Crítica: La sinfonía de los bichos raros

Una cucaracha adolescente y su pandilla de criaturas excluidas encuentran una oportunidad para cantar, pero la película abandona pronto la fuerza de su premisa

Julián Camilo Duque  

/ Catalina Calle, Karla Lucía Cajamarca, Jarlyn Murillo, Jairo Pinzón, Valeria Wills, Jacques Toukhmanian y Luces Velásquez

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de TeleAntioquia

El cine para niños trabaja con una vara muy alta. Pixar, DreamWorks, Laika y Ghibli han demostrado que una película familiar debe impresionar, entretener, conmover y hablar de asuntos complejos sin subestimar a su público. En latinoamérica el ejemplo a seguir lo tiene el maravilloso universo chileno de 31 minutos, con una serie y dos grandes películas en su haber.  La sinfonía de los bichos raros parte de una idea prometedora: reunir a criaturas que no responden a los modelos habituales de belleza y convertirlas en protagonistas de una historia sobre la exclusión. 

Macha (Catalina Calle Rodríguez) es una cucaracha adolescente; entre sus amigos están Yei-Si (Karla Lucía Cajamarca), una araña rapera; Turbo (Jarlyn Murillo), un ciempiés grafitero; Caneca (Jairo Pinzón), un chulo con problemas estomacales; y Zary (Valeria Willis), una zarigüeya madre soltera. Su rareza podría abrir una conversación fértil sobre quiénes quedan fuera y quién decide qué merece ser celebrado.

La película, creada a partir del universo musical de Puerto Candelaria, sigue a Macha mientras intenta salvar la tienda de su padre, un hombre sapo (Jhon Fernando Ospina), y cumplir su sueño de convertirse en cantante. Para lograrlo, reúne a su pandilla y se inscribe con ellos en un concurso de talentos humanos. El salto de las canciones al cine de acción real, con criaturas caracterizadas mediante prótesis y maquillaje, le da al proyecto una identidad visual propia que no se debe demeritar.

El problema aparece cuando la historia deja en segundo plano la exclusión que parecía sostenerla y se acomoda a la estructura de Sing con un negocio familiar en peligro, un grupo de aspirantes a la canción y un concurso que debe conducirlos al triunfo. La película presenta a Macha como alguien apartada por su aspecto, pero explora poco lo que significa vivir con esa marca. Su madre murió (una ausencia que el guion despacha como parte del equipaje melodramático de la protagonista) y la relación con su padre no adquiere suficiente profundidad para darle peso emocional al conflicto.

La música tampoco logra mantener el impulso que debería mover la aventura. El score es entrometido y algunas canciones son pegajosas, pero la audición de la banda no convence y el desenlace depende de una aprobación que parece llegar por decreto. Barón de las Casas (Jacques Toukhmanian), el juez humano que detesta a los bichos raros debería pulsar el botón de eliminación apenas empieza la presentación; que las fuerzas por encima de él terminen aprobando al grupo deja una arbitrariedad que la película no convierte en una sorpresa graciosa ni emocionante. Para ser sinceros, la audición deja mucho que desear.

Los disfraces y la fotografía tienen encanto, y el trabajo de maquillaje ayuda a darles cuerpo a criaturas nacidas en canciones y espectáculos. Sin embargo, ese cuidado no alcanza para animar una narración que se siente demasiado larga, repite situaciones y encuentra pocos momentos de humor. El gag en el que el joven chulo se tira varios pedos provoca más asco que risa, como si la película confundiera la irreverencia con la escatología. Y estamos hablando de uno de los momentos más memorables.

La sinfonía de los bichos raros quiere celebrar la diferencia, pero termina pidiendo que sus personajes ganen un concurso para demostrar que merecen ser aceptados. Ahí se diluye su premisa más potente. La película puede atraer a los niños con sus canciones y sus criaturas, aunque su relato no sabe qué hacer con ellos. Para los adultos, la aventura resulta aburrida y agotadora. Los amigos se pelean, vuelven a ser amigos, el malvado juez es desenmascarado  y los bichos triunfan. La rareza está en la pantalla, pero la historia acaba cantando una melodía demasiado conocida.

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