El síndrome de Tourette es un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por la presencia de tics motores y vocales involuntarios, que pueden manifestarse mediante movimientos repentinos, sonidos, palabras o expresiones que la persona no consigue controlar. Aunque popularmente se asocia con la tendencia a pronunciar obscenidades, conocida como coprolalia, esta manifestación solamente aparece en una minoría de quienes presentan la condición. El problema es que buena parte de la sociedad continúa interpretando esos comportamientos como decisiones conscientes, actos de mala educación o provocaciones deliberadas. Una confusión que puede parecer inofensiva hasta que conocemos las consecuencias que tiene para quienes deben convivir diariamente con ella.
Durante la ceremonia de los premios BAFTA de 2026 ocurrió un episodio que permitió comprobar hasta qué punto persiste ese desconocimiento. John Davidson, un activista escocés con síndrome de Tourette cuya vida inspiró la película I Swear, lanzó involuntariamente un insulto racista mientras Michael B. Jordan y Delroy Lindo, protagonistas de Sinners, presentaban uno de los galardones. El comentario provocó indignación y abrió una controversia que también involucró a la BBC, responsable de transmitir la ceremonia con dos horas de retraso sin eliminar la expresión ofensiva. Davidson manifestó posteriormente su consternación ante la posibilidad de que sus tics fueran interpretados como manifestaciones intencionales de racismo. La situación exigía reconocer tanto el daño causado por escuchar semejante expresión como el carácter involuntario de aquello que la había provocado.
La paradoja resulta extraordinaria porque aquella misma noche Robert Aramayo obtuvo el BAFTA al mejor actor por interpretar precisamente a Davidson en una película dedicada a explicar las dificultades que enfrentan las personas con esta condición. La controversia terminó demostrando la vigencia de su mensaje. Podemos celebrar una historia de superación, aplaudir a un actor que reproduce sus síntomas y emocionarnos con las dificultades del protagonista, pero cuando esos mismos comportamientos aparecen fuera de la pantalla, nuestra comprensión puede desaparecer en cuestión de segundos.
Dirigida por Kirk Jones (Waking Ned Devine, Nanny McPhee), I Swear reconstruye la vida de Davidson desde su adolescencia en Galashiels, Escocia, cuando comienza a experimentar unos tics que transforman radicalmente su existencia. John (Scott Ellis Watson) es un muchacho con talento para el fútbol, pero sus manifestaciones involuntarias provocan burlas, castigos escolares y conflictos familiares. Su padre termina abandonando el hogar, mientras su madre Heather (Shirley Henderson) se muestra incapaz de comprender lo que sucede. Años después, John (Robert Aramayo) continúa viviendo aislado, sometido a tratamientos que apenas consiguen aliviar sus síntomas y enfrentándose a una sociedad que confunde sus comportamientos con agresiones deliberadas.
Su vida comienza a cambiar cuando conoce a Dottie Achenbach (Maxine Peake), una enfermera que le ofrece afecto, comprensión y un lugar donde vivir. A través de ella encuentra trabajo en un centro comunitario dirigido por Tommy Trotter (Peter Mullan), un hombre de carácter áspero que descubre rápidamente las capacidades de John. Peake y Mullan están magníficos, especialmente este último, quien consigue transmitir una enorme humanidad sin recurrir al sentimentalismo. Sus personajes permiten que John encuentre una independencia que parecía imposible y descubra que sus experiencias pueden ayudar a otras personas con Tourette.
Robert Aramayo ofrece una actuación extraordinaria. Conocido por Game of Thrones y Los anillos de poder, el actor reproduce los tics motores y vocales con una precisión admirable, pero su mayor logro consiste en revelar las emociones de un hombre que intenta comunicarse mientras su propio cuerpo parece interrumpirlo. Su John puede ser irritable, divertido, entrañable y profundamente vulnerable. Una de las mejores secuencias ocurre cuando conoce a una joven que también tiene Tourette y ambos comienzan a experimentar sus tics dentro de un automóvil. Lo que inicialmente parece una situación absurda se transforma en un encuentro conmovedor entre dos personas que finalmente encuentran a alguien capaz de comprenderlas sin explicaciones.
Jones sigue las convenciones del cine biográfico de superación, con sus momentos de sufrimiento, la aparición de figuras protectoras y el posterior reconocimiento público de su protagonista. Sin embargo, posee la inteligencia suficiente para administrar el sentimentalismo y utilizar el humor como parte fundamental del relato. Algunas situaciones son genuinamente hilarantes, especialmente cuando los tics de John irrumpen en circunstancias donde las normas sociales exigen absoluta solemnidad. La película nos permite reír con él y comprender las consecuencias dolorosas que esas mismas situaciones pueden provocar. Su director encuentra un equilibrio admirable entre la comedia y el drama, sin convertir al protagonista en un santo ni utilizar su condición para despertar lástima.
La historia adquiere una dimensión especial cuando Davidson comienza a ofrecer charlas y organizar encuentros para personas con Tourette y sus familias. Su trabajo de divulgación, que ya había alcanzado notoriedad gracias al documental de la BBC John’s Not Mad (1989), terminó siendo reconocido en 2019 con la Orden del Imperio Británico. Jones aprovecha este recorrido para mostrar cómo un hombre rechazado, golpeado y humillado consiguió transformar sus experiencias en una herramienta de educación pública.
I Swear es una película poderosa, entrañable y tremendamente divertida, que encuentra en Robert Aramayo su principal fortaleza. Su relato puede resultar convencional y algunas escenas están calculadas para conmover, pero Jones sabe perfectamente cuándo detenerse y permitir que sus actores hagan el trabajo. La película plantea una pregunta que el incidente de los BAFTA volvió especialmente pertinente. ¿Cuántas veces castigamos a alguien por comportamientos cuyas causas desconocemos? La historia de John Davidson demuestra que nuestra ignorancia puede terminar haciendo mucho más daño que aquello que inicialmente nos provoca rechazo.


