Crítica: Minotauro (Minotaur)

Un drama de adulterio se transforma en una despiadada radiografía de la corrupción, la violencia y la descomposición moral de la Rusia de Putin

Andrey Zvyagintsev 

/ Dmitriy Mazurov, Iris Lebedeva, Boris Kudrin, Yuriy Zavalnyouk, Varvara Shmykova, Vladimir Friedman

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía BIFF

En 1969, Claude Chabrol estrenó La Femme infidèle, una de las películas más representativas de su exploración de la hipocresía burguesa, los secretos matrimoniales y la violencia que se esconde detrás de las apariencias respetables. Su historia sobre un marido que descubre la infidelidad de su esposa y termina cometiendo un crimen encontró una nueva versión en la mediocre Unfaithful (2002), de Adrian Lyne, con Richard Gere y Diane Lane. Ahora, el ruso Andrey Zvyagintsev retoma el relato para transformarlo en Minotauro, una película donde los celos, la traición y el asesinato adquieren una dimensión política devastadora. En sus manos, la descomposición de un matrimonio termina convirtiéndose en el reflejo de una nación que ha aprendido a convivir con la corrupción, la mentira y la muerte.

Zvyagintsev es posiblemente el cineasta ruso más importante de la actualidad. Desde El regreso (2003), su extraordinaria ópera prima, ha construido una filmografía dedicada a explorar las relaciones entre el poder, la familia y la degradación moral de la sociedad.  Elena (2011) examinó las tensiones de clase y la manera en que los intereses económicos pueden destruir cualquier consideración ética. Leviatán (2014), su obra más contundente, ofreció una feroz denuncia de la alianza entre el poder político, la Iglesia ortodoxa y una justicia subordinada a los intereses de quienes gobiernan. Sin amor (2017) presentó la desaparición de un niño como síntoma de una sociedad donde el egoísmo había terminado por destruir los vínculos afectivos. Todas estas películas describen un universo en el que las instituciones encargadas de proteger a los ciudadanos suelen convertirse en sus principales verdugos.

Después de nueve años de ausencia, una grave enfermedad que estuvo a punto de costarle la vida y su decisión de abandonar Rusia tras la invasión de Ucrania, Zvyagintsev regresa con una historia ajena que termina pareciendo escrita especialmente para él. Su condición de adaptación no ha diluido su personalidad cinematográfica. Por el contrario, el argumento de Chabrol encuentra una nueva profundidad al trasladarse a un país gobernado por una estructura autoritaria que ha convertido el abuso de poder en una práctica cotidiana.

La historia transcurre en 2022, durante los primeros meses de la invasión rusa de Ucrania. Gleb (Dmitriy Mazurov) es un próspero empresario propietario de una compañía de transportes que vive junto a su esposa Galina (Iris Lebedeva), su hijo adolescente Seriozha (Boris Kudrin) y su madre (Elena Bogdanovich-Golubeva) en una elegante residencia rodeada de bosques. Pertenece a esa clase privilegiada que ha prosperado gracias a sus conexiones y que contempla los problemas nacionales desde la seguridad de sus propiedades. Su casa posee todas las comodidades imaginables, pero carece de cualquier manifestación auténtica de felicidad. La relación matrimonial se ha convertido en una convivencia marcada por el distanciamiento, el resentimiento y los silencios.

Galina parece haber renunciado a esperar algo de su marido, quien anteriormente le ha sido infiel. Cuando Gleb comienza a sospechar que ella mantiene una relación extramatrimonial, contrata a un detective privado y descubre que su rival es Anton (Yuriy Zavalnyouk), un fotógrafo más joven. Lo que inicialmente parece una crisis de orgullo masculino termina desencadenando una tragedia. Gleb decide visitar al amante y, durante el encuentro, pierde el control y lo asesina. La extensa secuencia posterior, en la que intenta limpiar la sangre, deshacerse del cadáver y eliminar las pruebas, constituye uno de los momentos más logrados de la película. Zvyagintsev encuentra incluso un humor negrísimo en la torpeza de un hombre acostumbrado a resolver cualquier problema mediante el dinero y las influencias, pero que ahora debe enfrentarse personalmente a las consecuencias materiales de su violencia.

Mientras su matrimonio se desmorona, Gleb también recibe una orden que amenaza la estabilidad de su empresa. El alcalde de la ciudad (Vladimir Friedman), bajo la mirada del retrato de Vladimir Putin que preside su despacho, reúne a los empresarios para comunicarles que deben proporcionar trabajadores para incorporarlos al ejército. El Estado necesita hombres para alimentar su maquinaria bélica, pero tampoco desea perjudicar demasiado a las empresas que sostienen la economía local. A Gleb le corresponde entregar catorce empleados, y su solución revela hasta dónde puede llegar la perversidad de una sociedad organizada alrededor de los intereses particulares.

En lugar de sacrificar a sus trabajadores habituales, decide contratar catorce conductores nuevos, atraídos por salarios extraordinarios, con la intención de incorporarlos a la nómina y entregarlos inmediatamente a las autoridades militares. Los hombres creen haber encontrado una oportunidad laboral y terminan convertidos en carne de cañón. Gleb consigue proteger sus negocios mientras otros pagan con sus vidas el precio de su prosperidad. Su procedimiento también le permite encontrar una salida para deshacerse de personas que podrían comprometerlo tras el asesinato de Anton.

Aquí aparece el verdadero alcance político de Minotauro. Zvyagintsev demuestra cómo la corrupción funciona mediante pequeñas decisiones individuales que terminan sosteniendo una maquinaria de destrucción colectiva. Gleb no necesita ser un fanático nacionalista ni manifestar entusiasmo por la invasión de Ucrania. Le basta con aceptar las reglas del sistema y utilizarlas en beneficio propio. Su indiferencia resulta incluso más aterradora que el fervor ideológico, porque convierte la muerte de otros seres humanos en un simple trámite administrativo. La guerra pasa a formar parte de la contabilidad de una empresa.

El título de la película adquiere entonces una extraordinaria dimensión simbólica. Según la mitología griega, el Minotauro era una criatura mitad hombre y mitad toro que habitaba en un laberinto construido por Dédalo en Creta. Atenas debía entregar periódicamente siete jóvenes y siete doncellas para alimentar al monstruo, hasta que Teseo consiguió matarlo gracias a la ayuda de Ariadna, cuyo hilo le permitió encontrar la salida. Zvyagintsev recupera precisamente el número catorce para establecer un paralelismo entre aquellos sacrificios humanos y los trabajadores destinados al ejército ruso.

Pero ¿quién es el Minotauro de esta historia? La respuesta admite varias interpretaciones. Putin puede representar al monstruo que exige vidas para alimentar su ambición territorial, mientras los empresarios y funcionarios actúan como servidores encargados de proporcionar nuevas víctimas. Sin embargo, Gleb también posee las características de la criatura mitológica. Detrás de su apariencia civilizada se esconde un hombre capaz de destruir a cualquiera que amenace sus intereses. El laberinto, por su parte, es una sociedad atrapada en una red de complicidades donde nadie parece dispuesto a encontrar una salida. Y, a diferencia del mito, aquí no aparecen un Teseo ni una Ariadna capaces de acabar con el sacrificio.

La película encuentra otra de sus reflexiones más oscuras en la manera como la violencia se transmite de una generación a otra. Cuando Seriozha confiesa que está siendo acosado por un compañero del colegio, Gleb le aconseja enfrentarlo físicamente y amenazarlo con golpearlo. Para este padre, la fuerza constituye el lenguaje fundamental de las relaciones humanas. Resulta revelador que pretenda enseñarle a su hijo a intimidar sin necesidad de pelear, mientras él mismo ha cometido un asesinato y recurre al aparato estatal para encubrir sus responsabilidades. La educación familiar reproduce, a pequeña escala, los principios de una nación que ha convertido la amenaza y la imposición en instrumentos de gobierno. ¿Les suena conocido?

Dmitriy Mazurov construye un protagonista particularmente inquietante porque evita presentarlo como un villano convencional. Gleb puede mostrarse preocupado por su hijo, afectado por la traición de su esposa y desesperado ante las consecuencias de sus actos. Sin embargo, ninguna de esas emociones parece conducirlo hacia un verdadero reconocimiento de su responsabilidad. Su capacidad para justificar lo injustificable lo convierte en un representante perfecto de una burguesía que considera la impunidad parte natural de sus privilegios.

Iris Lebedeva ofrece una interpretación igualmente notable como Galina, una mujer que ha terminado por desaparecer detrás de las funciones sociales de esposa y madre. Su infidelidad responde también a la necesidad de recuperar una identidad propia dentro de un matrimonio que la ha reducido a una presencia decorativa. En una de las escenas más reveladoras, cuestiona precisamente el lugar que ocupa en una existencia definida por las necesidades de los demás. Su drama permite comprender que las estructuras patriarcales que gobiernan las relaciones familiares participan de la misma lógica de dominación que determina la vida política.

La fotografía de Mikhail Krichman, colaborador habitual del director, convierte los espacios en extensiones del deterioro emocional de los personajes. La arquitectura moderna de la residencia de Gleb parece diseñada para separar a sus habitantes, mientras las oficinas, las avenidas vacías y los edificios impersonales transmiten la sensación de una sociedad que ha perdido su vitalidad. La precisión de los encuadres y la utilización de la luz refuerzan esa atmósfera de desolación. Aunque la película fue rodada en Letonia, consigue recrear una Rusia reconocible, donde la guerra aparece en los carteles de reclutamiento, los vehículos militares y las conversaciones de personas que temen recibir una citación.

Zvyagintsev también demuestra una extraordinaria comprensión de los mecanismos del noir. La tensión surge de las consecuencias de un crimen que continúa contaminando cada decisión posterior de su protagonista. Pero el director lleva el relato más allá del suspenso criminal, hasta convertir la investigación de una infidelidad en una exploración de la responsabilidad moral. La verdadera monstruosidad de Gleb aparece cuando comprendemos que puede resolver un asesinato utilizando los mismos procedimientos burocráticos con los que administra su empresa.

La relación con Leviatán resulta inevitable. En ambas películas encontramos hombres sometidos a estructuras de poder que han normalizado el atropello de los derechos individuales. La diferencia es que, mientras en Leviatán el protagonista termina aplastado por un sistema corrupto, en Minotauro seguimos a un personaje que ha aprendido a beneficiarse de ese mismo sistema. La inversión resulta fundamental para comprender la evolución del pensamiento de Zvyagintsev. El problema de Rusia ya no puede explicarse únicamente mediante la crueldad de quienes gobiernan, sino también por la colaboración de aquellos ciudadanos que encuentran ventajas personales en la injusticia.

Ganadora del Gran Premio del Festival de Cannes de 2026, Minotauro confirma el extraordinario talento de Zvyagintsev para descubrir las enfermedades de una sociedad a partir de sus conflictos familiares. Su película muestra cómo la corrupción política, el egoísmo empresarial, el machismo y la violencia doméstica pueden alimentarse de una misma concepción del poder. El asesinato de un amante y el sacrificio de catorce trabajadores terminan perteneciendo a una lógica semejante, donde la vida de los demás carece de importancia cuando amenaza los intereses de quien tiene la fuerza para imponer su voluntad.

El Minotauro de la mitología necesitaba víctimas para continuar existiendo. El de Zvyagintsev también, con la diferencia de que ahora lleva traje, dirige empresas, firma documentos y puede incluso considerarse un hombre respetable. Lo verdaderamente aterrador es que el monstruo ya no necesita esconderse en un laberinto. Ha aprendido a vivir entre nosotros, protegido por las instituciones y por una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado, particularmente sus teléfonos celulares.

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