El 10 de agosto de 1996, hace exactamente 30 años, Oasis llegó a Knebworth Park para ofrecer uno de los conciertos más importantes de su carrera y, con el tiempo, uno de los momentos definitivos de la historia del rock británico. Al día siguiente, la banda volvería a subir al escenario frente a otra multitud. En total, cerca de 250.000 personas asistieron a las dos fechas para ver a Liam Gallagher, Noel Gallagher, Paul Arthurs, Paul McGuigan y Alan White en el punto más alto de su ascenso.
Knebworth no fue simplemente un concierto multitudinario. Fue la consecuencia natural de una escalada que, en apenas unos años, había convertido a Oasis en la banda más grande del Reino Unido. Desde la publicación de Definitely Maybe en 1994, el grupo de Manchester había pasado de tocar en clubes pequeños a encabezar festivales y llenar estadios. Pero fue What’s the Story Morning Glory?, publicado en octubre de 1995, el disco que terminó de transformar esa popularidad en un fenómeno masivo.
Canciones como ‘Wonderwall’, ‘Don’t Look Back in Anger’, ‘Champagne Supernova’ y ‘Some Might Say’ habían convertido a Oasis en algo mucho más grande que una banda asociada al britpop. Su música estaba en todas partes y los hermanos Gallagher se habían convertido en protagonistas permanentes de la conversación cultural británica. Knebworth fue, en muchos sentidos, la materialización física de ese fenómeno.
La escala del evento era difícil de imaginar incluso para los estándares de los grandes conciertos de la época. Más de dos millones y medio de personas solicitaron entradas, pero solo unas 250.000 pudieron asistir. El escenario fue construido especialmente para las presentaciones y el recinto de Knebworth Park se transformó durante aquellos dos días en una enorme celebración de la cultura británica de mediados de los noventa.
El cartel también ayudaba a dimensionar el momento. Oasis estuvo acompañado por artistas como The Charlatans, Manic Street Preachers, The Prodigy, Ocean Colour Scene y Kula Shaker, entre otros. Pero todo estaba diseñado alrededor de una sola idea: Oasis era la banda del momento y Knebworth era su gran coronación.
La presentación del 10 de agosto comenzó con ‘Columbia’ y continuó con un repertorio que recorría los dos primeros discos de la banda. ‘Acquiesce’, ‘Some Might Say’, ‘The Masterplan’, ‘Wonderwal’’ y ‘Whatever’ formaron parte de una noche que terminó con ‘Champagne Supernova’ y ‘I Am the Walrus’. Al día siguiente, el grupo repitió prácticamente el mismo recorrido ante otra multitud.
Más allá del tamaño del público, lo que convirtió a Knebworth en un acontecimiento histórico fue el momento en el que ocurrió. Oasis todavía estaba en la cima. La tensión entre Liam y Noel Gallagher que posteriormente marcaría buena parte de la historia de la banda aún no había alcanzado sus niveles más conocidos, mientras que el grupo todavía conservaba la sensación de peligro, arrogancia y espontaneidad que había definido sus primeros años.
También era el momento en que el britpop alcanzaba su máxima expresión. Oasis había sido colocado en el centro de una rivalidad mediática con Blur, pero para cuando llegó Knebworth la conversación ya había trascendido aquella competencia. La banda había conseguido algo más difícil: convertir canciones de rock en himnos generacionales.
Tres décadas después, las imágenes de Knebworth conservan precisamente esa dimensión. Liam Gallagher frente a una multitud que parece extenderse hasta el horizonte, Noel tocando la guitarra mientras miles de personas cantan cada palabra y una banda que todavía parecía estar descubriendo hasta dónde podía llegar. Es el registro de Oasis antes de que la historia comenzara a desmontar aquella versión de sí misma.
Knebworth tampoco fue el final de Oasis, aunque con el paso del tiempo adquirió inevitablemente ese carácter de punto culminante. La banda continuaría grabando discos, llenando escenarios y atravesando cambios de formación durante más de una década, hasta su separación en 2009. Pero nunca volvería a ocupar exactamente el mismo lugar cultural que había alcanzado durante aquel verano de 1996.
En 2026, 30 años después, Knebworth permanece como una fotografía de un instante irrepetible: el momento en que Oasis dejó de pertenecer únicamente a sus seguidores para convertirse en parte de la historia del rock. Porque pocas bandas han tenido la oportunidad de mirar desde un escenario hacia una multitud de ese tamaño y saber, incluso en ese momento, que estaban viviendo algo que probablemente nunca volvería a repetirse.


