Crítica: 31 Minutos: Calurosa Navidad

El noticiero absurdo vuelve con una Navidad en pleno verano y un universo propio tan sólido que ya es parte del imaginario latinoamericano.

Álvaro Díaz y Pedro Peirano 

/ Pedro Peirano, Álvaro Díaz, Daniel Castro, Patricio Díaz, Karina Lizama, Julieta Venegas

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía Prime Video

Desde que apareció en la televisión chilena hace más de veinte años, 31 Minutos fue recibido como un chiste extraño: Un noticiero infantil conducido por títeres mal peinados que parecían surgidos de un taller escolar. Al inicio fue inevitable compararlo con Los Muppets. La idea era similar, las dinámicas eran parecidas y el humor absurdo podía confundirse con calco. 

Pero bastaron los primeros episodios para notar que debajo del parecido había otra cosa: Una mirada crítica disfrazada de tontería, un humor seco e inteligente y una galería de personajes cuyo encanto venía de su mediocridad orgullosa. Juanín, el empleado explotado, siempre al borde del colapso; Tulio, el narcisista, siempre creyéndose el mejor sin motivo; Bodoque, el apostador compulsivo con aires de superioridad, explicando temas complejos con apatía y cinismo. Y no hablemos de las canciones. En ese caos nació una identidad única que ningún otro programa latinoamericano ha replicado.

Esa identidad que se mantuvo por 4 temporadas dio pie a su primer largometraje, 31 Minutos: La película (2008). Era una aventura inocente, ligera y muy graciosa que extendía la dinámica televisiva sin perder el humor ni la torpeza que definían al equipo. No era perfecta, pero entendía bien lo que hacía que 31 Minutos funcionara: personajes desastrosos lanzados a una trama demasiado grande para ellos. La cinta inyectó emoción sin traicionar el tono y dejó la sensación de que el universo del programa podía crecer sin perder autenticidad.

Diecisiete años después, llega 31 Minutos: Calurosa Navidad, una propuesta más ambiciosa que ya no se sostiene en el choque entre los títeres y el mundo real, sino en un universo enteramente poblado por ellos. La historia adapta el show navideño que el equipo ha presentado por Latinoamérica y lo transforma en un especial cinematográfico con ritmo ágil, humor constante y un encanto que se sostiene incluso cuando el guion pisa terreno conocido.

La trama lleva al elenco a Titirilquén, un pueblo sofocado por una ola de calor que amenaza con arruinar la Navidad. Bufandina Escarcha anuncia que Santa no podrá visitar la ciudad por miedo a que los renos se derritan. Patana, la joven voz de la sensatez, propone una misión desesperada y, como siempre, Bodoque es quien termina asumiendo la misión. El conejo rojo de voz grave se embarca en un viaje que mezcla errores geográficos, apuestas absurdas, guiños a películas navideñas y la eterna promesa de que esta vez sí se comportará. Mientras tanto, en el pueblo, Mario Hugo asume el rol de maestro de ceremonias con la convicción de que fue “Señor Navidad” cuando niño, aunque queda claro que nunca organizó nada en su vida. Sus intentos torpes por montar un espectáculo llenan la película de los mejores momentos cómicos.

La cinta mezcla lo nuevo con lo familiar. Recupera la estructura clásica de “Bodoque mete la pata, todos lo quieren ayudar, y la Navidad pende de un hilo”, pero actualiza el enfoque con escenas musicales remasterizadas y un nivel de producción que sorprende. Ese desfile de figuras del universo 31 Minutos, desde Bombi el zombi hasta Guaripolo, funciona como homenaje sin sentirse forzado (aunque se extrañan personajes como el Sr. Manguera, Rosario Central, Balón Von Bola, Ténison, Calcetín con Rombos Man, Raúl Guantecillo, Jackson Aceituno, Cósimo Gianni, Carla Rubio, El Presidente Oso, Pato “Tengo Miedo”, Dios, Sopapiglobo y Chico Terry)

Y aun así, hay un giro que merece atención. Esta película se acerca más que nunca al territorio de los Muppets. No solo por ser un especial navideño lleno de números musicales, escenarios construidos y una trama donde los protagonistas deben montar un show para salvar el día. También por la calidez emocional que recorre la cinta y por el énfasis en la convivencia. No es una copia, pero las resonancias son tan claras que cualquier fan sentirá el parentesco. Lo curioso es que esa cercanía funciona como reflejo. Después de que durante años se le acusara de imitar a los Muppets, 31 Minutos vuelve a ese mundo desde un lugar distinto, ahora con un estilo tan definido que la comparación no lo empequeñece.

La presencia de Hielito, el muñeco de nieve construido por Juanín, añade el toque dulce y emocional que equilibra el caos. Es el personaje pensado para los niños más pequeños, tal vez demasiado ingenuo y cursi para los adultos, pero funciona como contrapeso cuando todo parece irse a pique. Y por supuesto, está Julieta Venegas, cuya participación musical es tan natural que parece haber sido parte del programa desde siempre. Su interpretación de “Mi muñeca me habló” junto a Flor Bovina (personaje inspirado claramente en ella) es uno de los puntos altos de la película.

Si algo se extraña, es la dinámica original del programa con los títeres interactuando con personas reales en espacios cotidianos, una mezcla que hacía que el absurdo se potenciara. Aquí, al estar todo contenido en un mundo fabricado, se pierde un poco esa chispa. Pero la película compensa con creatividad visual, colores vibrantes, escenarios detallados y una energía que no decae.

31 Minutos: Calurosa Navidad no busca reinventar el cine ni sorprender con giros inesperados. Busca ser fiel a su espíritu de humor torpe, canciones pegajosas, personajes que fracasan con gracia y un mensaje que nunca se vuelve sermón. Como especial navideño, cumple con creces. Como obra dentro del universo 31 Minutos, confirma que este universo tiene vida para rato (su puesta teatral de Don Quijote y su reciente Tiny Desk han sido éxitos rotundos).

Diez años atrás la pregunta era si 31 Minutos podía sostener una película. Hoy la duda es otra: ¿por qué no hacen más?

Tráiler: 

CONTENIDO RELACIONADO

No se han encontrado notas relacionadas de la última semana.
  • 00:00
00:00
  • 00:00