Tuvimos Snakes on a Plane, recientemente llegó Speed Demon con un exorcismo dentro de un tren y ahora Deep Water propone tiburones en un avión. Técnicamente, es el avión el que termina dentro del territorio de los tiburones, pero no permitamos que la geografía arruine una buena campaña publicitaria. Al paso que vamos, la próxima película será sobre una posesión demoníaca en un Uber atrapado en un tornado. Hollywood quizá se está quedando sin ideas, aunque todavía conserva suficientes medios de transporte para disimularlo.
Un vuelo de Los Ángeles a Shanghái reúne a la habitual colección de pasajeros concebidos para que el público decida quién merece sobrevivir. En la cabina se encuentran Rich (Ben Kingsley), piloto cercano al retiro y aficionado al karaoke, y Ben (Aaron Eckhart), un aviador competente con problemas profesionales y una tragedia familiar esperando en tierra. Entre los pasajeros está Dan (Angus Sampson), un estadounidense ruidoso, fumador y desagradable que guarda una batería portátil en el equipaje facturado (no, no, no). El dispositivo se incendia, provoca una explosión y obliga al avión a realizar un aterrizaje sobre el Pacífico. La aeronave se rompe, el agua comienza a entrar y los sobrevivientes descubren que la zona está habitada por tiburones mako con excelente apetito y ninguna consideración por el orden de aparición en los créditos.
La película parece una secuela apócrifa de Airport a la que alguien añadió Jaws durante una reunión en la que probablemente hubo demasiado café o quizá un estimulante más fuerte. La primera mitad pertenece al cine de catástrofes tradicional. Conocemos a los pasajeros, observamos pequeños conflictos y esperamos que todos esos detalles se conviertan más tarde en decisiones de vida o muerte. Después del accidente, Deep Water se transforma en una ruleta acuática donde cada personaje puede terminar rescatado, ahogado o convertido en proteína para escualos.
Al frente de esta operación se encuentra Renny Harlin, cuya carrera cuenta por sí sola una historia sobre la volatilidad de Hollywood. El director finlandés fue uno de los grandes especialistas del cine de acción de finales de los ochenta y comienzos de los noventa. Dirigió A Nightmare on Elm Street 4: The Dream Master, convirtió un aeropuerto nevado en campo de batalla en Die Hard 2, suspendió a Sylvester Stallone sobre las montañas en Cliffhanger y entregó con The Long Kiss Goodnight una de las películas de acción más disfrutables de aquella década.
Entonces llegó Cutthroat Island. El desastroso rendimiento comercial de aquella superproducción de piratas la convirtió en símbolo de una caída industrial y envió a Harlin a lo que Hollywood llama “la cárcel de los directores”, un lugar sin barrotes donde el teléfono simplemente deja de sonar. Aunque después realizó la muy entretenida Deep Blue Sea, nunca recuperó su antigua posición. En 2014 se instaló en China y dirigió títulos como Skiptrace, con Jackie Chan y Johnny Knoxville, Legend of the Ancient Sword y Bodies at Rest. Deep Water representa su regreso al territorio de los tiburones, animales que al parecer han mostrado mayor lealtad hacia él que los grandes estudios.
Todavía quedan rastros del antiguo Harlin. La secuencia del accidente es, por amplio margen, lo mejor de la película. El fuego avanza por la bodega, el fuselaje se abre, varios pasajeros salen expulsados y el agua convierte los restos de la aeronave en una versión económica de The Poseidon Adventure. Harlin sabe organizar el caos y comunicar dónde se encuentra cada personaje, una virtud que muchos directores actuales han reemplazado por movimientos de cámara incomprensibles y cincuenta cortes por minuto. Durante algunos instantes, la película recupera aquella energía física que hizo de Harlin un nombre importante.
El problema llega cuando aparecen los tiburones. Las criaturas digitales se ven tan deficientes que uno sospecha que también fueron incluidas en el equipaje de bajo costo. Harlin intenta ocultarlas mediante aletas, sombras y ataques rápidos, pero cada plano cercano revela un acabado más próximo a un videojuego antiguo que a una amenaza capaz de sostener el suspenso. No es necesario creer que un tiburón de computadora es real; basta con temerle. Aquí cuesta imaginar que pueda morder algo sin perder antes la conexión a internet.
Aaron Eckhart encabeza el reparto desde otro extraño limbo profesional. No hubo un escándalo, declaraciones ofensivas ni una conducta pública que explicara su descenso. Después de interpretar a Harvey Dent en The Dark Knight, parecía destinado a permanecer en la primera división. Tenía además trabajos como In the Company of Men, Erin Brockovich y Thank You For Smoking que demostraban su capacidad para combinar carisma, inteligencia y amenaza. Continuó apareciendo en títulos como Olympus Has Fallen, Sully y Midway, pero su carrera fue desplazándose hacia producciones de acción destinadas al mercado digital. En Deep Water ofrece más seriedad de la que el material merece y consigue que Ben parezca un ser humano incluso cuando el guion lo obliga a verbalizar información que todos acabamos de ver.
Ben Kingsley pertenece a otra especie. Es un actor todoterreno capaz de pasar de Gandhi, Schindler’s List, Sexy Beast y House of Sand and Fog a BloodRayne, A Sound Of Thunder y, al parecer, cualquier producción que haya dejado un contrato abierto sobre su escritorio. Kingsley posee un Óscar y, aparentemente, ningún miedo ante un guion dudoso. Rich aporta dignidad, humor y una autoridad inmediata a la cabina. Si él anuncia una emergencia, creemos que el avión va a caer; si asegura que todo está bajo control, sospechamos que leyó otra versión del libreto.
Angus Sampson (Insidious) comprende mejor que nadie la naturaleza del espectáculo. Dan ha sido diseñado para que el público espere con entusiasmo su encuentro con un tiburón. Es egoísta, cobarde, escandaloso y responsable indirecto de la catástrofe. La película convierte su casi segura muerte en una forma de participación colectiva. No sabemos si los demás pasajeros lograrán salvarse, pero todos estamos dispuestos a colaborar para arrojarlo al agua.
Los cuatro guionistas acreditados construyen personajes mediante rasgos rápidos (el adolescente agresivo, el niño extraviado, la anciana valiente, el joven enamorado, las azafatas estoicas) y luego los distribuyen entre las mandíbulas disponibles. Esa economía puede funcionar en una serie B que conozca su propia ridiculez. Deep Water, sin embargo, oscila entre la solemnidad del drama humano y el placer culpable de contemplar personas devoradas. Nunca decide si quiere conmovernos, asustarnos o pedirnos que apostemos por el siguiente cadáver.
Existe algo melancólico detrás de toda esta carnicería acuática. Harlin, Eckhart y Kingsley representan tres relaciones diferentes con una industria que puede elevar, olvidar o utilizar a sus talentos sin demasiadas explicaciones. Su presencia promete una película más robusta que la que finalmente recibimos. Los tres trabajan con profesionalismo, pero también parecen sobrevivientes aferrados a los restos de otro cine: aquel thriller de presupuesto medio que alguna vez ocupaba las salas y ahora flota a la deriva en las plataformas digitales.
¿Sirve Deep Water para un fin de semana de pizza y cerveza? Tal vez. La pizza ayuda con los personajes y la cerveza con los efectos digitales. Harlin todavía sabe filmar una catástrofe y la premisa posee una estupidez suficientemente honesta para despertar cierta simpatía. Pero ni siquiera el mejor especialista en acción puede salvar una película que comienza haciendo aguas antes de que el avión toque el océano.


