El dildo como arma política. Pocas ficciones recientes han logrado convertir un objeto prohibido en bandera de emancipación colectiva. Eso es exactamente lo que consigue Consuelo, la serie que, con humor, colores pasteles y guiños a la comedia romántica clásica, plantea una revolución femenina en pleno México de 1955.
Consuelo de Portillo (Cassandra Sánchez Navarro, desbordante de energía) es una mujer que pierde al marido y, con él, el lugar social asignado. Lo que para otras hubiera sido el final (la viudez simbólica del abandono, la condena del qué dirán) se convierte para ella en oportunidad. Esta mujer no cose, no cocina y no se refugia en la misa. Vende consoladores. Y, en ese gesto impensable, se atreve a trastocar las jerarquías de género, clase y moralidad que definían a la sociedad de su tiempo.
Si Mildred Pierce e Imitation of Life exploraban los costos del deseo y la ambición en clave trágica, Consuelo elige la risa como trinchera. Hay ecos de las comedias de antaño protagonizadas por Doris Day y Rock Hudson, de los enredos románticos llenos de picardía donde lo prohibido se insinúa entre diálogos ingeniosos y coreografías visuales. Pero aquí la represión no se disfraza sino que se enfrenta con ironía, con gags y con un diseño de producción que hace de cada escenario un pastel tan dulce como ácido.
El elenco juega con la misma irreverencia. Catherine Siachoque encarna al chisme como institución social; Lincoln Palomeque es el macho cobarde que huye para luego reclamar lo que no le pertenece; Eileen Yáñez, Sofía Monarrez, Camila Núñez y el resto del reparto construyen un mosaico que oscila entre lo farsesco y lo emotivo, siempre bajo un guion ágil que nunca pierde su filo social, sexual y político.
Lo fascinante de Consuelo es que no reduce la liberación al placer sexual, aunque lo pone en primer plano sin tapujos. También habla de la lucha de clases, del control social sobre los cuerpos y de cómo esas fuerzas aún persisten hoy. Porque si en los 50 la autonomía femenina era un tabú, en la actualidad sigue siendo campo de batalla en políticas públicas, redes sociales y discursos moralistas.
Al final, la imagen más potente de la serie no es una caricia ni una confesión de amor, sino la de una mujer levantando un vibrador como si fuese un estandarte. Un gesto tan simple como incendiario. El deseo convertido en política.


