Han sido días caóticos y ajetreados para Dillom. Pero, tratándose de él, una pizca de euforia y excitación claramente no puede quedar fuera de la ecuación. Directamente desde Buenos Aires, Argentina, el músico llegó a la Ciudad de México, donde nos encontramos para tener una buena plática y empaparnos de la excentricidad y euforia que hoy define su nuevo álbum de estudio, La Nueva Violencia.
Este nuevo disco es mucho más que encontrarnos con un Dillom sin caretas ni personajes. Hoy ya no estamos frente a una fantasía que sostiene el concepto, los pensamientos, la filosofía y los ideales de su obra, como sucedía en Por cesárea (2024). Esta vez hablamos y escuchamos directamente a su mente y a su alma, acompañadas por un sonido, una lírica y una producción envolventes que nos sumergen en la hiperfijación que conforma este nuevo trabajo. A través de 13 canciones y un interludio de su padre, su consciencia nos revela las razones, circunstancias y experiencias que lo hacen sentirse estimulado por la saturación y el vértigo de la modernidad.
Algunas de estas ideas pueden entenderse como un rechazo a la contemporaneidad: a la manera en que vivimos, a lo que consumimos y, sobre todo, a aquello que termina consumiéndonos. Claro que todo esto está conformado por su distintivo de ironía y humor. Sin embargo, Dillom también es parte de este sistema y de esta sociedad, y no parece molestarle del todo. Sí. Es una contradicción enorme. Pero justamente esto nos lleva a La Nueva Violencia. Bienvenidos.
“Dentro de todo lo que conforma las circunstancias de mi vida, me siento bastante común, en el sentido de la sencillez, sobre todo frente al mundo que me rodea. Tengo la suerte de tener los pies sobre la tierra, digo yo. Eso, de todos modos, lo podrán juzgar los demás”, asegura entre risas al preguntarle cuándo comenzó a distanciarse del espectro socialmente aceptado para la realización de este disco.
Y es que esta declaración parece navegar en una de sus tantas contradicciones. No forma parte de la ‘Gente Común’ —la canción lo deja más que claro—, pero, paradójicamente, la modestia parece ser una de las características que más reivindica. Dillom nos habla de su relación con la fama desde ese lugar contradictorio: reconoce sentirse una persona especial y privilegiada, pero procura desenvolverse con la mayor naturalidad posible y evitar que su condición de figura pública determine por completo su manera de vivir. Al mismo tiempo, es consciente de que la fama trae consigo ciertos privilegios que aprovecha, pero también consecuencias que debe asumir. Ambas dimensiones conviven en su experiencia: por un lado, el reconocimiento de aquello que lo hace diferente; por otro, el deseo de no sentirse ajeno a una vida cotidiana y, en apariencia, normal.
Este disco no solo tiene su génesis en la filosofía que hoy lo representa, sino también en el deseo de crear la música que no encuentra en el mercado y que a él mismo le gustaría escuchar. Para hacerlo, sin embargo, había que partir de algún lugar y asumir un costo: convertirse, de alguna manera, en la antítesis de aquello que hoy define a la industria musical.
“Tenemos lo mismo de siempre: música sin un propósito. Lo que no me gusta es la falta de genuinidad, lo performativo, pero no en el sentido de una presentación artística, sino de querer ser algo que no eres. Me molesta y me disgusta cuando no conecto con ese querer ser y, más que nada ahora, porque estamos en la meca del querer ser y querer mostrar. Hay muchos que se muestran de cierta forma para que los demás crean que sí son algo, pero no”, dice con firmeza.
“Con los artistas que más conecto hoy en día son los que no quieren ser, sino que son”
Dillom encarna esa faceta irreverente de la música que pone la autenticidad en primer plano, algo que, hoy más que nunca, se agradece tanto en el arte como en la música. Para él, la credibilidad es uno de los aspectos más difíciles de alcanzar: no basta con crear algo bello, también es necesario transmitir una verdad capaz de hacer que el público crea en aquello que está viendo o escuchando. En ese sentido, La Nueva Violencia parece encajar a la perfección con su manera de entenderse y mostrarse. “Por eso, en La Nueva Violencia me siento lo más parecido a mí. Sin embargo, siempre hay una cuota por mostrarlo. Pero esto es lo más cerca de parecerme a mí, y nunca lo había estado”, comparte.
Esta revelación no es casual. Y es que escuchar y ver a Dillom en vivo produce justamente esa sensación: un aire fresco frente a una ola musical que insiste en repetir la misma fórmula. La Nueva Violencia se rebela contra todo ello. Está hecha de errores, capas, matices, texturas, chistes internos, risas, toses y hasta de una persona que sustituye el sonido de un tambor con el eco de su trasero. En ese gesto irreverente y deliberadamente imperfecto, Dillom se distancia de aquello que más aborrece y que atraviesa buena parte del disco: la contemporaneidad.
El disco es la genuinidad transcrita bajo sus propias reglas. Aquí no parece haber espacio para una herramienta tecnológica que suplante una sensibilidad creativa que nace directamente de Dillom. “La charla de la IA puede ser larguísima. Tengo mis opiniones al respecto”, comenta. “En particular, sobre la música, la gente que va a desaparecer es la que hace música para Los 40 Principales, los que hacen música pasiva de fondo para limpiar la casa o qué sé yo. Todos aquellos que van a desaparecer son los que no son usuarios de música activos y que ven a la música como algo más en su vida. Esta gente es reemplazable, completamente. Lo lamento, perdón. Van a tener que rebuscarse”.
En lo personal, Dillom aseguró que no teme que algo así pueda sucederle. Explicó que existe una discusión filosófica muy extensa en torno a qué es la consciencia y cuál es la esencia de una persona, aspectos que, desde su perspectiva, difícilmente podrían recrearse de manera auténtica. Por eso, dijo, la posibilidad no le preocupa demasiado. “Lo veo como una herramienta, pero no decido usarla por motivos estéticos, y muchas veces me parece horrible lo que hace la IA. Hay cosas que están buenas y se pueden usar, pero no van conmigo”, recalcó. “En mi música no la uso, pero si el día de mañana me sirve y puedo llegar a un resultado nuevo usando la IA como herramienta, pues la usaré. Creo que los dos extremos están mal. Ser muy pro-IA es muy de pelotudos, pero ser anti-IA es muy de boludos también”.
A lo largo de su obra, Dillom ha dejado impresa una personalidad irreverente, sarcástica y provocadora, pero también ha demostrado ser una voz frente a algunos de los temas de coyuntura que atraviesan nuestro presente. Su carácter excéntrico y creativo se refleja en una forma de pensar poco convencional, pero también en la disposición para señalar, sin miedo, aquello que considera errado o contrario a su filosofía de vida. Esta conversación permitió adentrarnos precisamente en esa faceta.
“Me voy a poner anticapitalista luego de este tema de la IA. Los que nos jodemos somos los ciudadanos. Un pobre tipo o artista que hace un flyer con IA porque no tiene plata para pagarle a un diseñador, y todos lo matan. Pero si Hollywood usa IA para todo, pues está bien. Es la misma conversación de las pajitas de cartón para hacerle mejor al planeta, pero después las empresas multinacionales vienen y contaminan todo. Nosotros quedamos como pelotudos que estamos usando pajitas de cartón”, explica. “Es una charla muy larga para dar. Pero bueno, yo no uso la IA para mi música. En resumen”.
En La Nueva Violencia, Dillom lanza diversas cachetadas con guante blanco a las contradicciones que atraviesan nuestra época, y que resuenan porque caen en él. El concepto del disco, sin embargo, trasciende lo musical y también se manifiesta en lo visual, particularmente en la portada del álbum. El artista cuenta que, junto a Andrés Capasso, buscaban alcanzar un resultado “tan bueno que pareciera IA”. Esa frase terminó por marcar el rumbo de todo el proceso. Y funcionó: muchos espectadores creyeron que, desde la propia portada, el artista argentino estaba haciendo uso de la inteligencia artificial. Había conseguido exactamente lo que se proponía.
“Si hacés algo de mucha calidad, parece IA. Uno termina gastándose un montón de plata, como un idiota, para que después digan que es uso de IA. Pero nos gustaba que tuviéramos este juego con la tapa. Fue una decisión. Por eso filmamos el backstage, para cerrarles el orto. Pero también, a lo largo de lo que es la estética y de lo que creemos que pasará y está sucediendo, está la vuelta a lo hecho a mano, a lo artesanal. Queremos que se vea feo, que tenga sus errores y baja calidad de cámaras. Todo eso, en general, es un poco la respuesta a lo que está pasando culturalmente con la IA. Esta también es una decisión para el futuro”.
El paso del tiempo ha confirmado que Dillom no está aquí para complacer: llegó para cuestionar, abrir la mente y transformar. Cada una de sus producciones evoluciona con él, al igual que los conceptos que atraviesan su obra. “Le dedico mi vida a esto. No tengo otro trabajo ni es un hobbie. Le dedico mi 100% a la música. Cada vez que hago un disco puede salir mejor o peor; puede salir lo más parecido a lo que tengo en la mente o no. Pero, para mí, lo transversal a todo esto es que siempre soy yo. Tiene alma lo que hago y cuenta algo. También estoy rodeado por un equipo de gente que es muy talentosa; ellos son los mejores en lo que hacen”, dice. “Te puede gustar un disco más que el otro, pero lo que es innegable es que los tres tienen un peso enorme: son lo que son y tienen con qué sostenerlo”.
Para Dillom, sumar un tercer álbum a su discografía representa un paso monumental. Tal vez La Nueva Violencia sea, por ahora, el proyecto con el que más conecta, pero lo que realmente lo entusiasma es lo que viene: seguir creando música para, algún día, volver sobre sus propias obras y reencontrarse con fragmentos de una vida que fueron fundamentales para construir al artista que es y que será. Quizá mañana tenga 15 discos y La Nueva Violencia quede como una obra anecdótica dentro de su trayectoria. Pero, como él mismo dice, ahí reside una de las cosas más valiosas del paso del tiempo: poder mirar hacia atrás y reconocer quién fuimos, mientras la música se convierte también en una forma de liberarse.
Aun así, la música también funciona como un catalizador de nostalgia. Entre los momentos que más lo marcaron cuando comenzó su camino en la música está precisamente el beneficio de la duda: entonces tenía todo por ganar y nada por perder, con un mundo de posibilidades todavía abierto. Hoy, aquella incertidumbre forma parte de la conciencia y la esencia que conforman su obra. “Quieras o no, trato de que no, esto termina condicionándote. Que la gente te conozca y espere algo de ti puede generar una desilusión o una sorpresa, porque ya te conocen. Pero cuando arrancás, nadie te conoce; no tenés nada por perder. Aun así, las dos cosas son lindas”, reflexiona. “Disfruto que la gente tenga cierta demanda sobre mí y que tenga expectativas sobre mi trabajo. Es lindo que le presten atención a lo que creo, a lo que pienso y a lo que hago”.
Por ahora, los días más felices para Dillom fueron, son y serán. Y, como reafirma en ‘Palermo Hollywood’: “nadie ama como yo”. “Amo el amor, estoy enamorado del amor. Lo que más me hace sentir vivo es compartirlo con las personas que son mis mejores amigos, viajar por el mundo, recibir cariño de todos lados y conocer gente. También amo todo lo que mi carrera me ha dado para aprender. Me tiene muy enamorado saber y descubrir cosas nuevas”, finaliza.


