marotta, está rigurosamente pensado, y también es muy gracioso. Arturo será incapaz de desenvolverse en situaciones sociales, e intentará convencerse de que crecer es lo mismo que trajearse, pero el círculo en el que se mueve, o la adultez que lo elude, tampoco es muy brillante que digamos. Allí, el humor de Arturo se torna más observacional, deteniéndose en la falta de autoconciencia ajena y entendiendo que hay situaciones lo suficientemente absurdas como para no necesitar de un remate. Porque si hay algo peor que transitar un duelo, es hacerlo y que se convierta en una performance alternativa para que se luzca Pilar Gamboa con una beca holandesa.

Y aunque el luto se evoque casi siempre de manera latente, sin que se explote como fuente de miserabilismo, a la larga reaparece en los modos menos esperados: en el autoboicot constante de Arturo, en los mecanismos espejados que tienen él y su hermana Olivia para exteriorizar el dolor (son familia, después de todo, y por ende capaces de los mismos papelones en las mismas fiestas), en la forma en que Arturo se fija incesantemente en el paso del tiempo como métrica frente a la cual siempre termina perdiendo (ya superó en edad a su hermano, y su soltería ya sobrepasó en duración a su último noviazgo).

Hay un motif adicional que reaparece constantemente en Arturo a los 30, absolutamente en línea con la idea de no sostener las riendas de la propia existencia, y es el de la conducción. “Este es un período de transición”, dice Shanly al principio, y su limbo entre la mocedad y la adultez, su pubertad #2 (Mitski dixit), se traduce en una serie de escenas en las que Arturo viaja a lugares, casi siempre con alguien más al volante, salvo en las instancias en las que tiene que oficiar de chofer para su hermana. Arturo a los 30 no tiene ni camiones ni tractores (Árbol dixit), pero sí hay vueltas en tren, y en auto y en bondi y en micro. Hay hasta viajes de ayahuasca, en la búsqueda desesperada por cierta dirección. A veces crecer es eso: irse bien lejos, sin saber a dónde, y terminar chocando siempre, figurativa y literalmente.

Es propio de una película tan inteligente como Arturo a los 30 que, a la pregunta de cómo cerrar una ficción sobre la falta de rumbo, no se la responda con certezas sino más bien con un chiste lento a la manera de Jacques Tati. En el instante en que nuestro héroe se corre un poco del estancamiento, el planeta entero se paraliza con el advenimiento de marzo 2020. Ahora que el mundo recobró su curso, y una nueva franja etaria está por ingresar a la productividad, solo queda aguardar a que los millennials de treinta agarren las cámaras y empiecen a narrar su credo particular. Arturo a los 30 confirma a Martín Shanly como uno de sus acuarelistas más sensibles. 

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