El vigésimo álbum de Weezer vale oro

Con su espíritu más relajado y canciones de primer nivel, es difícil imaginar un disco mejor de esta banda que 'The Gold Album'

Por  JON DOLAN

agosto 21, 2026

Weezer siempre ha tenido debilidad por los discos conceptuales, ya sea imaginando a “los Beach Boys echados a perder” (Pacific Daydream, 2017), haciendo una selección de entrañables éxitos antiguos de la radio (The Teal Album, 2019), conectando con su lado cuasi sensible (OK Human, 2021) o rindiendo tributo a los grandes del metal de los ochenta (en Van Weezer, lanzado ese mismo año). Para su vigésimo álbum de estudio —técnicamente homónimo, aunque también conocido como The Gold Album—, el concepto resulta ser, al mismo tiempo, sumamente irónico y gloriosamente directo: un disco de Weezer que suena a un disco clásico de Weezer.

“Hay algo especial en tu mierda de antes”, entona Rivers Cuomo —con un pie en la ironía y el corazón en la mano— al inicio de “C.E.O.”, un himno destacado que suena inconfundiblemente en deuda con su propio clásico de 1994, “Undone (The Sweater Song)”. Ese sentimiento sienta las bases de un álbum que a menudo sugiere lo que habría pasado si la banda hubiera lanzado un disco de transición en 1995, entre su exitoso debut de rock alternativo The Blue Album y su obra maestra de tinte emo de 1996, Pinkerton. The Gold Album de Weezer es, de hecho, oro puro de Weezer.

La banda describió el proceso orgánico detrás del álbum como “menos charla, más rock”. En el tema que abre el disco, “Say Yes” —que comparte título con una canción de 1997 del icono del indie-folk Elliott Smith—, se puede percibir cómo se desvanece ese distanciamiento de póker que a menudo define su música. Cuomo comienza sumido en un malestar de autocrítica cínica: “Everybody here’s gonna make me feel so afraid/So I only think about how my ass is getting paid” (“Todos aquí van a hacer que me sienta tan asustado / Así que solo pienso en cómo me van a pagar el culo”), mientras el resto de la banda subraya su incertidumbre con un balanceo socarronamente ominoso. Pero la canción despega hacia un estribillo tan pegadizo como los grandes clásicos de Weezer, del calibre de “Buddy Holly” o “The Good Life”, con letras sobre transformar el ritual de fabricar otro éxito automático de rock alternativo en una afirmación de alegría.

Esa sensación de absoluta libertad se respira por todo The Gold Album. Al trabajar con el productor Kenny Beats (cuyos créditos incluyen a Rico Nasty, Vince Staples y Getting Killed de Geese), la banda suena más cercana al garage-rock que de costumbre, cimentando a menudo sus canciones en guitarras densas y pesadas de graves que tiran más hacia el desert-rock que hacia el power-pop. Así, cuando pasan de un riff gruñón a un estribillo dorado en “Don’t Make It Weird” o “Shine Again”, la recompensa visceral golpea con más fuerza de lo que lo haría en un disco de Weezer más convencional. En la emotiva “We Might as Well Be Strangers”, las guitarras arden y se lamentan mientras Cuomo rima “debating Nietzsche” con “how much I need ya”, y lo grita a coro junto a la gran vocalista Karly Hartzman, de Wednesday, una de los chorrocientos grupos que crecieron bajo la larga sombra de Weezer.

Cuomo pasa gran parte del álbum dándole vueltas a una indecisión de mediana edad que refleja el recorrido de sus seguidores, aportando un matiz socarronamente conmovedor a un sonido cálidamente familiar. “Hoops” es una queja agresiva que arranca diciendo: “Bought a toaster just to make some toast/First I had to scan a QR code” (“Me compré una tostadora solo para hacer una tostada / Primero tuve que escanear un código QR”). Amén, hermano. En “Nowhere”, Cuomo lanza la protesta NIMBY “Why did they clear the trees just to put up some shitbox condo?” (“¿Por qué talaron los árboles solo para levantar un condominio de porquería?”) sobre un riff rugiente y saturado, logrando una de las mejores combinaciones de rock californiano de su aclamado historial: el espíritu antiexpanción urbana de “Big Yellow Taxi” de Joni Mitchell combinado con el sludge de horizontes abiertos de Kyus.

Como es natural en una banda que suele hacer de la autoconciencia inexpresiva su zona de seguridad emocional, los momentos centrales del disco giran en torno a cómo conectar con su sonido fundacional puede desatar emociones sobre el rock mismo: ¿Sigue sintiéndose real? ¿Estamos simplemente cumpliendo con el trámite? ¿Acaso importa realmente esa diferencia? “C.E.O.” contrasta imágenes inocentes de él trasteando con su guitarra en su habitación de adolescente con la honesta realidad de fabricar las mismas viejas canciones de los noventa para sus jefes corporativos, navegando la tensión entre sus caprichos de “profesor loco” y la necesidad de “mantener el cohete en el cielo” (el fan de a pie que escucha el disco en casa está invitado a reemplazar “cohete en el cielo” por “fondo universitario de los chicos” o su plan de jubilación). No es el primer tipo en hacer esta observación, pero el encanto de grunge bañado en oro que tiene la canción hace que la idea cale hondo.

Para cerrar el álbum, “The L.A. Sound” es el golpe de gracia nostálgico de The Gold Album. Escrita por el guitarrista Brian Bell, es un dulce recuerdo de lo que se siente ser una banda novata que se parte el lomo haciendo largos viajes nocturnos en furgoneta de un club de mala muerte a otro, conquistando nuevos fans en cada show diminuto. “We came to melt your face/We’re gonna torch this place” (“Vinimos a derretirles la cara / Vamos a prender fuego este lugar”), canta la banda sobre ese tipo de rock alternativo azucarado con el que Weezer explotó hace más de 30 años. Esta banda lleva aportando su propia mirada sesgada a los rituales del rock desde “In the Garage”, allá en los días de The Blue Album, y aquí lo hacen con auténtico afecto también. Resulta que, después de todos estos años, ser Weezer sigue sentándole bien a Weezer.