Crítica: Hokum: La maldición de la bruja

Con un extraordinario Adam Scott al frente, la cinta mezcla folclore irlandés, horror sobrenatural y trauma psicológico para construir una de las experiencias más inquietantes del año.

Damian McCarthy 

/ Adam Scott, Florence Ordesh, David Wilmot, Peter Coonan, Brendan Conroy, Will O'Connell, Michael Patric.

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Diamond

Después de sorprender al género con Caveat y consolidar su reputación con la magnífica Oddity, Damian McCarthy vuelve a demostrar que pertenece a esa reducida categoría de cineastas capaces de entender que el terror no depende de la cantidad de sangre que aparece en pantalla, sino de la capacidad de manipular la ansiedad del espectador. En una época donde muchas producciones parecen competir por quién puede mostrar la muerte más grotesca, la criatura digital más grande o el referente más obvio y hacerlo pasar por “homenaje”, McCarthy sigue apostando por algo mucho más difícil: El miedo.

Hokum (título que en español traduce algo así como “pamplinas”), parte de una premisa aparentemente sencilla. Ohm Bauman, un exitoso escritor estadounidense interpretado por Adam Scott, viaja a un remoto hotel irlandés para esparcir las cenizas de sus padres en el lugar donde pasaron su luna de miel. Sin embargo, desde su llegada resulta evidente que algo no encaja. El hotel parece detenido en el tiempo, los empleados actúan con una extraña naturalidad frente a situaciones inquietantes y existe una habitación permanentemente cerrada cuya historia está ligada a una leyenda local sobre una bruja atrapada desde hace siglos.

Lo que podría haberse convertido en una típica película de casa embrujada pronto toma un rumbo mucho más complejo y perturbador. McCarthy utiliza el folclore irlandés como punto de partida, pero nunca como destino final. Las historias de fantasmas, las supersticiones rurales y las leyendas locales funcionan como una puerta de entrada hacia algo mucho más íntimo. Conforme avanza la película queda claro que el verdadero interés del director no está en los monstruos externos, sino en aquellos que cada persona arrastra consigo.

En ese sentido, Hokum recuerda a películas como The Shining, The Wicker Man, Le Locataire o 1408, no porque intente imitarlas, sino porque comparte con ellas la idea de que los espacios embrujados terminan convirtiéndose en reflejos de las heridas emocionales de quienes los habitan.

Una de las grandes virtudes de la película es la manera en que construye su atmósfera. Desde los primeros minutos se instala una sensación constante de dislocación. Los pasillos parecen demasiado largos, los silencios demasiado profundos y los paisajes demasiado vacíos. McCarthy entiende perfectamente la lección dada por el expresionismo alemán de que el terror funciona mejor cuando el espectador siente que algo está mal incluso antes de saber exactamente qué es.

La fotografía de Colm Hogan aprovecha los bosques irlandeses, la niebla y la arquitectura envejecida del hotel para crear un escenario que parece existir fuera del tiempo. No se trata de un lugar particularmente espectacular, pero sí profundamente inquietante. Cada habitación transmite la sensación de haber acumulado décadas de secretos.

Sin embargo, el elemento más efectivo de la película no es visual. Es sonoro. McCarthy vuelve a demostrar una extraordinaria capacidad para utilizar el sonido como herramienta narrativa. Crujidos, pasos lejanos, golpes inesperados y silencios se convierten en armas capaces de generar una tensión constante. Incluso cuando no ocurre absolutamente nada, la película consigue que el espectador permanezca alerta.

En Hokum hay sobresaltos. Pero a diferencia de otras producciones que los utilizan como sustituto de la construcción dramática, aquí cada uno parece cuidadosamente diseñado. No funcionan como trucos baratos, sino como culminaciones naturales de una tensión que ha sido construida pacientemente.

Gran parte del mérito recae también sobre Adam Scott. Durante años, el actor de Severance ha demostrado una extraordinaria habilidad para equilibrar comedia y drama, pero pocas veces había tenido la oportunidad de explorar territorios tan oscuros como los que ofrece Hokum. Su Ohm está lejos de ser un protagonista simpático. Es arrogante, egoísta, malhumorado y emocionalmente inaccesible. En muchos momentos resulta incluso desagradable.

Precisamente por eso funciona. Scott evita convertir al personaje en una víctima convencional y construye a un hombre atrapado por heridas emocionales que ni siquiera él mismo comprende completamente. Conforme la película avanza, la fachada de cinismo comienza a resquebrajarse y permite que emerja una vulnerabilidad devastadora.

El resto del reparto contribuye enormemente a reforzar la sensación de extrañeza que domina toda la historia. Florence Ordesh aporta una humanidad inesperada como Fiona, la única persona capaz de conectar con Ohm sin juzgarlo inmediatamente. Peter Coonan y Brendan Conroy convierten al personal del hotel en figuras ambiguas cuya amabilidad nunca termina de resultar tranquilizadora. Pero quien más se divierte es David Wilmot como Jerry, un ermitaño excéntrico que vive en los bosques cercanos, consumidor de hongos y que parece moverse constantemente entre la sabiduría y la locura. Cada una de sus apariciones aporta una energía impredecible que enriquece considerablemente la película.

Lo más admirable de Hokum es que nunca se conforma con ser únicamente una historia de fantasmas. La película utiliza el terror sobrenatural para explorar temas mucho más complejos relacionados con el duelo, la culpa, la depresión y los recuerdos que nos negamos a enfrentar. Muchas películas afirman utilizar los monstruos como metáforas. McCarthy es uno de los pocos directores actuales que realmente comprende cómo hacerlo.

Por supuesto, el guion no está exento de problemas. Algunos giros argumentales se alargan más de lo necesario y existen momentos donde la acumulación de misterios amenaza con volverse excesivamente enrevesada. Sin embargo, incluso esos momentos forman parte del extraño encanto de una película que parece más interesada en provocar emociones que en explicar absolutamente todo.

En una industria cada vez más dominada por franquicias repetitivas y sustos prefabricados, Damian McCarthy continúa construyendo una filmografía singular. Hokum no es la película de terror más grande, espectacular o ambiciosa del año. Pero sí es una de las más inteligentes.

Es una historia sobre fantasmas, pero sobre todo es sobre aquello que sucede cuando los fantasmas resultan ser nuestros propios recuerdos. Y esos suelen ser los más difíciles de exorcizar.

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