La periodista Margaret Fairchild (Emily Blunt) está dando el pronóstico del tiempo cuando algo se apodera de ella. Su voz cambia. Su mirada también. De pronto comienza a emitir unos extraños sonidos vocales frente a millones de espectadores que no entienden lo que están viendo. La secuencia dura apenas unos minutos, pero resume perfectamente lo que busca Disclosure Day y es tomar una situación cotidiana para convertirla en un momento de fascinación colectiva.
La nueva película de Steven Spielberg está construida alrededor de una pregunta muy simple. ¿Qué pasaría si mañana descubriéramos que los extraterrestres existen y que alguien nos ha estado ocultando la verdad durante décadas? La respuesta parece conducir inevitablemente hacia la paranoia política, la conspiración gubernamental o la invasión hostil alienígena. Sin embargo, la película encuentra otro camino. Lo que le interesa no es la existencia de vida fuera de la Tierra. Lo que le interesa es nuestra reacción frente a ella.
Daniel Kellner (Josh O’Connor) posee pruebas que demuestran que el contacto extraterrestre ha sido una realidad desde hace décadas. Esa información lo convierte en el hombre más perseguido del planeta. Mientras intenta sobrevivir a la maquinaria de WARDEX, una organización dedicada a preservar el secreto, Fairchild comienza a experimentar una conexión con aquello que Daniel intenta revelar.
La estructura recuerda inevitablemente a los trabajos que definieron la filmografía temprana de Spielberg. Hay ecos evidentes de The Sugarland Express en la condición de fugitivos que asumen los protagonistas. Hay rastros de Close Encounters of the Third Kind en la obsesión por comprender un fenómeno imposible. Y resulta imposible no pensar en E.T. cuando la película abandona la lógica del miedo para abrazar la curiosidad y la compasión.
Lo notable es que no se siente como una colección de homenajes a éxitos pasados. Se siente como un director regresando a las preguntas que lo obsesionan desde hace medio siglo. ¿Podemos comprender aquello que no conocemos? ¿Somos capaces de escuchar antes de atacar? ¿Todavía existe espacio para la empatía?
Emily Blunt sostiene buena parte de la película sobre sus hombros. Margaret podría haber sido un simple mecanismo narrativo destinado para transmitir mensajes extraterrestres, pero Blunt la convierte en una mujer obligada a procesar una experiencia que desborda cualquier explicación racional. La actriz encuentra humanidad incluso en los momentos más extravagantes del guion de David Koepp (Jurassic World: Rebirth). Cuando Margaret comienza a percibir fragmentos de las vidas ajenas, Spielberg y Blunt evitan la grandilocuencia y apuestan por algo más difícil: transmitir la carga emocional de sentir demasiado.
Josh O’Connor funciona como un contrapunto perfecto. Daniel está lejos de ser el héroe tradicional. No es un aventurero ni un salvador. Es alguien que comprende la magnitud de la verdad que tiene entre las manos y también las consecuencias que puede traer hacerla pública. Esa fragilidad, así como su relación con la ex novicia Jane Blankenship (Eve Hewson, la hija de Bono de U2), vuelve más creíble su recorrido.
Colman Domingo aporta serenidad y convicción como Hugo Wakefield, uno de los pocos personajes capaces de expresar las ideas centrales de la película sin que parezcan discursos escritos para explicar la trama. Incluso Colin Firth encuentra matices en Noah Scanlon, el antagonista que representa a quienes prefieren controlar la información antes que asumir las consecuencias de la verdad.
La película demuestra que Spielberg sigue siendo uno de los grandes narradores del cine contemporáneo. Janusz Kaminski, el gran director de fotografía y colaborador recurrente del director construye una puesta en escena en permanente movimiento. Hay persecuciones, emboscadas y secuencias de acción diseñadas con una claridad que resulta casi extraña en una época dominada por el montaje frenético.
Un extraordinario plano secuencia durante la aproximación a una granja y una espectacular secuencia ferroviaria remiten inevitablemente a la precisión técnica de Children Of Men, ese clásico de la ciencia ficción distópica de Alfonso Cuarón, pero sin perder la identidad visual que Spielberg ha desarrollado durante décadas.
La película cambia constantemente de registro. En un momento parece un thriller de espionaje tipo Bridge Of Spies o Munich. Minutos después se convierte en una historia de carretera. Más adelante adopta elementos de la ciencia ficción clásica. Luego deriva hacia la acción pura. Ese salto permanente de géneros podría haberla convertido en una obra dispersa, pero Spielberg encuentra una idea capaz de mantener unido todo el conjunto. La empatía, no como un concepto abstracto, sino como experiencia.
Margaret descubre que puede sentir las heridas ajenas. Daniel arriesga su vida para compartir una verdad que considera necesaria. Hugo intenta construir puentes donde otros levantan muros. Incluso los visitantes extraterrestres parecen menos interesados en imponer respuestas que en provocar una reflexión. Por eso el verdadero conflicto nunca es tecnológico ni militar. Es emocional, como las mejores temporadas de Stranger Things lo supieron entender.
Es una lástima que las relaciones entre Margaret y su novio Jackson (Wyatt Russell) y Daniel y Jane, no se hubieran explorado más (pese a una duración de casi 2 horas y media del filme); y que algunas ideas religiosas y filosóficas aparezcan apenas esbozadas (Spielberg todavía sufre de la dicotomía entre cine de entretenimiento y cine personal que contamina sus trabajos desde el fenómeno de Jurassic Park/Schindler’s List). Asimismo, algunos efectos digitales vinculados a los animales que sirven como intermediarios de la presencia extraterrestre están muy por debajo del nivel visual del resto de la producción (un “no, no no” imperdonable para una cinta de Spielberg).
Sin embargo, esos tropiezos no logran opacar una obra que encuentra su fuerza en otro lugar. Especialmente en un desenlace que seguramente provocará la ira colectiva. No porque resulte confuso, sino porque se niega a convertir el misterio en una ecuación resuelta. La película entiende que algunas preguntas son más interesantes cuando permanecen abiertas. En lugar de cerrar cada puerta, deja una entreabierta para que el espectador complete el recorrido.
Ese gesto exige confianza en el público. Y también valentía. Sobre todo en un momento donde tantas superproducciones (y las redes sociales) parecen obsesionadas con explicarlo absolutamente todo.
Ahora estimado lector, si necesita una explicación, aquí va. Disclosure Day no habla realmente de extraterrestres. Habla de personas. Habla de una sociedad incapaz de escucharse a sí misma. Habla de individuos aislados que descubren que comprender al otro puede ser más transformador que cualquier avance tecnológico. Y habla de la posibilidad de que todavía exista algo capaz de unirnos cuando todo parece empujarnos hacia la división.
No es la película más innovadora de su director. Tampoco pretende serlo. Es algo más raro. Es una película realizada por alguien que todavía cree que el cine puede despertar asombro sin renunciar a las emociones. Y eso, hoy, resulta casi tan extraordinario como el primer contacto con otra civilización.


