Crítica: Mistura

La ciudad de Lima en transición se convierte en escenario para el renacimiento de una mujer que cocina su libertad.

Ricardo de Montreuil 

/ Bárbara Mori, Christian Meier, Pudy Ballumbrosio, Stefano Meier, Hermelinda Luján, Vanessa Saba, Marco Zunino, Juan Pablo Olyslag

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cinecolor.

Con Mistura, Ricardo de Montreuil (La mujer de mi hermano, Máncora) entrega la película más sólida de su carrera, un relato que combina el poder de la gastronomía como metáfora cultural con la representación de una mujer que, tras la traición de su esposo, decide reinventarse desde los escombros. La cinta se sitúa en la Lima de 1965, entre el peso de una sociedad conservadora y la irrupción de nuevas formas de vida, con la actriz uruguayo-mexicana Bárbara Mori como Norma Piet, una mujer que encarna con fuerza el tránsito de la dependencia al autodescubrimiento.

Si algo distingue a Mistura es su filiación con una genealogía de melodramas que han otorgado a las mujeres un espacio de agencia dentro de sociedades rígidas. El referente más evidente es Mildred Pierce, en su versión clásica con Joan Crawford y en la posterior miniserie con Kate Winslet, donde una madre traicionada y humillada por su esposo encuentra en la cocina un medio para forjar su independencia y un nuevo destino. Norma Piet transita un camino similar: de la devastación conyugal a la fundación de un restaurante que se convierte en metáfora de supervivencia y renacimiento. La diferencia radica en el contexto limeño de los años sesenta, donde el clasismo y el racismo hacen que la apuesta por la gastronomía no solo sea un gesto personal, sino también una irrupción en las jerarquías sociales.

El otro linaje que ilumina a Mistura es el melodrama de Douglas Sirk. En títulos como All That Heaven Allows o Imitation of Life, Sirk desplegó un universo de colores intensos, emociones exacerbadas y tensiones entre la apariencia y el deseo. Aunque De Montreuil no alcanza la estilización formal del maestro alemán, sí comparte con él la capacidad de denunciar la hipocresía social desde lo íntimo. El abandono de Norma por parte de su esposo es solo el detonante de una serie de revelaciones que exponen la precariedad del modelo familiar tradicional y la necesidad de que las mujeres construyan un proyecto vital propio, aun cuando ello implique enfrentar el escándalo y la condena. La cocina, en todos estos relatos, se convierte en un espacio simbólico, ya que no solo alimenta cuerpos, también sostiene futuros, confronta prejuicios y permite que las mujeres vuelvan a escribir sus historias. En esa misma línea, la película también dialoga con el presente al resonar con obras como la serie mexicana Consuelo, donde la emancipación femenina se despliega también en un entorno que se resiste a los cambios. 

De este modo, Mistura no se limita a ser un drama local sobre Lima y sus transformaciones, sino que se integra a una tradición mayor de melodramas donde la mujer es el centro, la ruptura matrimonial es el punto de partida y la independencia se erige como la única vía posible hacia la plenitud.

El trabajo actoral es notable. Mori ofrece una interpretación contenida y profunda, con un acento cuidadosamente trabajado y un registro emocional que se expande entre la fragilidad, conciencia de clase y la furia. Frente a ella, Christian Meier, como el esposo, sorprende al asumir un papel incómodo y corrosivo, retratando un machismo que hoy todavía se resiste a desaparecer. La gran revelación es Pudy Ballumbrosio como el chofer Óscar Lara, cuya naturalidad y carisma llenan la pantalla, recordándonos que los personajes secundarios, bien trabajados, pueden convertirse en el verdadero corazón de una historia.

La puesta en escena respira cuidado y detalle. La Lima de los años 60 se reconstruye en interiores cargados de nostalgia, vajillas y muebles que evocan un mundo que se derrumba, y en la música que fusiona lo criollo, lo europeo y lo afroperuano, generando una identidad mestiza que dialoga con la historia de la protagonista. El diseño de producción refuerza el choque entre tradición y modernidad, como lo hacen los platos de comida que aparecen en pantalla. El ceviche, los anticuchos y el arroz con pato funcionan tanto como deleite visual como metáforas de una nación en transformación.

Sin embargo, no todo es impecable. La fotografía de Nicolás Wong desaprovecha en ocasiones la sensualidad de la cocina, al mostrar los alimentos con rapidez y sin el detenimiento que merecen. También los efectos digitales que recrean la ciudad dejan ver costuras que rompen la ilusión temporal. El guion resuelve ciertos conflictos (especialmente los que tienen que ver con los prejuicios de Norma) con una ligereza que resta densidad a su evolución, sobre todo en el tercer acto, donde se echa de menos un cierre más contundente.

Aún con sus limitaciones, Mistura se siente como una carta de amor al Perú y a su gastronomía, que reafirma un linaje cinematográfico que siempre ha encontrado en las mujeres un espacio de resistencia, reinvención y belleza trágica. De Montreuil ofrece una película que, aunque puede presentar irregularidades, es honesta y conmovedora en lo humano.

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