El cine de supervivencia ha encontrado en la naturaleza un adversario particularmente aterrador porque, a diferencia de los villanos convencionales, no necesita motivos para destruirnos. Desde Náufrago, de Robert Zemeckis, hasta 127 horas, de Danny Boyle, pasando por Lo imposible y La sociedad de la nieve, de Juan Antonio Bayona, estas historias confrontan al ser humano con la fragilidad de su existencia y con la ilusión de que puede ejercer algún control sobre un mundo que apenas comprende. El océano ofrece una variante especialmente cruel de esa experiencia, como demostraron Mar abierto, de Chris Kentis, A la deriva, de Baltasar Kormákur, Todo está perdido de JC Chandor o Terror a 47 Metros de Johannes Roberts.
En medio del agua, el horizonte parece ofrecer una salida que nunca termina de materializarse y la supervivencia depende de un cuerpo que se debilita mientras el tiempo transcurre con una lentitud insoportable. Pacífico, de Riccardo Gabrielli (Cinco), traslada esta tradición al cine colombiano mediante una historia inspirada libremente en un incidente ocurrido en 2016 en las aguas que rodean la isla de Malpelo.
Un grupo de turistas emprende una expedición de buceo hacia uno de los territorios más remotos y extraordinarios de Colombia, reconocido por su riqueza marina y sus enormes concentraciones de tiburones. Entre ellos se encuentran Pablo y Alejandra, dos personajes interpretados por Juan Pablo Raba y Carolina Guerra, quienes arrastran conflictos personales y familiares que resolverán abruptamente mediante una experiencia cercana a la búsqueda espiritual. Durante el último día, la insistencia de algunos viajeros por realizar una inmersión después del horario permitido termina imponiéndose sobre las advertencias de seguridad. Una poderosa corriente los separa de su embarcación y los deja abandonados en mar abierto, sin posibilidad de orientarse y expuestos al frío, al agotamiento y a los peligros que habitan debajo de la superficie.
Gabrielli, con un presupuesto mínimo, comprende las posibilidades cinematográficas de esta situación y consigue algunos momentos de suspenso cuando reduce a sus protagonistas a pequeñas figuras perdidas en una extensión aparentemente infinita. La amenaza adquiere fuerza precisamente porque resulta imposible identificarla. Los tiburones constituyen un peligro reconocible, pero la verdadera pesadilla es la indiferencia del océano, su capacidad para tragarse a un grupo de personas sin dejar el menor rastro. Allí la película consigue transmitir una angustia elemental que no necesita demasiadas explicaciones, aunque ocasionalmente recurra a efectos digitales que disminuyen la credibilidad de algunas situaciones.
El problema aparece cuando el relato intenta justificar las decisiones de sus protagonistas mediante conflictos psicológicos insuficientemente desarrollados. La decisión de Jay (KC Dean), el miembro estadounidense del grupo, quien decide nadar y abandonar a los demás, constituiría el principal detonante de la tragedia y permitiría plantear una reflexión sobre el egoísmo de quienes convierten sus necesidades personales en obligaciones para los demás. Sin embargo, la película no consigue transformar esa terquedad en una característica dramática convincente. Tampoco resulta demasiado razonable que un guía experimentado (Elkin Díaz) acepte realizar una inmersión en condiciones prohibidas dejando gran parte del equipo simplemente para satisfacer a sus clientes. En Pacífico, los personajes necesitan comportarse irresponsablemente para que la historia pueda comenzar y el guion no termina de resolver esa contradicción.
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Raba interpreta con eficacia al hombre que sigue a Jay, mientras Carolina Guerra intenta dotar de sensibilidad a un personaje cuya historia personal merecía mayor desarrollo. Aunque el reparto reúne a intérpretes como Marlon Moreno como el Capitán Salomón de la Torre y Luis Fernando Hoyos como el capitán de navío López, la estructura concentra sus esfuerzos en los protagonistas y desaprovecha las posibilidades de un verdadero drama coral. Algunas relaciones y decisiones quedan apenas esbozadas, como sucede con la presencia del escolta interpretado por Nicolás Montero, un elemento que despierta preguntas que la película no parece demasiado interesada en responder.
Resulta especialmente destacable el esfuerzo de producción. Gabrielli y su equipo pasaron doce días embarcados en una expedición hacia Malpelo, a unos quinientos kilómetros de la costa colombiana, enfrentándose a las dificultades de trabajar en aguas abiertas y lejos de las comodidades habituales de un rodaje. Esa ambición merece reconocimiento en una industria que pocas veces dispone de los recursos necesarios para abordar semejantes desafíos.
Sin embargo, también produce cierta frustración comprobar que la película no aprovecha completamente las posibilidades de su escenario. Aunque encontramos imágenes submarinas atractivas y algunos planos que capturan la majestuosidad del lugar, buena parte de su extraordinaria biodiversidad permanece ausente. La producción consiguió llegar hasta uno de los ecosistemas más fascinantes del planeta, pero en ocasiones parece preferir los recursos convencionales del suspenso a la fuerza cinematográfica de aquello que tenía delante de las cámaras.
Hay, de cualquier manera, una reflexión pertinente sobre nuestra relación con la naturaleza y la arrogancia de quienes consideran que cualquier territorio puede convertirse en una experiencia diseñada para satisfacer sus caprichos. Los protagonistas llegan a Malpelo buscando diversión y fotos de tiburones ballena. Su tragedia comienza cuando se olvidan que son visitantes de un ecosistema que funciona bajo reglas completamente ajenas a sus deseos. En ese sentido, Pacífico también habla de una cultura turística que comercializa la aventura mientras pretende eliminar todos sus riesgos, alimentando la fantasía de que el dinero puede comprar incluso el derecho a desafiar los límites de la naturaleza. Es una lástima que semejante premisa tan interesante tampoco llegue a desarrollarse.
Pacífico consigue ofrecer una aventura entretenida, con momentos de suspenso genuino y una escala de producción poco habitual en el cine colombiano, aunque su escritura carezca de la complejidad necesaria para convertir la experiencia en algo verdaderamente memorable. Sus mejores secuencias aparecen cuando Gabrielli deja de explicar los conflictos personales de sus protagonistas y permite que el océano se apodere de la narración. Porque allí, lejos de cualquier posibilidad de rescate, desaparecen las diferencias sociales, los rangos, los privilegios y los problemas que parecían ocupar el centro de sus existencias. Solamente permanece la necesidad desesperada de continuar respirando. Y el descubrimiento de que la naturaleza puede ser extraordinariamente hermosa sin tener la menor consideración por nuestra supervivencia.


