Crítica: O último azul (Sendero azul)

Desde Brasil nos llega un viaje lisérgico hacia la libertad y la dignidad

Gabriel Mascaro 

/ Denise Weinberg, Rodrigo Santoro, Miriam Socarrás, Adanilo, Rosa Malagueta, Clarissa Pinheiro

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cineplex

En una distopía brasileña donde envejecer es una condena estatal, O Último Azul navega entre la sátira, la ciencia ficción y el realismo mágico con la ligereza de una fábula, pero con la mordida de una crítica política seria. Gabriel Mascaro (Divino amor, Boi Neon, Doméstica) vuelve a poner el cuerpo en el centro del conflicto, esta vez con una mirada ferozmente anti edadista y, al mismo tiempo, profundamente tierna.

Tereza (una magistral Denise Weinberg, que en ciertos planos nos recuerda a Maura Tierney) es una septuagenaria que, al enterarse de que será deportada a una “Colonia” para ancianos, decide escapar por el Amazonas. Lo que sigue es una road movie acuática con resonancias claras de Logan’s Run (los “sacrificados” ahora son los viejos), Soylent Green (sin el canibalismo, pero con la misma ansiedad disfrazada de mundo feliz), Cocoon (despojada de azúcar) y Fear and Loathing in Las Vegas, por su valiente, ácida y graciosa entrega al delirio psicodélico vía caracoles alucinógenos de baba azul.

La película tiene también un pulso aventurero a lo The African Queen con sus viajes en bote, destinos inciertos y relaciones ásperas que se suavizan bajo la presión del viaje. Rodrigo Santoro se zambulle sin red en un personaje mugroso y emocionalmente dañado, muy lejos del galán de manual que suele interpretar, y aunque su arco es predecible, su actuación tiene honestidad.

Mascaro mantiene su firma visual intacta. Colores vivos, paisajes que parecen cuadros y una fotografía que convierte al Amazonas en un escenario onírico, cargado de peligros y epifanías. Cada tramo del viaje ofrece un descubrimiento, y cada personaje secundario (desde la vendedora de biblias digitales interpretada por Miriam Socarrás hasta el piloto clandestino y apostador empedernido encarnado por Adanilo) representa una posibilidad de otra vida.

Donde la película brilla es en el personaje de Tereza. Weinberg, con un control absoluto de su expresión corporal, transmite la evolución de una mujer marcada por el abandono estatal hacia alguien que se reconecta con su deseo, su sexualidad y su instinto de supervivencia. El baile, la mirada, el gesto de pilotar su propio destino, todo habla de un renacer tardío pero vibrante.

Si bien algunas secuencias se sienten más simbólicas que narrativas, y el guion a veces prioriza la estética por encima del desarrollo dramático, el conjunto funciona porque el corazón de la película late fuerte. Esta es una celebración de la libertad individual en un sistema que quiere encapsular. Y lo hace sin moralismo, con humor ácido, lisergia visual y una banda sonora electrónica que flota como el bote de Tereza, entre lo etéreo y lo terrenal.

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