Los dedos llenos de tinta. No, no había tocado “el pianito” en ninguna comisaría. Claudio Kleiman se había pasado muchas horas, abrochando manualmente buena parte de los diez mil ejemplares que conformaban la tirada de la primera edición de la revista Expreso Imaginario, la publicación que se volvería un símbolo del periodismo contracultural en la Argentina, y que llegó a los kioscos porteños el lunes 6 de agosto de 1976, hace exactamente 50 años. “El número uno se imprimió en un taller que se llamaba Paladino, en la calle Maturín del barrio de La Paternal. La tecnología que tenían daba para la impresión de las hojas y de la tapa (que era en papel satinado a color), pero no tenían para el abrochado. Durante todo un día, todos los integrantes del equipo del Expreso Imaginario nos reunimos ahí y abrochamos a mano los 10.000 ejemplares en que consistió la tirada de ese primer número”, evoca Kleiman, entonces periodista cachorro, y hoy una de las plumas más célebres de Rolling Stone y del periodismo musical latinoamericano.
Kleiman transmite la emoción al ver plasmadas algunas de sus primeras notas. “Había una a toda una página sobre un recital en el Luna Park bajo el título ‘11.000 personas, una fiesta’, y críticas de discos de Neil Young y Bob Dylan, que fueron elogiadas por Charly García. Es inolvidable. En medio de pasar las hojas y abrochar, abrochar, abrochar… Me tuve que ir un poco antes de que termináramos porque tenía que ir a atender la disquería que tenía con mi hermano en Flores. Recuerdo el clima de ensoñación cuando salí de ese taller con todas las manos entintadas, una experiencia que nunca voy a olvidar”.
El Expreso fue, para sus redactores, pero también para sus lectores, una experiencia que trascendía el periodismo. “Hacer el Expreso marcó un antes y un después en mi vida”, explic el benemérito Alfredo Rosso, otro de los cronistas cachorros, devenido (igual que Claudio Kleiman) en Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. “Fue allí donde me di cuenta, con el contacto diario con Jorge Pistocchi, Pipo Lernoud y los demás integrantes de la revista, dónde estaba mi verdadera vocación. Me di cuenta de que en el Expreso había gente que manifestaba la voluntad de vivir una vida sin que nadie le escribiera el libreto, independientemente de lo que pensaran sus padres, sus maestros o los gobernantes de turno”.
Rosso tan solo 20 años tenía. “Aacababa de salir de la ‘colimba’ —donde conocí a Kleiman— y el Expreso empezó dos meses después. Al mismo tiempo que empezaba a escribir en la revista, debutaba en radio con Fernando Basabru en el programa Viento a favor y empezaba a trabajar en el sello Music Hall editando discos internacionales. Al entrar al Expreso me incliné definitivamente hacia el periodismo, y aunque hice centro en el periodismo musical, siempre sentí que mis intereses iban mucho más lejos, como los de toda la gente que trabajaba en la revista y nuestros propios lectores”.
El mencionado Basabru fue otra de las grandes plumas del Expreso. Y fue quien advirtió a Claudio Kleiman sobre la existencia de un emergente (casi desconocido) grupo de la ciudad de La Plata, con el extrañísimo nombre de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Hacia la ciudad de las diagonales fueron Kleiman y Basabru, y volvieron fascinados. Kleiman ostenta el orgullo de haber sido el primer periodista en escribir sobre esa troupe de delirantes que terminarían transformándose en el fenómeno artístico, político y social más extraordinario de la historia argentina. Los Redondos le dedicaron a Basabru, que falleció a comienzos del nuevo milenio, el que sería su último disco de estudio, Momo Sampler. “Dedicado a Fernando Basabru que desfilo en el alegre séquito de Momo cuando era un ejército imparable”, puede leerse en el booklet del álbum editado a fines de 2000.
“La experiencia del Expreso la recuerdo como una experiencia de iniciación en todo sentido de la palabra”, reflexiona Kleiman. “Fueron mis inicios en el periodismo y fue una experiencia iniciática porque empezar con una publicación de esa magnitud y con gente tan grosa —los que están son mis amigos hasta hoy y los que no están fueron mis amigos también durante toda la vida— fue conmovedor. Por supuesto en lo profesional, pero especialmente en lo existencial. El Expreso me cambió la vida. Compartirlo con la gente que conformábamos aquel equipo inicial como Jorge Pistocchi, Pipo Lernoud, Alberto Ohanian que era el editor, el queridísimo “Negro” Fontova, Uberto Sagramoso, José Luis D’Amato, Fernando Basabru y Alfredo Rosso, que eran con los que hacíamos la parte de música... A través de la labor en el Expreso inicié amistades perdurables con León Gieco, Claudio Gabis, Gustavo Santaolalla y Charly García. Fue una experiencia esencial”.
Para entender la magnitud del Expreso, es imprescindible leer Estación Imposible. Expreso Imaginario y el periodismo contracultural, de Sebastián Benedetti y Martín E. Graziano.
“En esos días oscuros de la dictadura militar, el Expreso Imaginario fue una resistencia periodística y cultural indivisiblemente ligada a la búsqueda existencial de quienes lo hacíamos. Esa sensación de querer ser libre, de dejar atrás el temor reverencial a los dictámenes de las generaciones previas y todas esas ataduras. La cultura rock nos había dado una pista para salir de ese encierro, y trabajar en el Expreso compartiendo esa visión me afirmó en mi camino”, evoca Rosso. “En el correo de lectores se percibía claramente que la revista era un oasis en el desierto de la dictadura, que entre otras cosas perseguía a las formas de cultura que se podían apartar del modelo mesiánico que trataban de imponerle al país. La cultura rock y otras artes reflejadas en el Expreso —como el teatro alternativo, el cine alternativo, la plástica y la poesía— en una época en que prácticamente ninguna publicación de kiosco mostraba ese tipo de manifestaciones, hizo que mucha gente a lo largo y ancho del país se sintiera identificada”.
Los recuerdos de Rosso marcan el clima de aquellos años: “Cualquier expresión cultural entre 1976 y 1983 era también una expresión de resistencia. Hacer poesía, literatura, teatro, cine o música era una forma de oponerse a esa cerrazón que quería imponerse por la fuerza, a ese modelo castrense de la vida cotidiana. Lo resistíamos como podíamos: hablando con eufemismos y tratando de que la gente asociara las notas que escribíamos con un mundo diferente que existía y que era posible. Fue nuestro granito de arena para resistir a la prepotencia de la época”.
Kleiman concuerda: “Era un espacio de la cultura rock donde en esa época estábamos todos del mismo lado: los lectores, los artistas y los periodistas. El Expreso le dio un espacio de nucleamiento y de difusión que era muy necesario. En plena dictadura no había ningún otro medio y para la gente era importantísimo. Así como a los artistas algunos les dicen ‘esa canción me salvó la vida’, a nosotros también nos han dicho con el correr de los años muchos lectores que el Expreso consiguió salvarles la vida, porque los hizo sentir que no estaban aislados ni solos en sus casas, que no eran los únicos que se sentían de esa manera a contramano de todo el terror imperante. El hecho de que haya sido durante la dictadura hizo que nos aglutináramos todos los que estábamos del mismo lado: éramos claramente ‘nosotros contra ellos’. Cuando nos planteamos hacer la revista, antes de que saliera, queríamos que los músicos, los artistas y el público la sintieran como suya, y lo conseguimos. En otras revistas tenían una cuestión muy crítica, bajaban línea y a algunos artistas les hacían la vida imposible, mientras que en el Expreso, aun cuando nuestras críticas eran bastante afiladas, siempre los músicos lo sintieron como un espacio propio”.
Las notas más emblemáticas
Alfredo Rosso y Claudio Kleiman tienen un recuerdo especial de algunas de las notas que publicaron en esas páginas. Dice Rosso: “Entre las notas mías que recuerdo como hitos, primero quiero citar la nota de punk, porque fui uno de los primeros en la publicación que se interesó en ese proceso y en toda la transformación que esa música iba a traer. Hice una nota gigante hablando del movimiento punk en Inglaterra, de la génesis del movimiento en Nueva York y de todo lo que había sucedido con las principales bandas en ambos costados del Atlántico. Otra nota que quiero muchísimo es el reportaje a Luis Alberto Spinetta en la época de Kamikaze. Era un momento muy difícil porque estábamos en medio de la guerra de Malvinas. El ‘Flaco’ contestó muy emocionalmente acerca de cómo se había hecho el disco y aproveché para preguntarle por un álbum que siempre fue un misterio para mí y que él me aclaró con lujo de detalles: Spinettalandia y sus amigos (1971). Todas las reflexiones de Luis Alberto sobre su época, sobre ese momento de la historia del país y lo que se venía después fueron muy lúcidas. Me sentí muy contento de haber estado a cargo de esa nota”.
Kleiman, por su parte, también tiene un lugar especial para sus recuerdos. “Hay unas cuantas. Por ejemplo, una con Los Jaivas que se llamó ‘El planeta es un ser respetabilísimo’. La recuerdo como una nota muy importante por lo que significó para mí meterme en su mundo —un grupo que, aún a 50 años de esa experiencia, todavía se encuentra en actividad y son una especie de mito viviente en Chile—. De las notas tituladas ‘Se cuenta todo’, donde un artista recorría toda su vida, recuerdo especialmente las de León Gieco y Gustavo Santaolalla: notas muy extensas que implicaban varios días de convivencia con los entrevistados”. Y la lista sigue: “Después recuerdo la nota de Dylan del número 12, que fue la primera nota extensa recorriendo toda su carrera que se hizo sobre Bob Dylan en nuestro país. Recuerdo las dos notas a Charly García que fueron tapa: una con el Expreso en formato grande de primer año y la otra donde está con un cigarrillo en la era con Pettinato como director, que son notas muy citadas en los libros que se han escrito sobre Charly. Por supuesto, recuerdo ‘Es verdad que aunque usted no lo crea, entrevistamos a Patricio Rey’, que fue la primera nota que se hizo con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (además de dos reseñas de conciertos que había hecho previamente) y la única vez en la vida que Patricio Rey dio una nota”.
Aunque estaba centrada en la Cultura Rock, el universo musical iba de Astor Piazzolla y Atahualpa Yupanqui a Rubén Rada, los hermanos Fattoruso, Egberto Gismonti y Hermeto Pascoal.
“Éramos conscientes de que estábamos haciendo una cosa muy importante, que no había sido hecha antes y que, en el contexto en que lo estábamos haciendo —la Argentina en plena dictadura cívico-militar—, redoblaba su importancia. Le poníamos alma y vida a la publicación, dejábamos todo lo que teníamos. Hacíamos el esfuerzo por hacer las mejores notas que pudiéramos y no teníamos calendario: si había que quedarse tres días sin dormir haciendo una nota o porque se venía un cierre, lo hacíamos. Algunos cierres eran experiencias realmente heroicas por el esfuerzo que involucraban”, evoca Kleiman. “Distinto es verlo con el diario del lunes. Nadie podía ser consciente de lo más lindo a lo que uno puede aspirar: que esto perdure en el tiempo, que la gente se acuerde, que les haya transformado la vida y que a 50 años todavía te la sigan mencionando. Sigue siendo significativa no solo para nuestros contemporáneos que compraban la revista o la leían, sino también para sucesivas generaciones a las que les fueron llegando los ecos del Expreso Imaginario y que reconocen esa patriada”.


