Mariana Rondón: “De cada momento histórico de Venezuela teníamos una película”

La cineasta venezolana recorre una filmografía atravesada por la identidad, el exilio y la historia política de su país

octubre 21, 2026

Cortesía de Victor Idrogo

Mariana Rondón ha construido una de las filmografías más singulares del cine venezolano contemporáneo. Ganadora de la Concha de Oro de San Sebastián por Pelo malo, su trayectoria incluye títulos como Postales de Leningrado y Zafari. Ahora, rumbo a los ZYN Premios Rolling Stone en español 2026 y en el marco del BAM, la directora conversó sobre Aún es de noche en Caracas, codirigida con Marité Ugás, y revisa las experiencias personales y cinematográficas que han marcado más de dos décadas de trabajo.

A la medianoche y media ya mostraba personajes viviendo en un mundo al borde del colapso. ¿Qué había allí de la cineasta que eres hoy?

No me vas a creer. Esa película se filmó en La Guaira, el lugar que después quedó destrozado por el deslave. Incluso la canción que suena en la película parece describir lo que ocurrió después. Nosotros ya la habíamos terminado y tuvimos que suspender el estreno porque sucedió el deslave y la película estaba demasiado cerca de aquello.

Marité y yo la codirigimos. Ella viene de un lugar de Lima rodeado por el mar, donde siempre existe ese fantasma de que llegará una gran ola y se llevará todo. Jamás pensamos que algo así ocurriría en Venezuela.

Años después hicimos El chico que miente, dirigida por Marité, y regresamos a La Guaira diez años después del deslave. Filmamos entre aquellos edificios destruidos la historia de un niño que busca a la madre que perdió durante la tragedia. Ahora esos edificios volvieron a caerse. Da escalofríos.

Cortesía de Victor Idrogo

En Postales de Leningrado, la memoria política venezolana aparece a través de la imaginación infantil. ¿Por qué elegiste ese camino para hablar de algo tan doloroso?

Yo sentía que el momento político que estaba viviendo Venezuela no me era afín. La llegada de un gobierno militar no me interesaba y empecé a pensar que aquello podía haberse gestado desde los años sesenta, cuando mis padres fueron guerrilleros.

Mi mamá estuvo diez años en la clandestinidad. Cuando llegó la pacificación durante el gobierno de Rafael Caldera tuvo que volver a la cárcel, ir a juicio, y yo estuve con ella. Siempre pensé que algún día haría una película sobre eso.

De repente vi el contexto político y pensé que tal vez ese día en el que yo fuera lo suficientemente grande para hacer esa película nunca llegaría. Quise hablarles a mis padres y a mi familia desde el lugar más amoroso y respetuoso posible, porque ellos me inculcaron ideales hermosos. Postales de Leningrado fue casi una manera de decirles: “Hasta aquí llego yo con ustedes”.

Cortesía Prime Video

Pelo malo habla de manera muy poderosa sobre la identidad. ¿Qué descubriste haciendo esa película?

Más que sobre la infancia, descubrí algo sobre el cine y sobre el espectador. Las proyecciones de Pelo malo fueron de las experiencias más emocionantes que he vivido porque entendí que la película era capaz de ver al espectador incluso más de lo que el espectador veía la película.

Cuando la gente hablaba de ella, hablaba muchísimo de sí misma. Yo dejé deliberadamente algunas cosas abiertas para permitir que el espectador circulara por la película. Por ejemplo, nunca explicábamos exactamente qué había sucedido en Carnaval y la gente empezó a escribirme para contarme lo que, según ellos, había ocurrido. En realidad estaban proyectando sus propias historias.

Lo pienso como el experimento de Kuleshov: existe un tercer plano mental y emocional que pone el espectador. Eso ocurrió sistemáticamente en distintos países. Vi debates en Francia donde hombres y mujeres terminaban discutiendo sobre cómo debía ser una madre. La película funcionaba casi como una prueba proyectiva. Descubrí que Pelo malo era capaz de ver al espectador más de lo que el espectador estaba viendo la película.

Crítica: Zafari – Rolling Stone en Español

Entre Pelo malo y Zafari pasaron más de diez años. ¿Qué ocurrió?

Me quedé sin país, sin fondos, sin casa y sin pasaporte. Perdí todo. Pelo malo se convirtió en un fenómeno, se estrenó en salas de 34 países, pero después de ganar en San Sebastián y de unas declaraciones que hice, el gobierno venezolano comenzó a atacarme. Hubo amenazas y decidí que tenía que irme. Cuando salí de Venezuela ya no tenía fondos para filmar ni un país donde hacerlo.

Por suerte, como Marité es peruana, pudimos producir en Perú Contactado, que dirigió ella. Eso nos permitió seguir haciendo cine. Pero tuvieron que pasar todos esos años para que yo pudiera volver a dirigir.

Cortesía de Sudaca Films.

Zafari puede parecer una distopía, pero lo aterrador es que prácticamente todo lo que cuenta proviene de la realidad. ¿Por qué utilizar el género para aproximarse a ella?

Quedarme sin país, sin fondos y sin pasaporte me obligó a preguntarme qué me quedaba. Y lo único que tenía era el cine. También comprendí que tenía un territorio cinematográfico mucho más amplio que ese cajón que llamamos cine de autor.

Entonces pensé en el género. ¿Qué estaba haciendo el expresionismo alemán? Estaba hablando de una sociedad en la que los nazis estaban a punto de llegar. Yo sabía además que quería proyectar Zafari en Venezuela y tenía que disimular, pero dejando dentro de la película suficiente del dolor que estaba sintiendo.

Inicialmente era una comedia negra. Fui al encuentro de coproducción de Berlín presentándola así y funcionaba muy bien. Pero mientras rodaba y posteriormente durante el montaje sentí pudor. La realidad estaba demasiado cerca, era demasiado dura y violenta. No pude hacer comedia con ella.

Conoce los nominados de Cine y Series de los premios ZYN ROLLING STONE en Español 2026

¿Crees que necesitabas mayor distancia?

Sí. Zafari parte de un guion que tenía desde 2015 y terminé filmándolo en 2024. Aun así, estaba demasiado cerca emocionalmente. Muchas veces he pensado que era una película que debía hacerse dentro de diez o quince años, ojalá cuando todo esto haya terminado. Filmamos bastante comedia, pero durante el montaje fui quitándola, limpiándola. No tenía todavía la distancia necesaria para reírme de esa realidad.

Cortesía de Netflix

Hay algo casi profético en tu filmografía. Desde A la medianoche y media hasta Aún es de noche en Caracas, tus películas parecen acompañar diferentes momentos de la historia venezolana. ¿Tú también ves esa conexión?

Hace poco estuvimos en Oslo, en una conferencia política sobre Venezuela, y un hombre hizo un recorrido por los últimos 27 años del país. Marité y yo comenzamos a mirarnos: A la medianoche y media, Postales de Leningrado, El chico que miente, Pelo malo, Zafari, Aún es de noche en Caracas…

De cada instante histórico que él señalaba como un punto de quiebre nosotros teníamos una película. Sabíamos que hacíamos un cine relacionado con lo político, pero nunca habíamos entendido hasta qué punto nuestra filmografía estaba conectada con esa historia. De repente todo empezó a tejerse. Da escalofríos.

La identidad también atraviesa toda tu obra. ¿De dónde nace esa preocupación?

Yo nací con un karma de identidad. Mis padres estaban en la guerrilla y mi mamá bajó a Barquisimeto clandestinamente para darme a luz. Nací con un nombre falso. Tal vez comenzar la vida así sea kármico, porque después he tenido problemas constantemente con pasaportes, documentos e identidades.

Además, siempre he sentido que estoy en un lugar donde aparentemente no pertenezco. Vengo de una familia de negros y yo soy la blanca. Cuando llegué a la escuela de cine de Cuba me preguntaban de dónde era y, cuando decía Venezuela, me respondían: “Tú no pareces venezolana”. Siempre ha existido algo que me coloca en un lugar al que aparentemente no pertenezco, aunque yo lo sienta profundamente mío.

Ese problema de identidad adquiere otra dimensión con el exilio.

Claro. Yo no tenía otro pasaporte. Ese fue el drama de millones de venezolanos que estuvimos indocumentados. Durante años no tuvimos documentos y esa ausencia de identidad se convirtió en una violación fundamental de nuestros derechos.

Llegué a viajar pidiéndoles a los funcionarios de las aduanas que, por favor, pusieran el sello en una esquinita porque me quedaba una sola página del pasaporte. Después se venció y pasé muchísimo tiempo sin poder obtener otro.

La sensación es la de estar presa fuera de la cárcel. Estás encerrada por fuera. El desarraigo puede convertirse en un castigo terrible. La sensación de no tener pasaporte es la de estar presa fuera de la cárcel. Estás encerrada por fuera.

Crítica: Aún es de noche en Caracas – Rolling Stone en Español

¿Qué viene después de Zafari y Aún es de noche en Caracas?

Todavía todo está muy crudo. Terminamos Zafari y cinco días después comenzamos la preproducción de Aún es de noche en Caracas. Ha sido muchísimo y creo que necesito dormir un rato. Tenemos dos proyectos que estamos escribiendo, pero todavía es pronto para hablar de ellos.

¿Piensas volver a Venezuela?

Ojalá. Algún día. Ojalá se pueda.

Después de todo lo que has vivido, ¿sigues creyendo en la necesidad del cine político?

Sí. Ahora siento que existe en el cine una tendencia hacia volver a la ternura, y eso está muy bonito. Pero también pienso: ¿dónde están las cosas duras que están pasando? Hay que hablar desde ese lugar.

Necesitamos cine político y cine social, especialmente en Latinoamérica. No podemos perderlo. Yo jamás imaginé que iba a hacer cine político. Por venir de una historia familiar tan política, pensaba que iba a dedicarme a otra cosa.

Pero la vida se me puso por delante.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

CONTENIDO RELACIONADO

  • 00:00
00:00
  • 00:00