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Teto Ocampo, en palabras de Richard Blair

“Teto estaba en un camino espiritual”, escribe el legendario productor para recordar a su amigo, y ha escogido este espacio para publicar este homenaje.

Por  RICHARD BLAIR

diciembre 12, 2023

Ilustración: Santiago Sanabria Uribe

Si usted sabe algo de la buena música colombiana que se ha hecho en las últimas décadas, más allá de las baratijas que abundan en el mainstream, entonces usted sabe quién fue Teto Ocampo, y sabe muy bien quién es Richard Blair.

Hoy debemos tener en cuenta que Teto fue parte de la banda en el álbum Camino al sol, del dominicano Vicente García, y se convirtió en una presencia inspiradora. El disco (producido por García y Blair) acaba de ganar el Grammy Latino como Mejor Álbum Folclórico, y Vicente dedicó el premio a Teto en la ceremonia, que tuvo lugar en Sevilla.

Este texto refleja la forma en que el productor británico recuerda al músico que ayudó a cambiarlo todo; así era el artista que nos ayudó a entender un poco lo que somos, iluminando muchos caminos que nos convendría recorrer:

Ernesto Dumas Ocampo Yepes – AKA Teto

Abril 29 de 1969 – Septiembre 26 de 2023

“¿Cómo sintetizas la vida de un hombre? ¿Cómo hacerlo más allá de la impresión que él dejó en mi vida? Más allá de los recuerdos que tengo, más allá de lo que creo que ese hombre llegó a ser…

Quiero tratar de hacer esto bien porque él era mi amigo, y yo lo amaba como a un hermano, pero él era un hombre complejo, una gran figura, y en las últimas semanas se ha sentido cierto asombro en medio del dolor, del shock y la pérdida. Él tocó a muchas personas, llegó directamente a sus corazones y marcó una diferencia para cada una de ellas. ¿Cómo pudo lograrlo? Hasta el final hubo algo enigmático en él; una especie de poder generoso y desinteresado que nos aferró a los valores más elevados. Era algo esquivo, difícil de alcanzar, algo que él podía expresar a través del sonido, pero eso no lo explica por completo. ¿Fue una actitud? Bueno, de eso hubo mucho, pero tal vez su hijo, Pedro, tenía razón cuando dijo que todo era cuestión de estética.

Bajémoslo un poco: Teto supo desde niño que la música era el lenguaje que iba a utilizar. Era un músico con dotes prodigiosas, a la altura de lo mejor que he oído jamás. La habilidad técnica para tocar la guitarra fue algo que dominó desde muy joven. Cuando él llegó a la mayoría de edad, Colombia era un país paria, aquí nadie venía y muchos se vieron obligados a marcharse.

Había una violencia terrible en la guerra entre las guerrillas de izquierda y el Estado, complicada aún más por los despiadados paramilitares y las todopoderosas bandas de narcotraficantes. Es difícil transmitir el sentimiento de inseguridad en torno a la percepción que Colombia tenía de sí misma: el país estaba cerca de convertirse en un Estado fallido.

Parecía haber pocas posibilidades para que un joven músico encontrara su camino en términos comerciales, pero quizás no había nada que perder si se tomaba el camino opuesto, el regreso a una música de raíz, tan pura como es posible, protegida y preservada por su propio aislamiento.

A Teto lo conocí en 1994, siendo parte del equipo que el actor y cantante pop Carlos Vives había formado para realizar un movimiento audaz y visionario: una celebración de la música folclórica colombiana, hecha con toda la actitud de una banda rocanrolera y callejera; más cercana a Alejo Durán que a Jorge Oñate. Teto fue el director musical, y el disco La tierra del olvido pasó a ser parte de un boom cultural que ninguno de nosotros creía posible. En aquel momento nadie tenía expectativas más allá de la alegría de crear algo nuevo. Todo estuvo marcado por una actitud pura y humilde. El compositor principal del disco fue Iván Benavides, los dos formaron Bloque y firmaron con el sello Luaka Bop de David Byrne.

Un crítico estadounidense dijo que había visto “el futuro del rock & roll”, pero esta era una banda con más “roll” que “rock”, tenía una especie de swing latino universal. Se dirigían hacia grandes cosas, pero era una de esas agrupaciones destinadas a brillar sólo brevemente.

Teto no tenía ni siquiera 30 años cuando ya había tocado en los grandes escenarios de América Latina, realizado giras por Estados Unidos y marcado algunos hitos culturales importantes. Pero las señales estaban ahí. No le interesaban la fama ni el dinero. Quería seguir adelante, escuchando y aprendiendo de la tradición y la innovación, dondequiera que pudiera encontrarlas.

Él cambió de rumbo en una decisión consciente hacia una nueva vida para investigar, tocar y enseñar, para convertirse plenamente en el alma generosa que era, un hombre de curiosidad incansable, impulsado a llegar al corazón de las cosas y contarnos lo que había encontrado allí.

Fotografía por Alex Gifford – Cortesía de Real World

Aunque había tocado en los discos desde el principio, se unió a Sidestepper a tiempo completo en 2005. El trato era que podía tocar lo que quisiera, el comodín era la única carta que yo podía ofrecerle. Esta era una banda de baile, y él era un músico con un sentido demencial del ritmo. Me encantó la vibra que compartimos, no era necesario ningún esfuerzo. Por momentos sólo podía sentir asombro, mientras él me volaba la cabeza con algún riff exquisito, que después de siete compases y medio ya se estaba transformando en algo más. Cada concierto fue diferente. La verdad es que él me convirtió en un mejor músico, como si fuera un espíritu libre que nos infundiera posibilidades a todos.

Fue una buena compañía durante las giras, era muy divertido, con ese tono cálido, pero cínico, de un verdadero romántico. Era tolerante con todas las travesuras habituales de los viajes y las trasnochadas. A menudo yo me sentía como si fuera su hermano menor, el nerd, tratando de llevarlo a tiempo al concierto, preocupándome mientras él fumaba en dirección a una ventana abierta en una habitación para no fumadores. Creo que disfrutaba estar de gira sin tener que ser lo que él llamaba “el entusiasta”, el líder de la banda. Se tomaba su tiempo para leer y comer bien, recuperar el sueño y simplemente estar.

Siempre estuve aprendiendo sobre música de él, y nunca dejó de evolucionar. Realmente llegué a conocerlo como músico durante esos años con Sidestepper. Lo que es difícil de expresar con palabras es que él no se limitaba a la guitarra líder, o a la guitarra rítmica, estaba también la armonía. Podía hacerlo todo a la vez, con tanto color y luz, que llenaba la música de un brillo etéreo.

No llamabas a Teto como a cualquier músico de sesión. Cuando él venía a mi pequeño estudio era, ante todo, la visita de un amigo. Encendíamos una vela y hablábamos. Horas de eso, hasta que finalmente decía, “¿Qué pasa con este tema, pues?”. Una pasada para tener una idea, un par de tomas más, y listo. Dejaba su guitarra a un lado y terminábamos nuestra charla. Era una forma zen de grabar. Tres horas en el estudio, diez minutos tocando y la canción se transformaba. No era tanto una grabación sino una intervención.


La música es para la sanación, un regalo para honrar el mundo natural, la creación conjunta entre el espíritu y lo material; una afirmación de la única conciencia, gentil y gratuitamente dada. Un código para el conocimiento de la vida.


Él era un purista, y a algunas personas eso les resultaba difícil. No estaba dispuesto a negociar, y siempre admiré ese coraje para buscar la verdad sin importar las consecuencias. Lo hacía con amabilidad, con un gran corazón, porque él estaba comprometido con este camino hasta el final; quedaba “libre después del desayuno” y tocaba música con amigos, su casa tenía las puertas abiertas, y fue escenario de apacibles conciertos, charlas y rituales; era el centro de una comunidad.

Teto se acercó a los pueblos indígenas de aquí, a los Nasa del sur y, en años posteriores, a los Arhuaco de la Sierra Nevada de la costa caribeña. Por fin había maestros espirituales que podían decirle de dónde venía la música y para qué servía. En lengua arhuaca no existe una palabra para “músico”, no necesitan ese tipo de definición; piensan más en términos de hermanos, madres, hijos e hijas, seres humanos. La música es para la sanación, un regalo para honrar el mundo natural, la creación conjunta entre el espíritu y lo material; una afirmación de la única conciencia, gentil y gratuitamente dada. Un código para el conocimiento de la vida.

Formó una banda llamada Mucho Indio, y encontró su voz más auténtica: melodías indígenas milenarias tocadas con flautas, semillas y guitarras, incluso algo de electrónica. Es música gloriosamente sana y sanadora, arraigada, antigua y moderna, pero usó una sola palabra para describirla: “Paleofuturista”.

Teto fue un pensador, un teórico; quería entender qué hacía buena la música y por qué tenía un impacto emocional. Pasó su vida estudiando, pero se dio cuenta de que había entendido las reglas y lo único que le quedaba era dejarlas ir. La música surge de toda una cosmovisión que comienza en una relación armoniosa con la tierra, con nuestros seres queridos y las comunidades en las que vivimos.

Quizás lo que había estado buscando a través de la música era sólo un impulso hacia algo más elevado. Teto estaba en un camino espiritual, era un devoto, un adepto, y la música se había vuelto casi secundaria, era el sonido del camino más que un destino.

Había cierta fricción entre esta forma de vida y las exigencias prácticas de un músico; las redes sociales y la autopromoción, un escenario del tamaño de un hangar de aviones, el volumen atroz de un concierto moderno. Hablábamos mucho de todo eso. Sin embargo, sin participar más de lo realmente necesario, fue muy influyente, un pionero del asombroso resurgimiento musical en Colombia. Su legado es, y será, enorme, y no necesariamente será el resultado de los discos vendidos o grabados, tal vez no los necesitaba. Era más feliz tocando ante 30 personas, cuando podía escuchar cada matiz y textura, bajo un árbol o junto a un río, donde la música flotaba en el viento de regreso al silencio de donde venía”.

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Texto original en inglés por RICHARD BLAIR