Crítica: The Bikeriders: El club de los vándalos

Tom Hardy imita a Marlon Brando y Austin Butler canaliza a James Dean en un magnífico homenaje a la cultura de los motociclistas.

Jeff Nichols 

/ Austin Butler, Tom Hardy, Jodie Comer, Mike Faist, Michael Shannon

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de 20th Century Studios

Hay autores infravalorados y está Jeff Nichols. Un heredero directo del cine estadounidense de los años setenta (sin lugar a duda, la mejor etapa de su historia), Nichols es un director y guionista que rechaza las estructuras narrativas provenientes de los géneros cinematográficos para contar historias sobre personas, como debe ser. 

Antes asociado a su colega y amigo David Gordon Green (el director de las estupendas George Washington, All The Real Girls y Joe, que tristemente perdió su rumbo haciendo pésimos refritos de franquicias de terror), Nichols nos ha entregado una filmografía exquisita conformada por cinco títulos tan impactantes como poco vistos, de estilo naturalista, con un fuerte énfasis en el desarrollo de personajes y el uso de escenarios rurales y pequeños pueblos de la Norteamérica, para explorar temas universales ambientados en la periferia. Sus películas a menudo abordan cuestiones de familia (Shotgun Stories, Mud), identidad (Loving) y la lucha personal contra fuerzas más grandes, ya sean sociales, naturales o sobrenaturales (como es el caso de Take Shelter y Midnight Special).

Su sexta película reúne todos los intereses anteriores (excepto lo sobrenatural) y quizás es la mejor de todas. Quienes han visto las cintas de Nichols sabrán que estas son palabras mayores. The Bikeriders está basada en el libro del reportero gráfico Danny Lyon (aquí interpretado por Mike Faist de Challengers) y básicamente es una crónica sobre el ascenso y caída de la cultura de los Vandals, un grupo de harlistas de Chicago que alcanzaron su máximo auge en los años sesenta.  

Del mismo modo como Cameron Crowe lo hizo para esta revista con las agrupaciones The Allman Brothers Band, Led Zeppelin y The Eagles, Danny Lyon acompañó a varios harlistas a través de los años para indagar y adentrarse a su cultura (Crowe terminaría dirigiendo su propia película al respecto, Almost Famous, la cual terminaría siendo todo un clásico).  

Sin embargo, Nichols conforma su cinta no como una comedia, sátira o historia de amor, sino como una fusión entre los westerns crepusculares de Sam Peckinpah y los relatos sobre la vida criminal de Martin Scorsese. Estamos hablando de una cinta que Tarantino desearía que hubiese sido su canto de cisne. 

Tom Hardy nos entrega una impresionante e impecable imitación de Marlon Brando interpretando a Johnny, un camionero esposo y padre de familia que queda prendado al ver al actor interpretando al líder de una pandilla de motociclistas en The Wild One por la televisión y quien decide convertir lo que vio en la pantalla en una realidad.   

Su mano derecha es Benny, el cual es encarnado magistralmente por Austin Butler, un actor que nos sorprendió como Elvis, se robó el show como el villano de la segunda parte de Dune, y que ahora logra confeccionar un personaje colmado de peligro, sexualidad y masculinidad. Butler, con su mezcla entre el estoicismo de Al Pacino en El padrino, la belleza de James Dean en las tres películas que nos dejó (East of Eden, Giant y Rebel Without a Cause) y el atractivo de un joven Mickey Rourke, brilla en la pantalla como nunca y todos los que lo vean lo amarán o querrán ser como él. Esta es una prueba más del colosal talento y carisma de este joven que inició su carrera en series insulsas para preadolescentes como Hannah Montana, iCarly y Zoey 101.

La mujer en medio de estos dos hombres y quien narra la mayor parte de la historia es Kathy, la novia y luego esposa de Benny, quien es asumida por Jodie Comer, la estupenda actriz de The Last Duel, una joven de clase media que abandonó su vida cómoda y tranquila para vivir en medio de esta jauría de perros locos y hambrientos, vestidos con trajes de cuero y equipados con caballos de acero, como el fortachón Cockroach (Emory Cohen); el leal Brucie (Damon Herriman); el motociclista californiano Funny Sonny (Norman Reedus) y los nobles Corky (Karl Glusman) y Wahoo (Beau Knapp); y el excéntrico Zipco (encarnado por Michael Shannon, el actor fetiche de Nichols), entre otros. Todos ellos, como Hardy, Butler y Comer, construyen sus personajes con precisión quirúrgica y energía desatada.  

Por supuesto, la cinta de Nichols referencia a Easy Rider de Dennis Hopper, una de las películas más populares sobre motociclistas, pero aquí los filósofos existencialistas de la carretera son reemplazados por un grupo de vagos sin una misión clara que viven bajo normas salvajes y brutales y que se reúnen al aire libre para correr sus motos, golpearse unos a otros y tomar muchas cervezas.  En este sentido, la cinta se acerca más a The Outsiders de Coppola, con esos desorientados jóvenes rebeldes sin causa ubicados en la periferia o a The Loveless, la olvidada cinta debut de Kathryn Bigelow protagonizada por Willem Dafoe, con sus absurdos rituales de pandilla y un estilo de vida ajeno a las normas sociales estandarizadas.

The Bikeriders es un claro homenaje a estos individuos de espíritu libre que ya son parte del pasado, como los vaqueros del lejano oeste. Gracias a unas actuaciones sobresalientes y al experto trabajo de su director y guionista, el homenaje va mucho más allá, para convertirse en una obra cinematográfica de una tremenda potencia. Esta es una cinta enmarcada para la posteridad.

CONTENIDO RELACIONADO